sábado, 11 de julio de 2015

El Anticristo


Hablemos del anticristo. ¿Dónde se registra por vez primera este título? ¿Quién es el anticristo?

Dentro de los escritos neo testamentarios el nombre anticristo aparece, primera y únicamente en la Carta Primera de Yojanán Apóstol; en ningún otro escrito se hace uso de este título, ni siquiera en el libro apócrifo (aunque llevado al canon bíblico) Revelaciones o Apocalipsis atribuido a Yojanán Zebebdi.

Yojanán se refiere a la aparición del anticristo como una señal, ya oída, de la llegada del “último tiempo”, y dice que ya se encontraba presente cuando redactó su carta. Para el apóstol, el anticristo había surgido dentro de las comunidades cristianas, y no uno, sino “muchos anticristos”, aquellos que negaron que Yehshua era el ungido, el Kristo; aquellos que niegan “al Padre y al Hijo”; Aquellos que negaban que Kristo había venido en carne. El que no reconoce, confiesa, acuerda (ὁμολογεῖ) a Yehshua “es el espíritu del anticristo” (1 Yojanán 2:18-19,22. 4:2-3)

Cuando Yojanán en su carta se refiere como anticristos a los que niegan la existencia de Yehshua en carne, es evidente que está pensando en los que seguían la doctrina docética (del griego δοκέω, dokéo, parecer o parecerle a uno) que señalaba que Yehshua no había padecido en la cruz pues su cuerpo era solo aparente y no real. Los docetistas consideraban que la materia era corrupta y el cuerpo era cárcel del espíritu, por lo que no podían aceptar que la divinidad se alojara en un cuerpo perecible y putrescible.

¿De dónde toma Yojanán la idea del anticristo como señal de la llegada de los últimos tiempos? No se conoce. Un antecedente del anticristo como señal del fin de los tiempos, o del Tiempo de los Tiempos, se pudiera rastrear en el evangelio de Mattai (24:24) referido a la profecía de Yehshua sobre el fin de los tiempos. Sin embargo, Mattai no se refiere a un contendiente que se opone a Kristo, sino de un suplantador de Kristo junto a falsos profetas. Ambos “harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aún a los escogidos” (Mattai 24:24), (Libro del Bendecido Yehshua 23:32-33).

En su evangelio Mattai menciona no anticristos, sino “falsos Kristos” o pseudocristos, al menos así aparece en la versión griega, única conocida de su evangelio, utilizando la voz Ψευδόχριστος.  Loukás haciendo referencia a los tiempos finales presenta los falso Kristos que se presentarían hablando en nombre de Kristo, diciendo: “Yo soy el Kristo, y: El tiempo está cerca.  No los sigáis…” (Loukás 21:8)

De acuerdo con los escritos que han llegado hasta nosotros, no existe el Anticristo como figura antecedente al Día del Señor. Sin embargo, a lo largo de toda la historia  del cristianismo muchos predicadores, y muchos fantasiosos, han creído  ver anticristos por todas partes y considerar que la segunda venida de Kristo se encontraba cerca; “el Anticristo, por tanto, como expresa Francisco Henares Díaz en El Anticristo: teología política, escatología, Juicio Final) da para mucho, muy escocido y muy adobado”.

Por el tiempo de la Reforma de Lutero, se propaló la creencia que Nerón no había muerto y continuaba vivo para seguir persiguiendo a los cristianos, tal como el imaginario religioso concebía al Anticristo. A esta creencia se oponía Diego de Arce (1587-1665)  aunque sin rechazar que pudiera presentarse, de todos modos, el Anticristo, declaró: “No tengo por verdadero este parecer. Muerto es Nerón. Otro que él será el verdadero Anticristo” (Diego de Arce. Miscelánea de oraciones eclesiásticas, fol. 2v. Citado por Henares Díaz)

Por esa época comenzó a denominarse al Papa romano como el Anticristo. En efecto Lutero lanzaría una fuerte diatriba contra el Papa en un escrito suyo de 1546 titulado En Contra del Papado; una Institución del Diablo donde expresó: “El Papa más Infernal, Pablo III, en su supuesta capacidad como obispo de la Iglesia de Roma... la cabeza de la abominable Iglesia de todas las peores sinvergüencerías de la tierra, vicario del diablo, enemigo de Dios, destructor de la Iglesia de Cristo, maestro de mentiras... el guarda de burdel sobre todo guarda de burdel y toda alimaña, incluso aquella que no puede ser nombrada; un Anticristo..." A este ataque de Lutero, Arce, en respuesta, pintará a Lutero como una de las encarnaciones más vivas del Anticristo (Francisco Henares Díaz. El franciscano Diego de Arce, predicador, calificador del Santo Oficio. Revista de la Inquisición) Ya antes se había señalado como el Anticristo a Arrio y a Mahoma, considerados todos ellos, de acuerdo con Arce, “como sus principales ministros y aposentadores”.

Paulo de Tarso no menciona algún “anticristo” que deberá manifestarse antes de la parusía de Kristo; primero según él se producirá la gran apostasía y la manifestación de uno que denomina “el hombre de pecado o de iniquidad” (ἄνθρωπος  τῆς  ἀνομίας) que es, al mismo tiempo, “hijo de perdición o destrucción” (2 Tesalonicenses 2:3). La principal característica de este odioso personaje no está en que se presenta como un antagónico de Kristo o como un falso Kristo sino como un destructor de todo lo sagrado, negación de Dios y, a la vez, presentándose como si él mismo fuera Dios.

Ahora bien, Paulo no se presenta en esta carta como un profeta ni está adelantando una profecía nueva. Él está advirtiendo a los tesalonicenses de no dejarse confundir con ciertas profecías que anunciaban que ya había llegado el día del Señor, la parusía (2 Tesalonicenses 2:1) sino que debían recordar que primero se produciría la gran apostasía y luego la aparición del destructor, el hombre de la iniquidad; es decir un enunciado que ya de antes sería conocido y que debían recordar.

Cabe hacernos la misma pregunta que antes nos formulamos cuando mencionamos el anticristo anunciado por Yojanán como criterio para reconocer la llegada de los últimos tiempos. ¿De dónde toma Paulo este enunciado de la gran apostasía y del destructor?

La idea del hombre del pecado o de la iniquidad, tomado como hijo de desolación, Paulo debe haberla extraído de su cultura farisea tomándole de Dany’el 9:27: “Después con la muchedumbre de las abominaciones vendrá el desolador, hasta que venga la consumación, y lo que está determinado se derrame sobre el desolador”.  Lo que Dany’el ve como “muchedumbre de las denominaciones” puede ser interpretado por Paulo como “gran apostasía” y lo que Dany’el denomina “consumación”, puede ser tomado como “fin de los tiempos”, y el “desolador”  de Dany’el, para Paulo sería el hombre del pecado, hijo de destrucción o perdición.

Algunas denominaciones denominadas cristianas y restauracionistas fundamentan la llamada gran apostasía en lo dicho por Paulo en Hechos 20:29-30: “Porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño. Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos”. Esto así planteado es tomar una cita fuera de contexto para justificar una doctrina en particular.

Paulo planeaba viajar a Jerusalén (Yerushaláyim) y al hacer una escala en Mileto hizo llamar a los presbites de Anatolia para su despedida y darles unas últimas instrucciones. Conocía que en Anatolia habían aparecido algunos ─ quizá los nicolaítas ─ predicando un mensaje que contradecía las enseñanzas que él había transmitido. Y estas advertencias las hacía para el futuro inmediato tras su partida y de ningún modo como un mensaje profético para el dia del Señor.

Es su segunda carta a Timoteo, ya preso en Roma, Paulo le exhorta a que predique la palabra con insistencia “a tiempo y fuera de tiempo” porque él sabe que en poco tiempo, si no hay una constante enseñanza los neófitos en la doctrina se dejarán llevar, oyendo lo que les gustaría oír de maestros que les conduzcan a los mitos, a las fábulas en las que antes creían (2 Timoteo 4:1-4). Por tanto, Paulo estaba convencido que la exhortación “con mucha paciencia y doctrina” impediría la corrupción de las enseñanzas. No se trataba pues de un llamado previniendo la gran apostasía, sino de un consejo didáctico dado por un maestro experto a un joven en la enseñanza.

Ese libro apócrifo, que ocasionó profundos y encontrados debates en torno a si debía ser incluido en el canon bíblico o ser rechazado de plano, el Apocalipsis atribuido sin bases históricas a la autoría de Yojanán, el Apóstol y evangelista, ha generado y sigue generando delirantes interpretaciones sobre el significado de las bestias descritas en su texto y, casi unánimemente aceptadas, como representaciones del Anticristo.

Muchas son las interpretaciones que se han dado del Apocalipsis, y todas de carácter caótico y terrífico, expresión de una delirante escatología, que ha servido de base para los fundamentos del milenarismo y justificación de la tesis de Kristo como primera creatura de Dios. Así de sus símbolos se han hecho numerosas tesis, especialmente tratando el tema de las dos bestias,  identificadas con el anticristo. Muchas de las confesiones restauracionistas se empeñan en ver al papado en la figura de la Bestia o de ambas bestias, la que surge del mar y la que surge de la tierra. Incluso, algunos interpretan la segunda bestia como una profecía del surgimiento de los Estados Unidos, sin dejar de representar al papado con la primera bestia. Ejemplo de esto es Ramón R. Herrera en Apocalipsis. Descorriendo el Velo de la Historia.

Dejemos claro que el Apocalipsis fue aceptado como libro canónico, precisamente por el decreto de un Papa romano, Dámaso I (Papa desde 366 a 384), en el 374. Habría que deducir entonces a partir de las interpretaciones que hacen del Papado figura de la bestia, del anticristo, que el Apocalipsis es un libro bendecido por la misma bestia. Por cierto Dámaso I es un Papa considerado “un luciferino declarado” en la página “Centro Rey”, donde se citan palabras del apologista bereano Dave Hunt (1926-2013): “Este papa sanguinario, adinerado, poderoso y extremadamente corrupto, se rodeó de lujos que habrían hecho sonrojar a un emperador. No hay forma alguna de poder justificar cualquier conexión entre él y Cristo” (A Woman Rides the Beast). No obstante a este Papa se debe la inclusión del Apocalipsis en el canon.

Resaltemos antes de pasar al tema de la identificación de la bestia con el anticristo una breve caracterización de este que fue enriquecido apologista. Estrictamente creacionista que consideraba la evolución, la psicología, las preocupaciones por el medioambiente o la conservación de la biodiversidad influencias paganas del mundo actual. Para este pastor, prolífico escritor, la Biblia se debía interpretar literalmente sin profundizar en las enseñanzas ocultas y espirituales que en la escritura pudiera encontrarse y, de plano, rechazó la meditación como tema propio del ocultismo.

Entremos pues en el análisis de las dos bestias del Apocalipsis. Dos son las bestias consagradas por el gran dragón. La primera asciende desde el mar, es la bestia de las siete cabezas y posee sobre sus cabezas un nombre blasfemo “y abrió su boca en blasfemias contra Dios, para blasfemar de su nombre, de su tabernáculo, y de los que moran en el cielo”. Evidentemente en lo escrito se nota que no fue Yojanán el autor. Yojanán es, de todos los apóstoles el menos judaizante y representa la definitiva ruptura del cristianismo con el judaísmo. El empleo de la sacralidad del tabernáculo es propio de una mentalidad farisaica.

Por otra parte es evidente que esta bestia no puede ser la representación de ninguno de los credos cristianos. No es el Papado, no es Lutero, no son los Testigos de Jehová. Independiente de que cualquier denominación cristiana sea considerada por otras como apartada del cristianismo original, ninguna de ellas blasfema contra Dios. La bestia es un poder religioso contrario, no solo al cristianismo sino también al judaísmo. No es el anticristo tal como el mismo Yojanán lo concebía. No es una visión de futuro distante; es una representación de lo que acontecía en la época en que el autor desconocido redactara el Apocalipsis. Evidentemente se trata del paganismo que ha recibido una herida de muerte, pero todavía se mantiene con vida.

La segunda bestia subió de la tierra. Ella “ejerce toda la autoridad de la primera bestia en presencia de ella, y hace que la tierra y los moradores de ella adoren a la primera bestia, cuya herida mortal fue sanada”. Tiene poder para imponer “a los moradores de la tierra que le hagan imagen a la bestia que tiene la herida de espada, y vivió. Y se le permitió infundir aliento a la imagen de la bestia, para que la imagen hablase e hiciese matar a todo el que no la adorase”. Su poder le permite imponerle “a todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos, … una marca en la mano derecha, o en la frente; y que ninguno pudiese comprar ni vender, sino el que tuviese la marca o el nombre de la bestia, o el número de su nombre”. La bestia se distingue con un número, el 666: “El que tiene entendimiento, cuente el número de la bestia, pues es número de hombre”.  

Las siete cabezas de la primera bestia corresponden a los siete emperadores romanos: Tiberio, Calígula, Claudio, Nerón, Galba, Vespasiano y Tito. Luego de los años de tranquilidad para los cristianos durante los gobiernos de Vespasiano y Tito, se levantó un nuevo emperador, Domiciano, hijo de Vespasiano y hermano menor de Tito, los “dos cuernos semejantes a los de un cordero”. Domiciano inició una nueva era de persecuciones contra los cristianos y judíos que se negaran a rendir adoración a los dioses paganos y rendir culto al emperador. Ese es el nombre de la bestia y el 666 es el número de la total imperfección.

Si algo hay de verdad en el Apocalipsis que encierre una enseñanza teológica no es concluir que existe un anticristo precedente a la parusía; ni estar extrapolando sus símbolos para demonizar a otras denominaciones cristianas, En conclusión, tal como afirma el sacerdote católico Albert Shamon: “La profecía básica y constante del Apocalipsis es que siempre habrá persecuciones de los buenos por parte del Mal. Pero el Mal será castigado y los buenos triunfarán al final. Dios vencerá el Mal”.

Coincidimos plenamente con Juan Stam en El Anticristo: ¿Qué dice la Biblia? Exégesis y tradición en la profecía predictiva: “En la interpretación del Apocalipsis, debe quedar totalmente excluida toda referencia al Anticristo, ya que éste no aparece en todo el libro. En la exposición de los demás pasajes, debemos emplear el lenguaje de cada texto, dentro de su propio contexto y según la intención de cada autor”.

Excelente también las conclusiones que este autor citado hace de las epístolas juaninas, cuando señala: “Para ser fieles a este texto, sería mejor limitar el término "anticristo" a su sentido bíblico, de negación del Cristo humano, y no confundirlo con otros términos como el Malvado, la Bestia etc. Con eso evitaríamos la conflación simplista de títulos de significados distintos. Así libraríamos el término "anticristo" de los sobre tonos y resonancias terroríficos que ha llegado a connotar y le devolveríamos su auténtico sentido cristológico. Nos ayudaría también a concentrarnos en los "anticristos" presentes, en nuestro tiempo y espacio, y no fijar la vista sólo en un "Anticristo" final de quien este pasaje no habla”.

Coincidimos plenamente con las opiniones que Juan Stam emplea en la conclusión de su estudio: “ningún pasaje del Nuevo Testamento presenta el cuadro tradicional del Anticristo, y mucho menos el único texto que emplea el término "anticristo". Más bien, ese cuadro se arma arbitrariamente, según el gusto de cada persona que interprete el tema, sacando diferentes detalles de su contexto bíblico y juntándolos en un mosaico que no corresponde a ningún pasaje bíblico específico. Es cierto que la Biblia enseña que la historia es conflictiva, como lucha entre el bien y el mal, y que habrá una confrontación final, pero la versión tradicional del "Anticristo'" distorsiona ese tema. El efecto básico es de presentar el Anticristo como una figura aterrorizadora y amenazante con un simplismo esquematizado que carece de base en los textos”.


Falsos Kristos han existido en todo los tiempos desde Shimón bar Giora que se autoproclamó como mashíaj durante el sitio de Jerusalén (Yerushaláyim) en el 70 por las legiones de Tito. Muchos líderes políticos populistas se han creído salvadores supremos cual falsos Kristos y han hundido a sus países en la miseria y muchos olvidaron la advertencia dada por Yehshua: “No los sigáis”.

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