Agustín de Hipona (350-430), doctor de la
Iglesia Católica y eminente teólogo del siglo V definió el concepto de fe
diciendo, como parafraseando la definición que de la misma se atribuyó a Paulo
de Tarso en la apócrifa Carta a los hebreos: “La fe consiste en creer lo que no vemos, y la recompensa es ver lo que
creemos”. O según la carta a los hebreos, “la fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que
no se ven”.
Según Paulo “la fe nace de la predicación y la predicación se realiza en virtud de
la Palabra de Kristo” (Rom 10,17); es decir: la fe es resultado de la
enseñanza recibida y de la inspiración inserta en esa enseñanza.
La fe es acto de espiritualidad que
vincula al ser con el supra ser; es la plena convicción de la existencia de un
poder trascendente y al mismo tiempo inaccesible y distante y diferente de lo
físico. La fe implica convicción y conocimiento. La fe es también la convicción
de recibir un don, un bien esperado.
Este último criterio sobre el concepto de
fe es recogido por Marcos en su libro. Así en 2:5 recoge lo dicho por Yehshua a
los que le presentaron un paralítico para su sanación: “Al ver Yehshua la fe (πιστις pistis) de ellos, dijo al paralítico: “Hijo,
tus pecados te son perdonados”. Así mismo en 4:40 cuando Yehshua calma la
tormenta en el mar que ha atemorizado a sus discípulos: “Y les dijo: ¿Por qué
estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis
fe (πιστις)?” Y cuando en 5:34 Yehshua le dice a la mujer que confiaba con
solo tocar su manto estaría sana del mal que sufría: “Hija, tu fe te ha hecho salva; ve en paz, y
queda sana de tu azote”.
De igual manera es la respuesta de Yehshua
al ciego Bartimeo que le imploraba poder recobrar la visión que aparece en
10:52: “Vete, tu fe te ha salvado”. En
11:22-23 Kefa se sorprende de ver seca la higuera que Yehshua había maldecido y
Yehshua le dice: “Tened fe en Dios.
Porque de cierto os digo que cualquiera que dijere a este monte: Quítate y
échate en el mar, y no dudare en su
corazón, sino creyere que será hecho
lo que dice, lo que diga le será hecho”.
En Marcos la voz πιστις “fe” solo es
empleada cinco veces y su contrario απιστία (Apistia) solo en una ocasión en 9:23-24 cuando después de sanar a
un poseso Yehshua le dice al padre del muchacho: “… al que cree todo le es posible. E inmediatamente el padre del
muchacho clamó y dijo: “Creo; ayuda mi incredulidad (απιστία)”.
La fe es no dudar y creer firmemente. Es
creer en algo que no está sustentado sobre pruebas físicas; o, como se define
el término, “la afirmación o confirmación de que algo es veraz”; la fe
significa fidelidad a Dios, firmeza en el conocimiento espiritual.
En el Bahaísmo ─ una secta del islam ─ la fe
significa, primero, conocimiento consciente, y segundo, la práctica de buenas
acciones.
El equivalente de la palabra fe en el
budismo es la palabra Saddhā que implica tres condiciones: convicción de que algo es; determinación
de lograr las metas personales y sensación
de dicha producto de las dos anteriores.
En el judaísmo no existe el concepto de fe
en cambio se insiste en el conocimiento. La palabra hebrea אֱמוּנָה (emuná) erróneamente
es traducida como Fe. No obstante, esta palabra hebrea significa “firme”, “con
firmeza”, y “Constante”; así en el Libro
del profeta Habakkuk (Habacuc) aparece en 2:4 la siguiente frase traducida de esta
manera: “He aquí que aquel cuya alma no
es recta, se enorgullece; mas el justo por su fe (אֱמוּנָה emuná)
vivirá”. La traducción
correcta de acuerdo al hebreo sería: “He
aquí que aquel cuya alma no es recta, se enorgullece; mas el justo, por su
fidelidad (אֱמוּנָה emuná) seguirá viviendo”. Entonces: “El justo por su “lealtad”, por su
observancia de la confianza que debe a Dios, seguirá viviendo”.
Paulo cita esta frase de Habakkuk en
Romanos 1:16-17, diciendo: “Porque en el Evangelio la justicia de Dios se
revela por fe y para fe, como está escrito: Mas
el justo por la fe vivirá”. Paulo utiliza la versión griega del Antiguo
Testamento, la Septuaginta, que traduce el vocablo hebreo אֱמוּנָה por el
griego πιστις. Precisamente en esta cita de Paulo, incorrectamente traducida,
se funda la tesis luterana de Sola fide:
“La fe es lo único que, mediante la
gracia de Dios, nos salva. Ninguna obra puede salvarnos, sino sólo la fe”.
Yojanán, el más iluminado de los
apóstoles, por su parte, funda el principio de salvación en el creer, Πιστεύω,
y en ningún momento emplea la palabra fe (πιστις) que tanto aparece en las
cartas de Paulo. Creer en Yehshua para alcanzar la salvación. Así dice en 3:18
El que en él cree, no es condenado;
pero el que no cree, ya ha sido
condenado, porque no ha creído en el
nombre del unigénito Hijo de Dios”. En 4:48 cita las palabras de Yehshua cuando
le dice al oficial del rey que le pide por su hijo enfermo: “Si no viereis
señales y prodigios, no creeréis”. No
solo la palabra es portadora de la credibilidad; el hombre necesita ver
“señales” y “prodigios” para creer; por eso en 5:24 dice Yehshua: “El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene
vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida”;
pero el solo creer porque se ve o se comprueba no es creer verdaderamente.
Creer es sentir la verdad desde el plano espiritual y ser fiel a la palabra en
pleno sentido de la palabra hebrea emuná (אֱמוּנָה).
En 12:46, Yehshua es la sabiduría, el
logos (Λόγος) de Dios que ilumina al que en él cree: “Yo, la luz, he venido al
mundo, para que todo aquel que cree en mí
no permanezca en tinieblas”. Yojanán
se distancia del gnosticismo sustituyendo la σοφια (sabiduría) gnóstica por la
palabra “luz” (φωτός) para definir a Yehshua como la verdad que ilumina y salva
al que cree en él.
Yehshua es la verdad que se revela a los
discípulos por eso en 14:10 le dice a Filíppos: “¿No crees que Yo estoy en el Padre y el Padre en Mí?”
Creer en lo que no se ha visto; creer en
la gloria de Dios es bienaventuranza como Yehshua le reclama a Tau’ma en 20:29:
“Porque me has visto, Tau’ma, creíste; bienaventurados
los que no vieron, y creyeron.
Tal vez Yojanán omitiera la palabra fe en
sus escritos teniendo en cuenta que la palabra griega que Paulo emplea como fe
es Πίστις (Pistis), una deidad griega que era la personificación de la buena
fe, la confianza y fiabilidad; la misma deidad a la cual los romanos
denominaron Fides, como diosa de la confianza y de cuyo nombre se derivan las
palabras Fe, en español y Faith en inglés. Entonces, el origen de la palabra FE
es pagano. Los Testigos de Jehová que
ven en muchas celebraciones, como la Navidad o las fiestas de cumpleaños y
consideran incluso que la doctrina de la
Trinidad, su concepto de Dios mismo, ha sido tomado de fuentes paganas y fue
desarrollado hasta su forma actual siglos después de haberse terminado de
escribir la Biblia (Watchtower Online. Razonamiento); sin embargo no
sienten repugnancia en utilizar el vocablo fe conociendo que este procede del
paganismo.
Aceptemos como válido el término fe dado
su tradicional uso y su empleo en los textos griegos de Marcos, Loukás y Paulo;
pero preguntémonos ¿Solo la fe nos permite acceder a la esfera donde mora la
gloria de Dios? La fe puede distorsionarse e hipertrofiarse hasta degenerar en
dogmatismo y fanatismo; y el dogmatismo y el fanatismo es la negación de la
Verdad de Dios, el oscurecimiento de la Luz transmitida por Yehshua.
Veamos las referencias de Paulo al
concepto fe: En Romanos 5:1-2 dice: “Somos
justificados por la fe, y por la fe tenemos acceso a la gracia”. Es decir,
la fe nos hace justos solo de gracia y solo por su práctica. Reafirma luego: “Porque ustedes han sido salvados por su
gracia, mediante la fe. Esto no proviene de ustedes, sino que es un don de
Dios; y no es el resultado de las obras, para que nadie se gloríe” (Efesios
2,8-9) La salvación es un privilegio que nos concede Dios por nuestra fe y no
solo por nuestras obras. Las obras requieren del complemento de la fe.
Sin embargo Paulo cita en Romanos 10,9-10
lo siguiente: “Si confiesas con tu boca
que Yehshua es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los
muertos, serás salvado. Con el corazón se cree para alcanzar la justicia, y con
la boca se confiesa para obtener la salvación”. Condición para la salvación
no solo es creer en Yehshua
resucitado por Dios, también se requiere “confesarlo con la boca”, o sea expresar
voluntariamente sus actos, ideas o sentimientos verdaderos referidos a las
enseñanzas de Yehshua.
En la carta a los efesios (5,8-11) plantea un aspecto muy
importante para los seguidores de la Luz cuando le dice a los cristianos de Éfeso:
“Antes, ustedes eran tinieblas, pero
ahora son luz en el Señor. Vivan como hijos de la luz. Ahora bien, el fruto de
la luz es la bondad, la justicia y la verdad. Sepan discernir lo que agrada al
Señor, y no participen de las obras estériles de las tinieblas; al contrario,
pónganlas en evidencia”. Además de la fe se requiere practicar la bondad,
la justicia y, muy importante, la verdad. Ahora son luz en el Señor, en Yehshua
Dios, habiendo alcanzado la sabiduría de sus enseñanzas.
Y este concepto es ampliado en su carta a
los colosences (3,13-14): “Sopórtense los
unos a los otros, y perdónense mutuamente siempre que alguien tenga motivo de
queja contra otro. El Señor los ha perdonado: hagan ustedes lo mismo. Sobre
todo, revístanse del amor, que es el vínculo de la perfección”. La
perfección no se alcanza por la fe; la perfección se alcanza por la práctica
del amor; porque: “El amor es paciente,
es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no
procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en
cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con
la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo
soporta” (1 Cor 13,4-7).
Y le dice a los gálatas (5:14-16): “Toda la Ley está resumida plenamente en este
precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Pero si ustedes se están
mordiendo y devorando mutuamente, tengan cuidado porque terminarán destruyéndose
los unos a los otros. Yo les exhorto a que se dejen conducir por el Espíritu de
Dios, y así no serán arrastrados por los deseos de la carne”.
Además dice en su primera carta a los
corintios: “Aunque yo hablara todas las
lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana
que resuena o un platillo que retiñe. Aunque tuviera el don de la profecía y
conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una
fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada. Aunque
repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a
las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada” (1 Cor 13,1-3). Paulo
deja bien claro: la fe sin amor no es nada, no sirve para nada.
Más adelante en esta misma carta (I
Corintios 13,13), Paulo señala tajantemente: “Ahora subsisten la fe (Πίστις), la
esperanza (ἐλπίς) y la caridad (ἀγάπη), estas tres. Pero la mayor de todas ellas
es la caridad”. Mayor que la fe es
la esperanza y mayor que esta es la caridad, es decir, auxiliar a los
necesitados, solidaridad con el dolor ajeno, rechazo total a la envidia y a la animadversión.
Estas son obras inspiradas en el amor a Kristo y al Padre.
Sí, el Ángel de Dios podría reclamarnos
diciendo: “¡Hipócritas! ¿Qué valor tiene para mí que te inclines aplastando tu
frente contra el suelo y orando cinco veces al día, sin no hay amor en tu alma?
¿De qué me sirve que menciones mi nombre y cites de memoria textos de las
escrituras si no hay bondad en tu alma, si el amor no crece en ti; si odias, si
reniegas de los otros, creyéndote tú poseedor de la Verdad cuando Yo nunca te
hablé directamente para reconocerte como mi testigo verdadero?”

No hay comentarios:
Publicar un comentario