En las escrituras evangélicas dos mujeres
resaltan con esplendor. Ambas reciben el nombre de Mariam; una es Mariam de
Natzeret, la otra es Mariam de Magdala. La primera como madre de Yehshua, la
segunda como su indiscutible y favorita discípula.
Las figuras de ambas mujeres se presentan
en los escritos de manera esquemática, y mencionadas en menor proporción que la
dedicada a los discípulos del Rabbi. En las cartas de los apóstoles, Yojanán,
Kefa, Ya’acov y Yehudah y en las muchas epístolas del fariseo cristianizado
Paulo, ni siquiera son mencionadas. En cambio sus nombres y personalidades son resaltados
en numerosos de los escritos que el Canon ha estigmatizado como apócrifos.
De las dos mujeres la que más atención ha
recibido dentro del cristianismo es Mariam, la Virgen, madre de Yehshua. Desde
los tiempos primarios del cristianismo, Mariam recibió especial consideración y
veneración y, al mismo tiempo en torno
suyo se ha originado una numerosa controversia.
Los credos cristiano originarios,
católicos, ortodoxos y copto, incluido entre ellos las sectas gnósticas, han
venerado y veneran a Mariam de Natzeret de una manera especial considerándola
como pilar de la comunidad (ekklesia) cristiana y “Madre” de todos los
cristianos. Para estos credos, Mariam es tenida como “Madre de Dios” (Theotókos).
Sin embargo todas las denominaciones
cristianas originadas a partir de la Reforma iniciada por Martin Lutero, no ven
en Mariam a una mujer sagrada, mucho menos merecedora de veneración (confunden
veneración con “idolatría”), sino a una mujer que actuó como el vehículo
biológico, como “un vaso”, para el nacimiento de Kristo, considerando que los
escritos, la Biblia, no fundamenta veneración alguna hacia Mariam, una mujer
como cualquier otra.
Sin embargo, el mismo promotor de la
Reforma protestante, Martin Lutero, que inició la formación de centenares de
credos y sectas denominadas “protestantes” o “evangélicas” no ocultó su
veneración hacia la Virgen madre de Kristo a la que llamó, “Madre de Dios”, tal
como había sido definido en el Concilio de Efeso de 431. Así, Lutero declara en
1522: “Las grandes cosas que Dios ha
realizado en María se reducen a ser la Madre de Dios”.
En un sermón pronunciado en la Navidad de
1531, afirma Lutero: “María es la mujer
más encumbrada y la joya más noble de la cristiandad después de Cristo... ella
es la nobleza, sabiduría y santidad personificadas. Nunca podremos honrarla lo
suficiente. Aun cuando ese honor y alabanza debe serle dado en un modo que no falte
a Cristo ni a las Escrituras”.
No obstante los continuadores de la
Reforma, ahora denominados “evangélicos” insisten en presentar el culto a
Mariam, madre de Yehshua como la idolatría expresada por Yirmiyahu (Jeremías:
7: 17-18): “¿Acaso no ves lo que hacen en
las ciudades de Judá y en las calles de Jerusalén? Los niños juntan la leña,
los padres encienden el fuego, y las mujeres hacen la masa para cocer tortas y
ofrecérselas a la “reina del cielo”. Además, para ofenderme derraman libaciones
a otros dioses”.
Ahora bien, en un blog evangélico “Blogs
Cristianos” se hace una interesante observación sobre esa “reina del cielo”.
Dice el autor: “Al examinar la Biblia, se
encuentra que la expresión “reina del cielo” aparece por cinco ocasiones,
únicamente en el libro de Jeremías (…) La
pregunta sería: ¿Quién es ella? Bueno, no es la virgen María, como piensan
algunas personas. ¿Quién es entonces? (…)
En este pasaje bíblico, el profeta
Jeremías está confrontando a Judá con su pecado de idolatría. Habla de hacer
ofrendas a dioses ajenos. La reina del cielo por tanto es un ídolo. La misma
idea aparece en Jeremías 44. Hasta donde se sabe, la reina del cielo es la
diosa asiro-babilónica de la fertilidad, llamada Ishtar”.
Si revisamos un poco los temas mitológicos
podemos encontrar que la diosa Ishtar es una diosa babilónica; que en Sumeria
fue denominada como Inanna, y posteriormente en Babilonia y en todo el Oriente
Medio (región donde está enclavada la Palestina) fue identificada como la
Astarté fenicia y hebrea. Ishtar, además, recibió los títulos honoríficos de
“Reina del Cielo” y “Señora de la Tierra” y es a esta diosa a la que se está
refiriendo Yirmiyahu para condenar la idolatría presente en Jerusalén en su
época y no profetizando sobre una futura mujer que sería llamada “Reina del
Cielo”. Quizá los que acostumbrar a extraer conclusiones bíblicas fuera de
contexto deberían antes de emitir opiniones precipitadas profundizar en el
marco histórico en que vivieron los profetas.
Otros festinadamente asocian la veneración
a Marian con el culto pagano a la diosa Diana fortalecido por el hecho que
argumentan que la declaración de denominar a Mariam como “Madre de Dios” se
decidió en Efeso donde se practicaba el culto a esa diosa pagana. Hay que
admitir que esto es un argumento traído por los pelos, pues en 431 el credo
dominante en el imperio romano era el cristiano y que las festividades paganas
habían sido suprimidas; además las conclusiones del concilio se dieron como respuestas
a la tesis de Nestorio patriarca de Constantinopla que declaraba que en Kristo
coexistían dos personas, la divina y la humana, las cuales estaban totalmente
separadas, por lo que a Mariam debía ser tratada, no como Madre de Dios, sino
como Madre de Kristo.
Asociar el culto a Mariam, ya sea como
“Madre de Kristo” o como “Madre de Dios” con el culto a las diosas madres del
paganismo obligaría a pensar que el culto y adoración a Kristo, también se
pudiera asociar al paganismo. Los evangélicos fundamentalistas parecen olvidar
algunas semejanzas que pueden forzarse para semejar a Kristo con figuras del
paganismo. Por ejemplo, Osiris es el dios egipcio de la resurrección; Osiris
ascendió a los cielos y es quien juzga a los muertos. De una mortal, Mariam,
nace Yehshua engendrado por Dios. Perseo es engendrado por Zeus en una mortal,
Dánae. Zeus engendra en Europa, otra mortal, tres hijos: Minos, Radamantis y
Sarpedón. Hércules nace de una virgen, Alcmena
que le engendra como obra de Zeus.
Cualquier cristiano rechazará con vigor
estas comparaciones, por cierto forzadas, pues nada más hay de semejanza entre
estos relatos del paganismo y el relato de la vida y obra de Yehshua.
¿Merece Mariam de Natzeret un culto de
veneración, como Madre del Redentor? Repasemos los elementos que al respecto se
ofrecen en los escritos evangélicos. Digamos, en primer lugar, que nada de lo
que se ejemplifica en los escritos carece de un sentido teológico, más allá de
lo estrictamente anecdótico.
El Evangelio de Loukás (Lucas 1, 46-55)
recoge la proclamación de Mariam ─ conocida corrientemente como el Magníficat ─
donde ella expresa que todas las generaciones la llamarán “bienaventurada”,
palabra esta que puede ser definida como “afortunada” y también como “alguien que
goza de Dios en el cielo”: “Proclama mi
alma la grandeza del Señor, y se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador;
porque ha puesto sus ojos en la humildad de su esclava, y por eso desde ahora
todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque el Poderoso ha hecho
obras grandes en mí: su nombre es Santo, y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación”. (Mariam de Natzeret: 4: 18-25. Suprema
Inteligencia)
Mariam es reconocida por todas las
generaciones como dichosa, como bendecida de Dios. El Magnificat no es solo una
oración hermosa, poética; su alcance es mayor, Mariam por ser la madre de
Yehshua trasciende en el tiempo, no como un simple vaso sino con una grandeza
especial.
Y tan grande es el significado de Mariam
que acepta lo que el mensajero de la Luz Gavri’el le anuncia: “Concebirás y
tendrás un hijo”. Ella no ha tenido relación marital con ningún hombre. Está
desposada con Joseph; pero de acuerdo a la costumbre todavía no ha sido
recibida por Joseph. Quedar embarazada en esas condiciones es grave. Joseph
podría repudiarla, sería vilipendiada por todos, rechazada por adúltera y estar
expuesta a una muerte por lapidación. Aquella joven, casi una niña, sabe esto;
conoce la Ley y sin embargo acepta lo que viene de Dios y lo declara diciendo:
“He aquí la esclava del Señor”.
Aceptando con ello la voluntad de Dios como una esclava que recibe y cumple
mandatos del amo aunque en ello se comprometa su honor y su vida.
Su relación con Yehshua será después
íntima, profunda; reteniendo en su mente y en su alma todas las maravillas que
su divino hijo ejecuta. Ella es capaz de mover a Yehshua a ejecutar un prodigio
cuando todavía Él no ha iniciado su predicación y aún no se ha manifestado. Y
lo hace de manera sencilla diciéndole “falta vino” y aunque Yehshua protesta
ella decide y le dice a los sirvientes de las bodas de Caná: “Hagan lo que Él les diga”. El mensaje es
claro. Mariam llama a seguir las palabras de Yehshua, a cumplir con sus
enseñanzas y, al mismo tiempo, en esta anécdota, el evangelista pone de
manifiesto la capacidad de Mariam para interceder ante el Señor. Mariam es
bendita y mediadora ante su hijo.
Permanecerá virgen despues de haber dado a
luz. Yehshua es el Unigénito del Padre de la Vida y será el Unigénito de Mariam.
Solo tendrá lazos carnales directos con Mariam. No se trata de un dogma
establecido por el cristianismo organizado sino una derivación de lógica del
mensaje inscripto en la escritura. La virginidad de Mariam antes y después del
parto fue aceptada por los padres de la Reforma
protestante, Lutero y Calvino. Así dice Lutero en 1540: “José es un carpintero, que actúa como
cualquier hombre de pueblo y que trabaja en lo oculto. Pero quedó escrito para
nosotros para que sepamos que Cristo vino y que su madre fue virgen, aunque
bajo el velo de esposa se ocultaba la virgen antes y después del nacimiento”.
En el Comentario al Magnificat Lutero dice: “La humanidad ha resumido toda su gloria en una sola frase: la Madre
Dios. Nadie puede decir algo más grande de ella aunque hablara tantas lenguas
como hojas hay en los árboles”.
Juan Calvino refutó el criterio de que
Mariam hubiera tenido otros hijos luego del nacimiento de Yehshua, diciendo: “A partir de Mateo 1,25, Helvidius creó mucha
confusión en la Iglesia, porque de él dedujo que María había permanecido virgen
únicamente hasta el primer nacimiento y después tuvo otros hijos con su marido.
La perpetua virginidad de María fue defendida vigorosamente por Jerónimo. Es
suficiente decir que es insensato y
falso deducir de estas palabras qué sucedió después del nacimiento de Cristo.
Es llamado el primogénito no por otra razón sino para que sepamos que él nació
de la Virgen. En este texto se niega que José hubiera tenido concurso marital
con María antes de nacer el niño; todo está limitado a este tiempo. Pero nada
se dice de lo que sucedió después (...)
nadie podrá sostener este argumento
obstinadamente, excepto por un extremo apego a las disputas”.
Mariam había recibido la profecía de que
una espada de dolor atravesaría su pecho (Libro del Bendecido Yehshua llamado
el Mashíaj – Kristo 1:38). Y aquel anuncio lo recordó cuando vio a su hijo, a
Yehshua, con su cuerpo lacerado cargando penosamente el peso de la cruz, en
medio de un bullicio atormentador mientras recorría el camino hacia el lugar de
su ejecución. ¡Cuán grande fue su dolor, su angustia, su impotencia viendo el
sufrimiento de su amado hijo!
Inmenso su dolor ante la cruz donde
agonizaba Yehshua, sintiendo solo el apoyo de Mariam la mujer de Cleofás, de
Mariam de Magdala y de Yojanán el discípulo querido de Yehshua (Yojanán
19:25). Y Yehshua ve a su madre terrenal
y se siente conmovido por su suerte, y en medio de su agonía se preocupa por
ella, se preocupa de que no quede sola, pues no tiene otros hijos fuera de él y le encarga su protección al más querido y
el más iluminado de sus discípulos, a Yojanán. Y musita Yehshua diciéndole: “Mujer, he ahí tu hijo” y a Yojanán le
dice: “He ahí a tu madre” (Yojanán
19:26 y 27).
“He ahí a tu madre”. Yehshua le dice a
Yojanán: “esta es tu madre” y esto tiene un significado especial. Mariam como
madre de los cristianos y los cristianos como sus hijos: “he ahí a tu hijo”.
Mariam tiene un significado en el cristianismo
desde los primeros tiempos de su difusión. Ella representa a la madre amorosa
del cristiano, es intercesora entre los cristianos y la gloria de Kristo.
Virgen antes de parto y después del parto. Sin embargo ¿es ella madre de Dios o
madre de Kristo que es hombre y Dios? ¿Cómo denominarla, “Madre de Dios” o “Madre
de Kristo, madre de el Salvador”?
Analicemos partiendo del concepto de
Kristo / Dios la calificación o denominación que en verdad requiere Mariam.
En Yehshua coexistían dos esencias,
estrechamente unidas, la humana y la divina. Hombre era y Dios también. Su
espíritu era la esencia divina; la misma esencia de Dios, del Padre de la Vida.
El espíritu es aliento de vida, aliento de la Suprema Inteligencia. El espíritu
vuelve a Dios cuando muere el cuerpo. El alma trasciende. El alma de Kristo era
la conjunción de espíritu de vida y espíritu de Dios. Kristo es Dios y es
Hombre, dos personas (πρόσωπον: prosopōn) distintas, dos esencias
independientes.
En la cruz, el espíritu de Dios se separa
del espíritu del hombre que es Yehshua. Dios no padece; Dios no muere. Solo el
hombre padece, solo el hombre muere. Por eso Yehshua, como hombre, como humano
se queja en la cruz diciendo: “Padre, ¿por qué me has abandonado?” Al igual.
Yehshua, como hombre se angustia hasta el punto de “sudar sangre” en Getsemaní
conociendo los sufrimientos por los que tendría que transcurrir. Como hombre
implora al Padre: “Si es tu voluntad aparta de mi esta copa”.
El ser humano estaba esclavizado por el
pecado: odio, egoísmo, envidia, ansias de poder. El hombre debía purgar sus
culpas; pero Dios amaba a sus hijos y no los condenó a la muerte. Solo su Hijo
cargaría con los pecados de todos sufriendo en su carne el sacrificio del
cordero que se sacrificaba en el altar. El hombre tenía que sufrir por sus pecados
y ese sufrimiento los descargó el Padre sobre el Hijo, relevando del justo
castigo a los humanos.
El Espíritu de Dios fecunda a una virgen
para traer al mundo a un hombre; un hombre, un ser humano, con los genes de la
madre y el espíritu de la Divinidad. Mariam no concibe a Dios sino a Yehshua,
el humano con el espíritu divino; el humano que es también Dios. Ella no da a
luz a Dios; ella alumbra al hombre que posee el Espíritu de la Divinidad.
Este es el conflicto: ¿Es Mariam madre de
Dios o es solo la madre de Kristo, el Bienaventurado, el que moriría para
rescate de muchos?
El Espíritu engendra espíritu; pero la
carne engendra carne. Mariam engendró la carne de Yehshua, pero el espíritu
divino engendró el espíritu divino de Yehshua. Un mortal solo puede engendrar a
un mortal.
Yehshua, como hombre, es el Redentor. Su
muerte como hombre representa la redención del hombre. Yehshua como Dios es el
camino para la vida eterna; Él es la resurrección y la Vida, atributo que solo
propio es de Dios. Dos esencias unidas pero no confundidas en una sola persona.
El Hombre muere y resucita el Dios. Yehshua, desde el momento de resurrección
es otra esencia diferente a la esencia material; es espíritu en cuerpo astral.
De este modo Mariam de Magdala no le reconoce cuando le ve luego de su
resurrección y solo llega a identificarle cuando Él se le revela. Tampoco le
reconocen los discípulos que iban a Emaús a pesar que les acompañaba durante un
largo tramo. Sus discípulos más allegados, Kefa, Yojanán, Tau’ma y Netan’el no
le reconocen inicialmente cuando se les presenta a orillas del lago de
Tiberíades; así lo afirma Yojanán: “Cuando
ya amaneció, estaba Yehshua en la orilla; pero los discípulos no sabían que era
Yehshua”.
Fue el patriarca de Constantinopla, Nestorio
quien por vez primera declarara que en Kristo había dos esencias, la humana y
la divina, pero, al mismo tiempo, independientes una de la otra. Es decir, dos
naturalezas diferentes coexistiendo en una sola persona. Según este criterio de
Nestorio, Mariam no debía ser denominada “madre de Dios (Theotókos)”, sino
“madre de Kristo (Khristótokos)”. Las tesis nestorianas fueron rechazadas como
herejía en el Concilio de Éfeso que se llevó a cabo entre el 22 de junio y el
16 de julio del año 431 y se declaró como dogma de fe que Mariam, por la
condición de que en Kristo existen sin separación ni confusión las dos
naturalezas, la humana y la divina, es la “Madre de Dios”.
Verdaderamente, Mariam de Natzeret fue
elegida por la Suprema Inteligencia para engendrar en su vientre al que era su
Hijo, engendrado por Él, surgido de su propia esencia y naturaleza, antes de
todos los tiempos. Este hecho de por sí representa un especial honor concedido
a una mortal; un honor que se merecía, a no dudar, por sus condiciones
personales que supuestamente debían ser excepcionales. Muchas mujeres podrían
haber sido elegidas, pero solo Dios escogió a una mujer joven, una adolescente,
casi una niña, si nos atenemos a la costumbre que en aquellos tiempos
prevalecía de considerar a las mujeres aptas para el matrimonio a la edad de 12
a 14 años de edad; una mujer humilde y además, una joven doncella, una virgen.
¿Por qué la madre del Hijo de Dios tenía
que ser virgen? No se trata de pureza sexual; porque Dios concedió la vida
sexual a los humanos para su disfrute y reproducción. Dios no hace diferencias
entre célibes y no célibes. No hay impureza en la mujer no virginal. Dios pudo
haber seleccionado a una mujer casada para hacer el milagro de la concepción;
pero ello entrañaría un conflicto de identidad del Kristo; en lugar de ser
llamado Hijo de Dios se hubiera podido alegar “hijo de un padre biológico”. Con
la concepción virginal no hay lugar a dudas, el fruto de Mariam sería obra solo
del Espíritu Santo.
El Espíritu de Dios encarnaría en el útero
de una mujer virgen tal como en las bestias se insufló el alma para formar al
hombre. Al igual que el hombre tiene alma, esencia de Dios como naturaleza
unida al hombre pero al mismo tiempo independiente, así el hijo de Mariam,
tendría la esencia de Dios, la Divinidad unida en un mismo cuerpo e
independiente a la vez. Somos alma y materia. Kristo era Divinidad y materia.
Mariam devino en la madre de un hombre
especial, un hombre en la carne pero al mismo tiempo Dios en espíritu. La
conciencia de Kristo es conciencia de Dios. Así dice respondiendo al asombro de
los fariseos que le veían como a un hombre sin estudios: Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió. (Yoj 7:16) Y
dice respondiendo a una pregunta de su discípulo Philippe: Las palabras que yo les hablo, no las hablo por mí mismo, sino que el
Padre que mora en mí, él hace las obras.
(Yoj 14: 10)
Sea pues venerada Mariam como Madre del
Redentor, como Madre de Kristo, con esto ya le damos la mayor dignidad, y sin
caer en el error de Efeso de hacer de una mujer, mortal en la carne, Madre de
Dios.

No hay comentarios:
Publicar un comentario