viernes, 2 de enero de 2015

JOB (29-34)


Job responde al último discurso de Sofar y supera lo que han dicho hasta ahora todos los amigos. Parece que no los escucha porque se limitan a repetir las mismas palabras. Ahora Job no quiere tener otro interlocutor que Dios. Es un gran acto de fe y, a la vez, una confesión de que la sabiduría tradicional no sirve para explicar la vida.

Job evoca su pasado con añoranza. En su evocación hay patetismo y poesía. Cuando recuerda su pasado no hace otra cosa que evocar la justicia de Dios, su benevolencia, los tiempos en que se sentía feliz bajo la protección de Dios y colmado de sus bendiciones. Entre las bendiciones de Dios enumera en primer lugar la de los hijos. Después alude a la riqueza: “Lavaba mis pies en leche y la roca me daba ríos de aceite”.

Una de las grandes pérdidas de Job fue la de su categoría social. Había sido un personaje muy solicitado, a quien escuchaban las gentes. En los pueblos orientales, tales personajes ejercían incluso una función política. Tras rememorar aquellos tiempos, Job enumera las miserias que lo envuelven. Hasta los niños se mofan de él. Al final habla de su enfermedad, de su piel ennegrecida, de que vive con los chacales. Dios ha hecho todo esto. Job no encuentra sosiego ni de día ni de noche, se halla siempre a merced del viento. Lo que más le aflige a Job es que precisamente él sea tratado así.

Elihú es sin duda un tradicionalista convencido de que es necesario volver a la tradición, tan malparada en los argumentos de Job, para encontrar una respuesta. Al parecer, no cae en la cuenta de que los ataques de Job van dirigidos contra la forma en que los "sabios" manipulan el concepto de Dios para justificar su propia vida. Es el problema de siempre. Parece que, en el plano puramente teológico, todos estarían de acuerdo. En lo que no puede haber acuerdo es en la aplicación que creen poder hacer del concepto de Dios. Son el polo opuesto a los deístas, y caen en el otro extremo. Se imaginan que siempre saben cómo y cuál ha de ser la acción de Dios. Esa es su equivocación.

Elihú es más joven; parece como si hubiera estado escuchando sin decir nada porque los otros le prohibían hablar. Pero ahora que éstos guardan silencio ya, Elihú cree que puede aducir argumentos nuevos.

Si, como parece, los discursos de Elihú son una adición posterior, representan la voz de la tradición, de la antigua escuela, que aduce nuevos argumentos. Y en cierto modo los proporciona. Job se ha quejado de sus pesadillas y visiones nocturnas; Elihú le declara que es ahí donde le habla Dios y lo previene para que no muera y vaya al  She’ol.

Es de notar la obstinación, tanto de los tres amigos como de Elihú, en creer que siempre pueden interpretar lo que pasa y ver ahí la voluntad e incluso el pensamiento de Dios.

Elihú dice que Dios es más grande que el hombre; sin embargo, no quiere admitir que se le escape el cómo y el porqué de la conducta divina. Y eso es lo que el autor de Job quiere inculcar al lector: que existe una noción de Dios más elevada que la de los sabios, que es una pretensión querer conocer siempre el proceder de Dios.


Capítulo 29

Último discurso de Job: evocación de la felicidad pasada

1 Job continuó pronunciando su poema, y dijo: 2 ¡Si pudiera volver a los tiempos pasados, a los días en que Dios cuidaba de mí, 3 cuando hacía brillar su lámpara sobre mi cabeza y yo caminaba a su luz entre las tinieblas!

4 ¡Si estuviera como en el otoño de mi vida, cuando Dios protegía mi carpa, 5 cuando el Todopoderoso aún estaba conmigo y me rodeaban mis hijos; 6 cuando mis pies se bañaban en leche cuajada, y la roca derramaba para mí arroyos de aceite!

7 Si yo salía a la puerta principal de la ciudad y ocupaba mi puesto en la plaza, 8 los jóvenes se retiraban al verme, los ancianos se levantaban y permanecían de pie. 9 Los príncipes retenían sus palabras y se tapaban la boca con la mano; 10 a los jefes se les apagaba la voz, se les pegaba la lengua al paladar.

11 Sí, el que me oía me felicitaba y el que me veía daba testimonio a mi favor. 12 Porque yo salvaba al pobre que pedía auxilio y al huérfano privado de ayuda. 13 El desesperado me hacía llegar su bendición, y yo alegraba el corazón de la viuda.

14 Me había revestido de justicia, y ella me cubría, mi rectitud era como un manto y un turbante. 15 Yo era ojos para el ciego y pies para el lisiado, 16 era un padre para los indigentes y examinaba a fondo el caso del desconocido. 17 Rompía las mandíbulas del injusto y le hacía soltar la presa de sus dientes.

18 Entonces pensaba: “Moriré en mi nido, multiplicaré mis días como el ave fénix. 19 Mi raíz se extenderá hacia el agua y el rocío se posará en mi ramaje. 20 Mi gloria será siempre nueva en mí y el arco rejuvenecerá en mi mano”. 21 Ellos me escuchaban con expectación, callaban para oír mi consejo. 22 Después que yo hablaba, nadie replicaba, mi palabra caía sobre ellos gota a gota. 23 Me esperaban como a la lluvia, abrían su boca como a la lluvia de primavera.

24 Si les sonreía, les costaba creerlo y no querían perderse la luz de mi rostro.  25 Yo les elegía el camino y me ponía al frente; me instalaba como un rey con sus tropas y adonde yo los llevaba, se dejaban guiar.

Capítulo 30

La miseria del momento presente

1 Pero ahora se ríe de mí hasta la gente más joven que yo, a cuyos padres yo no consideraba dignos de juntarlos con los perros de mis rebaños. 2 ¿De qué me hubiera servido la fuerza de sus manos? Ellos habían perdido todo su vigor: 3 agotados por la penuria y el hambre, roían el suelo reseco, la tierra desierta y desolada.

4 Arrancaban malezas de los matorrales y raíces de retama eran su alimento. 5 Se los expulsaba de en medio de los hombres; se los echaba a gritos, como a un ladrón.

6 Habitaban en los barrancos de los torrentes, en las grietas del suelo y los peñascos. 7 Rebuznaban entre los matorrales, se apretujaban bajo los cardos.

8 ¡Gente envilecida, raza sin nombre, echados a golpes del país! 9 ¡Y ahora, ellos me hacen burla con sus cantos, soy el tema de sus dichos jocosos! 10 Abominan y se alejan de mí, no les importa escupirme en la cara. 11 Porque Dios aflojó mi cuerda y me humilló, ellos también pierden el freno ante mí.

12 A mi derecha se levanta una turba: se abren camino hasta mí para arruinarme, 13 destruyen mi sendero para perderme: atacan sin que nadie los detenga, 14 irrumpen como por una ancha brecha, avanzan rodando como un torbellino. 15 Los terrores se han vuelto contra mí, mi dignidad es arrastrada como por el viento, mi esperanza de salvación ha pasado como una nube.

Amarga queja contra Dios

16 Y ahora mi vida se diluye en mi interior, me han tocado días de aflicción. 17 De noche, siento taladrar mis huesos, los que me roen no se dan descanso.

18 Él me toma de la ropa con gran fuerza, me ciñe como el cuello de mi túnica. 19 Él me ha arrojado en el fango, y me asemejo al polvo y la ceniza.

20 Clamo a ti, y no me respondes; me presento, y no me haces caso. 21 Te has vuelto despiadado conmigo, me atacas con todo el rigor de tu mano. 22 Me levantas y me haces cabalgar en el viento, y me deshaces con la tempestad.

23 Sí, ya lo sé, me llevas a la muerte, al lugar de reunión de todos los vivientes.

24 ¿Acaso no tendí mi mano al pobre cuando en su desgracia me pedía auxilio? 25 ¿No lloré con el que vivía duramente y mi corazón no se afligió por el pobre? 26 Yo esperaba lo bueno y llegó lo malo, aguardaba la luz y llegó la oscuridad.

27 Me hierven las entrañas incesantemente, me han sobrevenido días de aflicción. 28 Ando ensombrecido y sin consuelo, me alzo en la asamblea y pido auxilio.

29 Me he convertido en hermano de los chacales y en compañero de los avestruces. 30 Mi piel ennegrecida se me cae, mis huesos arden por la fiebre. 31 Mi cítara sólo sirve para el duelo y mi flauta para acompañar a los que lloran.

Capítulo 31

Declaración de la propia inocencia

1 Yo establecí un pacto con mis ojos para no fijar la mirada en ninguna joven. 2 Porque ¿cuál es la porción que Dios asigna desde lo alto y la herencia que el Todopoderoso distribuye desde el cielo? 3 ¿No es la ruina para el injusto y el desastre para los que hacen el mal? 4 ¿Acaso él no ve mis caminos y cuenta todos mis pasos?

5 Si caminé al lado de la mentira y mis pies corrieron hacia el engaño, 6 ¡que Dios me pese en una balanza justa y reconocerá mi integridad! 7 Si mi paso se desvió del camino y mi corazón fue detrás de lo que veían mis ojos; si alguna mancha se adhirió a mis manos, 8 ¡que otro coma lo que yo siembro y mis retoños sean arrancados de raíz! 9 Si me dejé seducir por alguna mujer o aceché a la puerta de mi vecino, 10 ¡que mi mujer muela el grano para otro y que otros abusen de ella!

11 Porque eso sí que es una infamia, un delito reprobado por los jueces; 12 es un fuego que devora hasta la Perdición y exterminará de raíz todas mis cosechas.

13 Si desestimé el derecho de mi esclavo o el de mi servidora, cuando litigaban conmigo, 14 ¿qué haré cuando Dios se levante, qué le replicaré cuando me pida cuenta?

15 El que me hizo a mí, ¿no lo hizo también a él? ¿No es uno mismo el que nos formó en el seno materno?

16 Si rehusé a los pobres lo que ellos deseaban y dejé desfallecer los ojos de la viuda; 17 si comí yo solo mi pedazo de pan, sin que el huérfano lo compartiera 18 – yo, que desde mi juventud lo crié como un padre y lo guié desde el vientre de mi madre – 19 si vi a un miserable sin ropa o a un indigente sin nada para cubrirse, 20 y no me bendijeron en lo íntimo de su ser por haberse calentado con el vellón de mis corderos; 21 si alcé mi mano contra un huérfano, porque yo contaba con una ayuda en la Puerta, 22 ¡que mi espalda se desprenda del cuello y mi brazo sea arrancado de su juntura!

23 Porque el terror de Dios me acarrearía la ruina y no podría resistir ante su majestad.

24 Si deposité mi confianza en el oro y dije al oro fino: “Tú eres mi seguridad”; 25 si me alegré de tener muchas riquezas y de haber adquirido una enorme fortuna; 26 si a la vista del sol resplandeciente y de la luna que pasaba radiante, 27 mi corazón se dejó seducir en secreto y les envié besos con la mano: 28 ¡también eso sería un delito reprobado por los jueces, porque yo habría renegado del Dios de lo alto!

29 ¿Acaso me alegré del infortunio de mi enemigo y me regocijé cuando le tocó una desgracia? 30 No, no dejé que mi boca pecara, pidiendo su muerte con una imprecación.

31 ¿No decían los hombres de mi carpa?: “¿Hay alguien que no se sació con su carne?” 32 Ningún extranjero pasaba la noche afuera, y yo abría mi puerta al caminante.

33 Si oculté mis transgresiones como un hombre cualquiera, escondiendo mi culpa en mi pecho, 34 porque temía el murmullo de la gente o me asustaba el desprecio de mis parientes, y me quedaba en silencio, sin salir a la puerta...

35 ¡Ah, si alguien quisiera escucharme! Aquí está mi firma: ¡que el Todopoderoso me responda! En cuanto al documento que escriba mi oponente, 36 yo lo llevaré sobre mis espaldas, y me lo ceñiré como una corona.

37 Sí, le manifestaré cada uno de mis pasos; como un príncipe, me acercaré hasta él.

38 Si mi tierra gritó venganza contra mí y también sus surcos derramaron lágrimas; 39 si comí sus frutos sin pagar y extorsioné a sus propietarios, 40 ¡que en lugar de trigo salgan espinas, y en vez de cebada, ortigas punzantes!

Aquí terminan las palabras de Job.

Capítulo 32

La reacción de Elihú

1 Estos tres hombres dejaron de responder a Job, porque él estaba convencido de su justicia. 2 Entonces se encendió la ira de Elihú, hijo de Baraq’el, el buzita de la familia de Ram. Su ira se encendió contra Job, porque él pretendía ser más justo que Dios. 3 Y su ira se encendió también contra sus tres amigos, porque no habían encontrado una respuesta, con lo cual condenaban a Dios.

4 Mientras ellos hablaban con Job, Elihú se había mantenido a la expectativa, porque ellos tenían más edad que él. 5 Pero al ver que estos tres hombres se habían quedado sin respuesta, se llenó de indignación.

Primer discurso de Elihú: la pedagogía de Dios a través del sufrimiento

6 Entonces Elihú, hijo de Baraquel, el buzita, tomó la palabra y dijo: Yo soy muy joven todavía y todos ustedes son ancianos; por eso me sentí intimidado, temeroso de exponerles mi saber. 7 Yo pensaba: “Que hable la edad, que los muchos años enseñen la sabiduría”.

8 Pero es el espíritu que hay en el hombre y el soplo del Todopoderoso, el que lo hace inteligente: 9 no son los viejos los más sabios, ni los ancianos comprenden lo que es recto.

10 Por eso les digo: “Escúchenme, también yo expondré mi saber”. 11 Yo esperaba que ustedes hablaran, prestaba oído a sus razonamientos; mientras trataban de expresarse, 12 fijaba mi atención en ustedes. Pero no hay nadie que haya refutado a Job, ninguno de ustedes respondió a sus palabras.

13 No digan, entonces: “Hemos hallado la sabiduría; es Dios el que nos instruye, no un hombre”.

14 No voy a dirigir palabras como esas, no voy a responder como lo hacen ustedes. 15 Han quedado consternados, no han vuelto a responder; se han quedado sin palabras.

16 ¡Ya esperé bastante! Si ellos no hablan, si se quedan allí y no responden más, 17 yo también recitaré mi parte, también yo expondré mi saber. 18 Porque las palabras bullen dentro de mí, el espíritu me impulsa en mi interior.

19 Mi pecho es como un vino que no tiene salida y hace estallar los odres nuevos.

20 Quiero hablar para desahogarme, abriré mis labios y responderé. 21 No tomaré partido por nadie, no adularé a ningún hombre. 22 Porque yo no sé lo que es adular: si lo hiciera, pronto me llevaría mi Creador.

Capítulo 33

1 ¡Vamos, Job, escucha mis palabras, oye atentamente lo que voy a decir! 2 Ya ves que he abierto mi boca, mi lengua ha comenzado a hablar. 3 Mi corazón desborda de palabras sabias, mis labios dirán la pura verdad. 4 A mí me hizo el soplo de Dios, el aliento del Todopoderoso me dio la vida.

5 Respóndeme, si eres capaz; prepárate, y toma posición ante mí.

6 Para Dios, yo soy igual que tú, yo también fui modelado de la arcilla. 7 Por eso, no te espantará el temor a mí ni el peso de mi mano te abrumará.

8 Sí, tú has dicho a mis oídos – yo escuché el sonido de tus palabras –: 9 “Soy puro, no cometí ninguna falta; estoy limpio y libre de culpa; 10 sin embargo él encuentra pretextos contra mí y me considera su enemigo. 11 Pone mis pies en el cepo y vigila todos mis pasos”.

12 Pero yo te respondo: En esto no tienes razón, porque Dios es más grande que el hombre. 13 ¿Por qué pretendes litigar con él como si no respondiera a ninguna de tus palabras?

14 En realidad, Dios habla una vez, y luego otra, sin que se preste atención.15 En un sueño, en una visión nocturna, cuando un profundo sopor invade a los hombres y ellos están dormidos en su lecho, 16 entonces, él se revela a los mortales y los atemoriza con apariciones, 17 para apartar al hombre de sus malas obras y extirpar el orgullo del mortal; 18 para preservar su alma de la Fosa y su vida, del Canal subterráneo.

19 También lo corrige en su lecho por el sufrimiento, cuando sus huesos tiemblan sin cesar: 20 el hombre siente náusea de la comida y pierde el gusto por los manjares apetecibles; 21 su carne desaparece de las miradas y se trasparentan sus huesos, que antes no se veían; 22 su alma se acerca al She’ol y su vida, a las aguas de la Muerte.

23 Si hay un ángel junto a él, un intérprete, uno entre mil, para indicarle al hombre su deber; 24 si él tiene compasión y dice: “Líbralo de bajar a la Fosa, yo he encontrado un rescate”, 25 entonces su carne recupera la frescura juvenil y él vuelve a los días de su adolescencia; 26 invoca a Dios, que se le muestra propicio, contempla su rostro con gritos de alegría, anuncia a los demás su salvación, 27 y entona, entre los hombres, este canto: “Yo había pecado y tergiversado el derecho, pero él no me trató como correspondía; 28 ¡libró mi alma de pasar por la Fosa y mi vida contempla la luz!”

29 Todo esto es lo que hace Dios, dos y tres veces, en favor del hombre. 30 Para apartar su alma del sepulcro, y para iluminarlo con la luz de los vivientes.

31 Atiende, Job, escúchame; cállate, y yo hablaré.


32 Si tienes algo que decir, replícame, habla, porque yo quisiera darte la razón. 33 De lo contrario, escúchame; cállate, y te enseñaré la sabiduría.

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