1 Padre Eterno, escucha mis
palabras, atiende a mis gemidos; 2 oye mi clamor, mi Luz y mi Dios, porque te estoy
suplicando.
3 Padre, de madrugada ya
escuchas mi voz: por la mañana te expongo mi causa y espero tu respuesta.
4 Tú no eres Dios que ame la
maldad; ningún impío será tu huésped, 5 ni los orgullosos podrán resistir delante de tu mirada. Tú
detestas a los que hacen el mal 6 y confundes a los mentirosos.
¡Al hombre sanguinario y traicionero lo abomina el Dios de la Vida! 7 Al justo que encamina su vida
según tus enseñanzas Tú eres su protector.
8 Pero yo, por tu inmensa
bondad, llego hasta lo agreste del campo donde hay paz bajo el manto de las estrellas,
bajo la iluminación del sol, allí, donde se levanta tu Casa, y me postro ante
tu santa presencia con profunda veneración.
9 Guíame, Oh Suprema
Inteligencia, por tu justicia, porque tengo muchos enemigos: ábreme un camino
llano para librarme de los que desean mi mal, de los que desafían a tu santo nombre.
10 En la boca de mis enemigos no
hay sinceridad, su corazón es perverso; su garganta es un sepulcro abierto,
aunque adulan con la lengua. 11 Todo en ellos es mentira y engaño;
aborrecen al humilde y persiguen a los que aman tu justicia.
12 Castígalos, Padre mío, como
culpables, que fracasen sus intrigas; expúlsalos por sus muchos crímenes,
porque se han rebelado contra ti; que tus santos ángeles los acosen sin descanso.
13 Así se alegrarán los que en
ti se refugian y siempre cantarán jubilosos; tú proteges a los que aman tu
Nombre, y ellos se llenarán de gozo.
14 Porque tú, Padre, bendices al
justo, como un escudo lo cubre tu favor.

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