Paulo
y Claudio Lisias
1 Cuando Paulo entró en la fortaleza
Antonia escoltado por los soldados romanos, le dijo Claudio Lisias, el tribuno:
“¿Me permites decirte algo?” Y le preguntó: “¿Sabes griego? 2 ¿Acaso no eres tú ese visionario egipcio
que hace pocos días provocó un motín y se fue al desierto con cuatro mil
sicarios?”
3 Paulo le dijo entonces: “Yo soy judío,
originario de Tarso, ciudadano de una importante ciudad de Cilicia. No soy lo
que pretenden de mí esos que afuera
vociferan, agitan sus mantos y arrojan polvo al aire. 4 Ellos me golpean y quieren mi muerte por
el amor que tengo por la verdad que proclamó la Voz de mi Dios. No soy forajido
ni sicario, sino hombre que busca la paz”.
5 Entonces Claudio Lisias para calmar la
agitación de los fariseos y sadoqueos ordenó que lo azotaran.
Paulo
se presenta como ciudadano romano
6 Cuando lo sujetaron con las correas, Paulo
dijo al centurión de turno: “¿Les está permitido azotar a un ciudadano romano
sin haberlo juzgado? Esa es la ley romana que ningún ciudadano romano sea
sometido a flagelación”.
7 Al escuchar lo que Paulo le dijera, el
centurión fue a informar al tribuno y le dijo: “¿Qué vas a hacer? Este hombre
es ciudadano romano”. 8
Claudio Lisias fue de
inmediato ante Paulo y le preguntó: “¿Realmente eres tú ciudadano romano?” Al
contestarle Paulo afirmativamente, 9 respondió
el tribuno: “Yo tuve que pagar mucho para adquirir esta ciudadanía”. Paulo le
contestó: “Nada tuve que pagar para mi ciudadanía romana porque soy ciudadano
de nacimiento”.
10 Al día siguiente, ya sin ataduras Paulo,
fue ante él el tribuno diciéndole: “Quiero conocer exactamente de qué te acusan
los sacerdotes por eso les he hecho venir para que depongan ante mi todo lo que
tengan contra ti”.
Paulo
ante el Sanedrín
11 Cuando los miembros del Sanedrín llegaron
a la fortaleza, Paulo se enfrentó a ellos mirándoles directamente a las caras y
les dijo: “Varones hermanos, yo con toda buena conciencia he vivido delante de
Dios hasta el día de hoy y cumplo con las enseñanzas de su hijo, Yehshua, que
fuera crucificado por ustedes en tiempos de Poncio Pilato”.
12 Al escuchar lo que Paulo acababa de decir
el sumo sacerdote Hananyah ordenó entonces a los que estaban junto a él, que le
golpeasen en la boca.
13 Entonces Paulo que le había escuchado dar
la orden, le dijo: “¡Dios te golpeará a ti, pared blanqueada! ¿Estás tú sentado
para juzgarme conforme a la ley, y quebrantando la ley me mandas golpear?
14 Los que estaban presentes dijeron: “¿Al
sumo sacerdote de Dios injurias?”
Paulo
provoca disensión entre los miembros del Sanedrín
15 Paulo les dijo entonces: “No conocía quien
ahora está encargado de la cátedra de Moshé. No he querido ofender la dignidad
del Sumo Sacerdote al que no conocía, hermanos, sino que no es justo que se me
abofetee cuando no he dicho nada inapropiado”. 16
Entonces percatándose que entre los miembros presentes del Sanedrín unos eran
de los fariseos y otros de los sadoqueos, levantó su voz por encima de los
gritos que proferían sus acusadores y dijo: “Varones hermanos, yo soy fariseo,
hijo de fariseo; sostengo la esperanza de la resurrección de los muertos y esto
es lo que he predicado, ¿acaso por predicar esta esperanza se me juzga?”
17 Cuando dijo esto, se produjo disensión
entre los fariseos y los sadoqueos, y la asamblea se dividió. 18 Porque los sadoqueos dicen que no hay
resurrección, ni ángel, ni espíritu; pero los fariseos afirman estas cosas. 19 Y hubo un gran vocerío; y levantándose los
escribas de la parte de los fariseos, contendían, diciendo: “Ningún mal
hallamos en este hombre; que si un espíritu le ha hablado, o un ángel, no
resistamos a Dios”.
20 Como se produjo un gran altercado y unos a
otros se gritaban y todos pronunciaban gritos que no podía entender el tribuno
pues lo hacían en su idioma, Claudio Lisias ordenó que bajasen los soldados
para que protegieran a Paulo y le llevaran al interior.
Sicarios
celotes preparan asesinato de Paulo
21 Algunos sicarios de la secta de los
kananay-yah o conocidos también por el nombre de celotes, se presentaron ante
Hananyah y le dijeron: “Pídele al tribuno que lleve a ese hombre de los
nazarenos ante el Sanedrín para considerar con más detenimiento su causa;
nosotros estaremos preparados para matarle en el camino”.
22 Pero aquella conversación fue escuchada
accidentalmente por un guardia del Templo, que en secreto seguía las enseñanzas
de los apóstoles, y de inmediato se presentó ante la fortaleza Antonia para
advertir al tribuno de la conspiración que había en contra de la vida de Paulo.
Lisias
transfiere a Paulo ante Félix
23 Al conocer lo que se preparaba por los
kananay-yah, Lisias decidió enviar cuanto antes a Paulo ante Félix el
gobernador que residía en Cesárea, enviándole una carta escrita en estos
términos; 24 “Claudio Lisias al excelentísimo
gobernador Félix: Salud. Aquí te envío a este hombre llamado Paulo de Tarso que
fue detenido por los judíos. 25 Al conocer que querían matarle de acuerdo
con sus leyes y enterado que era ciudadano romano, intervine con mis soldados y
pude rescatarlo.
26 Queriendo conocer de qué le acusaban lo
presenté frente al Senado de ellos 27 y
pude conocer entonces que le acusaban por cuestiones religiosas de la ley de
ellos, comprendí que por la ley de Roma no ha cometido delito por lo que
merezca la muerte o la prisión. 28 Al ser avisado de que los judíos tramaban
su asesinato en una emboscada, al punto le he enviado a ti, intimando también a
los acusadores que traten delante de ti lo que tengan contra él. Pásalo bien”.
29 Entonces el tribuno llamando a dos
centuriones, mandó que preparasen para la hora tercera de la noche doscientos
soldados, setenta jinetes y doscientos lanceros, para que fuesen hasta Cesárea
escoltando a Paulo. 30 Y los soldados, tomando a Paulo como se
les ordenó, le llevaron de noche a la ciudad de Antípatris, camino de Cesárea. 31 Y al día siguiente, dejando a los jinetes
que fuesen con él, volvieron a la fortaleza.
32 Cuando finalmente llegaron a Cesárea, el
centurión que comandaba a los jinetes le entregó al gobernador y presentó a
Paulo ante él.
33 Félix, luego de haber leído la carta de
Lisias, le preguntó a Paulo de qué provincia era y cuando este le aseguró que
era de Cilicia, 34
le dijo: “Te oiré cuando
vengan tus acusadores”. Y mandó que le custodiasen en el pretorio de Herodes.

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