Disturbio
de Ephesos
1 Paulo sentía grandes deseos de ir a
Jerusalén después de que pasara por Macedonia y Acaya, así dijo: “Después que
haya estado allí, me será necesario viajar también a Roma”. 2 Luego de enviar a Macedonia a dos de los
que le ayudaban, Timoteo y Erasto, él se quedó por algún tiempo en Anatolia.
3 En eso estaba cuando se produjo un
disturbio bastante serio en Ephesos acerca del Camino, 4 porque un platero llamado Demetrio, que
elaboraba templecillos de Diana en plata y obtenía buenas ganancias con aquel
trabajo, al igual que los otros artífices; 5 convocó
a todos ellos junto con los artesanos del mismo oficio, les dijo: “Ustedes bien
conocen, que de este oficio obtenemos nuestra riqueza; 6 pero vean y oigan que ese tal Paulo, no
solamente aquí en Ephesos, donde se levantaba el que fue magnífico templo de
nuestra divina Diana Cibeles, sino en casi toda Anatolia, ha apartado a muchas
gentes hablándoles con mucha elocuencia, diciendo que no se debe creer en
dioses elaborados con las manos de los artífices, no importando si se
construyen de oro o de plata. 7 Comprendan que no solo peligra nuestro
negocio con su desacreditación, sino también que el templo de nuestra divina
diosa Diana, que fue grandioso en sus tiempos, sea ahora estimado en nada, y
comience a ser destruida la majestad de aquella a quien venera toda Anatolia, y
el mundo entero”.
8 Motivados por las palabras de Demetrio,
aquellos hombres se llenaron de ira, y comenzaron a gritar: “¡Grande es Diana
de los efesios!”
9 Y la ciudad se llenó de confusión con
aquel motín, y los artífices guiados por Demetrio corrieron hasta el teatro
tomando por la fuerza a dos colaboradores de Paulo, los macedonios Gayo y Aristarco de Tesalónica. 10 Cuando Paulo se enteró de los actos de
aquel tumulto quiso salir al pueblo; pero sus discípulos se lo impidieron. 11 También algunas de las autoridades de
Anatolia, que eran sus amigos, le enviaron recado, rogándole que no se
presentase en el teatro.
12 En aquella confusión entraron muchos más y
unos gritaban una cosa, y otros, otra; porque la concurrencia estaba confusa, y
los más no sabían por qué se habían reunido. 13 Y
sacaron de entre la multitud a Alejandro, empujándole los judíos. Entonces
Alejandro, pidiendo silencio con la mano, quería hablar en su defensa ante el
pueblo. 14
Pero cuando supieron que era
judío, todos a una voz gritaron casi por dos horas: “¡Grande es Diana de los
efesios! ¡Grande es Diana de los efesios!”
15 Entonces el escribano, cuando había
apaciguado a la multitud, dijo: “Efesios, ¿y quién es el hombre que no sabe que
la ciudad de Ephesos es guardiana del templo de la gran diosa Diana, y de la
imagen venerada de Zeus? 16 Esto no puede contradecirse; por tanto,
es necesario que se apacigüen, y nada hagan precipitadamente. 17 Ustedes han arrastrado hasta aquí a estos
dos hombres que no han cometido sacrilegio ni han blasfemado en contra de la
diosa, de ustedes bendecida.
18 Si Demetrio y los artífices que están con
él tienen queja contra alguno, se les concederá audiencias, y procónsules hay;
pleitéense los unos a los otros. 19 Y si
demandan alguna otra cosa, en legítima asamblea se puede decidir. 20 Pudiéramos ser acusados de sedición por ese amotinamiento de hoy ya
que no hay ninguna causa por la cual podamos dar razón de este alboroto”.
Paulo
se despide de sus discípulos en Ephesos
21 Y habiendo dicho esto, despidió la
asamblea. 22
Después que cesó el alboroto,
llamó Paulo a los discípulos, y habiéndolos exhortado y abrazado, se despidió y
salió para ir a Macedonia. 23 Llegando a Miletos hicieron allí una
escala y Paulo decidió un mensaje a Ephesos para convocar a los principales de
la congregación. 24 Cuando se reunieron con Paulo, les dijo:
“Han sido testigos de mis maneras durante todo el tiempo que estuve entre
ustedes. 25 Conocen cuantas trampas pusieron contra
mí los fariseos. 26 Saben que nunca me eché atrás cuando algo
podía ser útil para ustedes. Les prediqué y enseñé en público y en las casas, 27 exhortando con insistencia tanto a judíos
como a griegos a la conversión a Dios y a la verdad que está en Yehshua,
nuestro Señor.
28 Me alejo y no sé si volveré de nuevo a
ustedes; por tanto hoy les quiero declarar que no me siento culpable si ustedes
se pierden, 29 porque siempre trabajé con entusiasmo
predicándoles la verdad de Dios.
30 Cuiden de sí mismos y de toda la
congregación que el Espíritu Santo les ha puesto como consejeros: pastoreen la congregación
del Señor, que él adquirió con su propia sangre. 31 Sé que después de mi partida se
introducirán entre ustedes lobos voraces que no perdonarán al rebaño. 32 De entre ustedes mismos surgirán hombres
que enseñarán doctrinas falsas e intentarán arrastrar a los discípulos tras sí.
33 Estén, pues, atentos, y recuerden que
durante tres años no he dejado de aconsejar a cada uno de ustedes noche y día,
incluso entre lágrimas.
34 Siguiendo mi ejemplo, trabajen arduamente
ayudando a los débiles. Recuerden las palabras del Señor Yehshua: “Hay mayor
felicidad en dar que en recibir”. 35 Después
de dichas esta palabras, Paulo abordó el barco y luego de viajar por diferentes regiones
llegó Paulo con sus acompañantes a Cesárea 36 y se
dirigieron a la casa de Filíppos el predicador, uno de aquellos siete que
habían sido seleccionados para auxiliar a las comunidades de Jerusalén, y allí
posaron.
Profecía
de Agabo sobre Paulo
37
Estando Paulo y sus acompañantes en casa de Filíppos llegó de Judea uno
de los que había sido discípulo de Yehshua, llamado Agabo y luego de saludar a
todos, 38
tomó el cinto de Paulo, y
atándose los pies y las manos, dijo: “Esto dice el Espíritu Santo: Así atarán
los fariseos y sadoqueos en Jerusalén a quien es dueño de este cinto, y le
entregarán en manos de los goyim adoradores de falsos dioses”.
39 Entonces todos ellos, preocupados por
aquel mensaje le rogaron a Paulo que desistiese de ir a Jerusalén.
40 Entonces Paulo respondió: “¿De qué se
angustian y por qué me quebrantan el corazón? Porque yo estoy dispuesto no sólo
a ser atado, más aun, a morir en Jerusalén por el nombre de Yehshua el Kristo”.
41 Ante la firme decisión de Paulo no
continuaron insistiéndole y dijeron: “Hágase, entonces, la voluntad del Señor”.
Paulo
en Jerusalén
42 Algunos días después, partieron para Jerusalén.
43 Y con ellos fueron también algunos de los
discípulos de Cesárea, entre los cuales iba uno llamado Mnasón, de Chipre,
discípulo antiguo, en cuya casa se hospedaron.
43 Cuando entraron en Jerusalén, los hermanos
les recibieron llenos de alegría. 44 Y al
día siguiente Paulo con sus compañeros fue a ver a Ya’acov quien estaba reunido
con un grupo de discípulos; 45
a los cuales, después de
haberles saludado, les contó una por una las cosas que por medio de Dios había logrado
entre los goyim.
46 Luego de escucharle, Ya’acov le advirtió
diciéndole: “Tú sabes, hermano, que millares de judíos han abrazado la fe, y
que todos ellos son celosos cumplidores de la Ley. 47 Ahora bien, ellos han oído decir que con
tus enseñanzas apartas de Moshé a todos los judíos que viven entre los goyim,
diciéndoles que no circunciden a sus hijos y no sigan más sus costumbres. 48 Ellos están furiosos contigo ¿Qué haremos
entonces? Pronto seguramente se van a enterar de tu llegada.
49 Hermano Paulo, te recomiendo que hagas esto
que te diré: Aquí tenemos a cuatro hombres que están obligados por un voto: 50 llévalos contigo, purifícate con ellos y
paga lo que corresponde para que se hagan cortar el cabello. Así todo el mundo
sabrá que no es verdad lo que han oído acerca de ti, sino que tú también eres
un fiel cumplidor de la Ley.
51 En cuanto a los goyim que abrazaron la fe,
conoces bien las instrucciones que les hemos enviado donde les exhortamos a abstenerse
de la carne inmolada a los ídolos, de hacer adoración a los ídolos y de
abstenerse del desenfreno sexual de la lujuria y la lascivia”.
52 Al día siguiente, Paulo tomó consigo a
esos hombres, se purificó con ellos y entró en el Templo. Allí hizo saber
cuándo concluiría el plazo fijado para la purificación, es decir, cuándo debía
ofrecerse la oblación por cada uno de ellos.
53 Pero cuando estaban para cumplirse los
siete días, unos judíos venidos de Anatolia, al ver a Paulo en el templo,
alborotaron a toda la multitud y le echaron mano, 54 dando voces: “¡Israelitas, hombres de
Jerusalén, préstennos su ayuda! Este es el hombre que por todas partes enseña a
todos contra el pueblo, la ley y este lugar; y además de esto, ha metido a
griegos en el templo, y ha profanado este santo lugar”.
55 Esto lo decían porque habían visto a Paulo
en compañía del efesio Trófimo, uno de sus discípulos, y creyendo que Paulo le
había llevado al templo, fuera del atrio de los goyim. 56 Así que muchos se sintieron indignados, y
pronto se agolpó una muchedumbre frente al templo; y apoderándose de Paulo, le
arrastraron fuera, e inmediatamente cerraron las puertas.
57 Como tenían la intención de matarle a
pedradas, la guardia romana dio avisó al tribuno de la compañía, diciéndole que
toda la ciudad de Jerusalén estaba alborotada. 58 De
inmediato, el tribuno, con algunos centuriones y soldados se dirigieron a donde
la muchedumbre daba golpes a Paulo; pero cuando vieron que llegaba el tribuno
con una centuria, dejaron de golpearle.
59 Apartando a la multitud, el tribuno tomó a
Paulo y mandó a atarle. Luego preguntó quién era y qué había hecho. 60 Pero entre la muchedumbre, unos gritaban
una cosa, y otros otra; y como no podía entender nada de cierto a causa del
alboroto, ordenó que condujeran a Paulo a la fortaleza Antonia próxima al
templo.
61 Al llegar a la escalinata de entrada de la
fortaleza, los soldados tuvieron que llevar a Paulo en peso a causa de la violencia de la
multitud, que los seguían pidiendo a gritos que muriera.


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