El asedio a Yerushaláyim
1 Yerushaláyim se estremece. La
muerte le asedia. Resisten sus murallas y aclaman al Mashíaj libertador, a
Yojanán de Giscala, el kananay. Le secunda y le rivaliza Shimón bar Giora, el
sicario. 2 Y corre la sangre entre los
hijos de Yerushaláyim, y la muerte viene avanzando por el norte y la amenaza se
extiende por el valle del Cedrón; 3 y el valle de Hinnom abre su boca, la boca de la Gehena,
sedienta de sangre y de cuerpos insepultos.
4 El hambre crece en Yerushaláyim.
Los vivos devoran a los muertos para seguir viviendo y claman las mujeres
diciendo: “¡El Dios del Universo nos ha abandonado!”
5 Cuatro legiones asedian a Yerushaláyim.
Hombres terribles dispuestos a todo forman en sus líneas. No temen la muerte y
llevan consigo a la muerte. 6
Ellos ascienden por las murallas, sus ojos brillantes como ascuas encendidas,
sus cuerpos forrados en sus armaduras.
¿Quién les detendrá? 7
Los sacerdotes en el Templo elevan plegarias al Dios de los ejércitos; mientras
el templo se alce, Yerushaláyim estará a salvo; 8 pero Dios no escucha las plegarias y no envía a sus
ángeles para proteger a la ciudad. Dios ha cerrado sus ojos y tapado sus oídos.
9 La ciudad ha forjado su karma
de muerte.
10 Desde el Monte de la Atalaya
asecha la muerte. Desde el Monte de los Olivos la muerte retorna a Yerushaláyim.
11 Los artilugios de guerra
abren un boquete en la muralla exterior y como enjambre de furiosos tábanos
asaltan los hombres de hierro a la Ciudad Nueva, sajando cuellos y desgarrando
pechos y llegaron hasta la Ciudad Vieja donde estaba la fortaleza Antonia y
donde estaba el Templo. 12
Y vieron en Yerushaláyim que se alzaban cruces, tantas que ya no quedaba madera
para construirlas, y grande era el hedor de los muertos clavados sobre los
troncos.
13 Arden las piedras de las
calles de Yerushaláyim y la sangre corría desde el Pretorio hasta el camino
hacia el Gulgaltá.
14 Tito conduce las legiones y
se alza como vencedor imbatible. No tiene piedad y es como el fuego de la
Gehena y el brazo furioso de la ira del Señor. ¿Quién podrá detenerle?
Destrucción
del Templo
15 El Templo ha dejado de ser
Casa de Oración convertido en campo de combate. Los hombres se embisten en sus
atrios y en lo profundo de sus habitaciones se refugian Yojanán de Giscala, el
kananay, y el sicario Shimón bar Giora. Y ponen obstáculos de madera y hacen
caer el techado por donde escalan los legionarios.
15 Y un legionario ¿quién conoce
su nombre?, arroja una tea encendida sobre los maderos y comienza el fuego. 17 Tito grita: “¡Deténganse, no
quemen el Templo!, porque los templos son moradas sagradas de los dioses”. Pero
esta vez sus hombres no le obedecen y lanzan más teas al fuego y el fuego se
expande por todo el templo y llega hasta el lugar santo. 18 Y comenzó la matanza de los
que habían encontrado resguardo en el Templo, y los tesoros sagrados fueron
saqueados por los soldados de Roma.
19 “Miren ─ lloran los hijos de Yerushaláyim ─, el templo es devorado por
el fuego y ha desaparecido el salón del sanedrín. Dios nos ha abandonado; 20 pagamos por las culpas de una
generación que ya es anciana”.
21 Por toda la ciudad corren los
legionarios ansiosos de sangre degollando a todos con los que se topan,
haciendo pilas de cadáveres sobre las callejuelas. 22 La sangre corre por las
calles. Yerushaláyim ha muerto. Los jefes de la revuelta se esconden huyendo de
la muerte. Enloqueció Shimón bar Giora por el hambre, por la sed y por la
angustia de la derrota; Yojanán de Giscala es encontrado escondido entre las
ruinas del templo. 23
La muerte los aguardaba. Ya no quedan Mashíajs en Yerushaláyim, 24 solo permanece el Viviente,
Yehshua el Señor, el único que libera y salva. Amén.

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