X
No fiarse de las apariencias
1 La
sabiduría del humilde le hace erguir la frente, y lo hace sentar en medio de
los poderosos.
2 No
alabes a un hombre por su buena presencia ni desprecies a nadie por su aspecto.
3 La abeja es pequeña entre los
insectos, pero lo que produce es más dulce que todo.
4 No te
gloríes de la ropa que te cubre ni te enorgullezcas en los días de gloria, porque
las obras de Dios son admirables y están ocultas a los ojos de los hombres.
5
Muchos potentados se hundieron en el deshonor y hombres ilustres cayeron en
manos de otros.
La prudencia y la reserva
6 No
censures antes de averiguar: reflexiona primero, y luego reprocha. 7 No
respondas antes de escuchar y no interrumpas cuando otro habla. 8 No
discutas sobre lo que no te corresponde ni te entrometas en las disputas de los
pecadores.
La moderación en las ambiciones
9 Hijo
mío, no pretendas hacer demasiadas cosas: si lo haces, no quedarás libre de
culpa. Si pretendes demasiado, no lo alcanzarás y aunque quieras huir, no
escaparás.
10 Hay
quien se esfuerza, se fatiga y se apura, y tanto más desprovisto se ve. 11 Otro
es débil, necesitado de ayuda, falto de fuerza y lleno de privaciones; pero el Padre
de Justicia lo mira con bondad y lo levanta de su humillación; 12 Yahvahé
le hace erguir la frente y muchos quedan maravillados a causa de él.
La confianza en Dios
13
Bienes y males, vida y muerte, pobreza y riqueza vienen del Dios de la Vida. 14 el
don del Padre de Justicia permanece con los buenos y su benevolencia les
asegura el éxito para siempre.
15 Un
hombre se enriquece a fuerza de empeño y ahorro, ¿y qué recompensa le toca? 16
Cuando dice: “Ya puedo descansar, ahora voy a disfrutar de mis bienes”, él no
sabe cuánto tiempo pasará hasta que muera y deje sus bienes a otros.
17 No
admires las obras del pecador: confía en Yahvahé y persevera en tu trabajo, porque
es cosa fácil a los ojos de Dios enriquecer de un solo golpe al indigente.
18 La
bendición de Dios es la recompensa de los buenos, y en un instante él hace
florecer su bendición.
19 No
digas: “¿Qué me hace falta? ¿Qué bienes puedo esperar todavía?”. 20 No
digas: “Ya tengo bastante; ¿qué males pueden sobrevenirme aún?”.
21 En
los días buenos se olvidan los malos, y en los malos, se olvidan los buenos. 22
Porque es fácil para Dios, en el día de la muerte, retribuir a cada hombre
según su conducta.
23 Una
hora de infortunio hace olvidar la dicha, y las obras de un hombre se revelan
al fin de su vida.
24 No
proclames feliz a nadie antes que llegue su fin, porque sólo al final se conoce
bien a un hombre.
XI
La felicidad del justo
1
¡Feliz el hombre que no ha faltado con su lengua ni es atormentado por el
remordimiento! 2 ¡Feliz el que no tiene
que reprocharse a sí mismo y no ve desvanecerse su esperanza!
La avaricia y la envidia
3 ¿De
qué le sirve la riqueza al mezquino y para qué tiene el avaro su fortuna? 4 El
que acumula, privándose de todo, acumula para otros, y otros se darán buena
vida con sus bienes.
5 El que es malo consigo mismo ¿con quién será
bueno? Ni él mismo disfruta de su fortuna. 6 No hay nadie peor que el avaro consigo
mismo, y ese es el justo pago de su maldad. 7 Si
hace algún bien, lo hace por descuido, y termina por revelar su malicia.
8 Es un malvado el que mira con envidia, el
que da vuelta la cara y menosprecia a los demás.
9 El
ojo del ambicioso no está satisfecho con su parte y la ruindad reseca el alma. 10 El
miserable mezquina el pan y tiene su mesa siempre vacía.
El gozo moderado de los bienes de la vida
11 En la
medida de tus recursos, vive bien, hijo mío, y presenta a Adonai ofrendas de
amor y de justicia.
12
Recuerda que la muerte no tardará y que el decreto de lo Insondable no te ha
sido revelado. 13 Antes de morir, haz el
bien a tu amigo y dale con largueza, en la medida de tus fuerzas.
14 No te
prives de un día agradable ni desaproveches tu parte de gozo legítimo. 15
¿Acaso no dejarás a otro el fruto de tus trabajos, y el de tus fatigas, para
que lo repartan en herencia? 16 Da y
recibe, olvida tus preocupaciones, porque no hay que buscar delicias en lo
Insondable.
17 En el
follaje de un árbol tupido, unas hojas caen y otras brotan: así son las
generaciones de carne y de sangre, una muere y otra nace. 18 Toda
obra corruptible desaparece y el que la hizo se irá con ella.
La felicidad del sabio
19
¡Feliz el hombre que se ocupa de la sabiduría y el que razona con inteligencia,
20 el que reflexiona sobre los
caminos de la sabiduría y penetra en sus secretos! 21 Él la
sigue como un rastreador y se queda al acecho de sus pasos; 22 espía
por sus ventanas y escucha atentamente a sus puertas; 23
busca
albergue cerca de su casa y clava una estaca en sus muros; 24
instala su carpa cerca de ella y se alberga en la mejor de las moradas; 25 pone
a sus hijos bajo el abrigo de ella y vive a la sombre de sus ramas: 26 ella
lo protege del calor y él habita en su gloria.


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