V
Espíritu
de Kristo
1 Los que viven según la
carne desean lo que es carnal; en cambio, los que viven según el espíritu,
desean lo que es espiritual. 2
Ahora bien, los deseos de la carne conducen a la muerte, pero los deseos del
espíritu conducen a la vida y a la paz, 3 porque los deseos de la carne se oponen a Dios, ya que
no se someten a su Ley, ni pueden hacerlo. 4 Por eso, los que viven de acuerdo con la carne no pueden
agradar a Dios.
5 El que no tiene el Espíritu de Kristo no puede ser de Kristo. 6 Pero si Yehshua el Mashíaj
vive en ustedes, aunque el cuerpo esté sometido a la muerte a causa del pecado,
el alma vive a causa de la justicia.
7 Y si el Espíritu de aquel
que resucitó a Yehshua habita en ustedes, el que resucitó a Yehshua el Kristo
también dará vida a sus cuerpos mortales, por medio del mismo Espíritu que
habita en ustedes.
8 Si hacemos morir las obras
de la carne por medio del Espíritu, entonces viviremos.
9 Todos los que son
conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. 10 Y ustedes no han recibido
un espíritu de esclavos para volver a caer en el temor, 11 sino el espíritu de hijos
adoptivos, que nos hace llamar a Dios ¡Abbá!, es decir, ¡Padre!
12 El mismo Espíritu se une a
nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y si somos
hijos, también somos herederos, 13
herederos de Dios y coherederos de Yehshua, porque sufrimos con él para ser
glorificados con él.
14 Igualmente, el mismo
Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad porque no sabemos orar como es
debido; 15 pero el Espíritu intercede
por nosotros con gemidos inefables. 16 Y el que sondea los corazones conoce el deseo del
Espíritu y sabe que su intercesión en favor de los creyentes está de acuerdo
con la voluntad divina.
17 El fruto del Espíritu es
amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, 18 mansedumbre, dominio de sí,
por tanto, si vivimos según el Espíritu, obremos también según el Espíritu. 19 No busquemos la gloria vana
provocándonos los unos a los otros y envidiándonos mutuamente.
VI
Hijos
de Dios por medio de Yehshua
1 Si Dios está con nosotros,
¿quién estará contra nosotros? 2
El que no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros,
¿no nos concederá con él toda clase de favores? 3 ¿Quién podrá acusar a los entregados a Dios? Dios es el
que justifica. 4
¿Quién se atreverá a condenarlos? ¿Será acaso Yehshua, el que murió, más aún,
el que resucitó, y está a la derecha de Dios e intercede por nosotros?
5 ¿Quién podrá entonces
separarnos del amor del bendecido de Dios, Yehshua el Kristo? 6 ¿Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el
hambre, la desnudez, los peligros, la espada? 7 Pero en todo esto obtenemos una amplia victoria, gracias
a aquel que nos amó.
8 Ni la muerte ni la vida, ni
los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes
espirituales, 9
ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del
amor de Dios, manifestado en Yehshua el Kristo, nuestro Señor.
9 Dios nos llevó a ser sus hijos adoptivos por medio de Yehshua el
Bendecido, conforme al beneplácito de su voluntad, 10 para alabanza de la gloria
de su gracia, que nos dio en su Hijo muy querido.
11 En él hemos sido redimidos por su sangre y hemos recibido el perdón de
los pecados, según la riqueza de su gracia, 12
que Dios derramó sobre nosotros dándonos completa sabiduría y entendimiento.
13
Así como los hijos participan de la sangre y de la carne, así también participó
Yehshua de las mismas, para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte,
es decir, al Maligno, 14 y
libertar a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a
esclavitud.
15 Por
eso tuvo que asemejarse en todo a sus hermanos, para ser misericordioso y Sumo
Sacerdote fiel en lo que toca a Dios, en orden a expiar los pecados del pueblo.
16
Pues,
habiendo sido probado en el sufrimiento, puede ayudar a los que se ven probados.


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