Continúa
el poema sobre Job. Su angustia es patética como patéticos son los argumentos
que ha tenido que escuchar de sus amigos. Bildad insiste en su doctrina cargando
sobre las culpas de Job todos sus sufrimientos; en su opinión solo los
pecadores reciben a cambio castigo y desgracias, mientras que los justos gozan
de una vida plena y satisfactoria.
Y
le asegura a Job, diciendo: “Sí, la luz
del malvado se extingue y la llama de su fuego no brilla más”. Todos los
males “son las moradas del injusto, este
es el lugar del que no conoce a Dios”.
La
respuesta de Job refleja el desengaño que tiene por sus amigos quienes, en
lugar de consolarle, le reprochan con amargas palabras. Está desesperado y
reclama que si él fuera en verdad culpable, su error solo le concernía a él; ¿qué
necesidad hay de que aumenten su dolor? Se lamenta diciendo que todos le
desprecian y no recibe ayuda de nadie y se lamenta exclamando: “Mis hermanos se alejaron de mí y soy un
extraño para mis amigos”.
Es
mucho lo que tiene que soportar Job y le ruega a sus amigos: “¡Apiádense, apiádense de mí, amigos míos,
porque me ha herido la mano de Dios!”, al mismo tiempo que se queja que
ellos por asumir el lugar de Dios para juzgarle. No obstante no pierde la
confianza en Dios con la esperanza de su reivindicación.
Sofar
vuelve a alegar contra la defensa que de
sí mismo hace Job y le dice: “¿No sabes
acaso que desde siempre, desde que el hombre fue puesto sobre la tierra, el
júbilo de los malvados acaba pronto y la alegría del impío dura sólo un
instante?”
Job
le replica con un fuerte argumento: Si es como afirman sus críticos amigos que
los impíos cargarán sus culpas con penalidades y desgracias, entonces,
pregunta: “¿Cómo es posible que vivan los malvados,
y que aun siendo viejos, se acreciente su fuerza?
Y recalca: (El injusto, el malvado) “Es
llevado al cementerio, y una lápida monta guardia sobre él. Son dulces para él
los terrones del valle; todo el mundo desfila detrás de él, y ante él, una
multitud innumerable”.
Frustrado
por los juicios de sus amigos les reclama: “¡Que
inútil es el consuelo que me ofrecen! Sus respuestas son puras falacias”.
Capítulo 18
Segundo
discurso de Bildad: el castigo inexorable de los malvados
1 Bildad de Súaj respondió, diciendo: 2 “¿Hasta cuándo nos impedirás hablar? Reflexiona,
y luego hablaremos. 3 ¿Por qué seremos tenidos por animales y
pasaremos por torpes ante tus ojos?
4 Tú, que te desgarras en tu enojo: ¿acaso
la tierra quedará desierta por tu causa o la roca será removida de su sitio?
5 Sí, la luz del malvado se extingue y la
llama de su fuego no brilla más. 6 La
luz se oscurece en su carpa y su lámpara se apaga sobre él. 7 Se acortan sus pasos vigorosos, su propio
designio lo hace tropezar. 8 Porque sus pies lo meten en una trampa y va
caminando entre redes: 9 un lazo le aprisiona el talón y un cepo se cierra
sobre él. 10 Lo espera una cuerda oculta en el suelo y
una trampa tendida sobre el camino. 11 Lo
asaltan terrores por todas partes y lo amenazan a cada paso.
12 Su vigor se convierte en hambre y la
ruina permanece a su lado; 13 la enfermedad corroe su piel, el
Primogénito de la Muerte devora sus miembros. 14 Lo
arrancan de la seguridad de su carpa y lo llevan ante el Rey de los terrores.
15 El fuego se instala en su carpa y se esparce
azufre sobre su morada. 16 Por debajo se secan sus raíces y por
arriba se marchita su ramaje. 17 Su recuerdo desaparece de la tierra y se
borra su nombre en la región.
18 Lo arrojan de la luz a las tinieblas y lo
arrastran fuera del mundo. 19 No tiene estirpe ni posteridad en su
pueblo, no quedan sobrevivientes donde él habitaba.
20 El Occidente se estremece por su destino
y el Oriente es presa del horror. 21 Sí,
tales son las moradas del injusto, este es el lugar del que no conoce a Dios.
Capítulo 19
Respuesta
de Job: la íntima esperanza en la reivindicación
1 Job respondió, diciendo: 2 “¿Hasta cuándo me van a afligir y me van
a torturar con sus palabras? 3 Ya es la décima vez que me ultrajan, que me
maltratan desvergonzadamente. 4 Aunque fuera verdad que cometí un error,
mi error me concierne sólo a mí.
5 Ustedes se envalentonan contra mí y me
imputan mi ignominia: 6 pero sepan que es Dios el que me agravia
y que él me ha envuelto en su red. 7 Si
grito: “¡Violencia!”, no tengo respuesta; si pido auxilio, no se hace justicia.
8 Él cercó mi camino y no puedo pasar; cubrió
de tinieblas mi sendero. 9 Me ha despojado de mi honor y quitó la
corona de mi cabeza. 10 Me demolió por completo, y ya me voy;
arrancó, como un árbol, mi esperanza. 11
Encendió su indignación contra mí y me trató como a su enemigo. 12 Sus escuadrones llegaron en tropel, se
abrieron camino hasta mí y acamparon alrededor de mi carpa.
13 Mis hermanos se alejaron de mí y soy un
extraño para mis amigos. 14 Desaparecieron mis allegados y
familiares, me olvidaron 15 los huéspedes de mi casa. Mis servidoras
me consideran un extraño, me he convertido en un intruso para ellas.
16 Llamo a mi servidor, y no responde,
aunque se lo pida por favor. 17 Mi mujer siente asco de mi aliento, soy
repugnante para los hijos de mis entrañas. 18 Hasta
los niños pequeños me desprecian: cuando me levanto, se burlan de mí. 19 Mis amigos íntimos me abominan, los que
yo amaba se vuelven contra mí.
20 Los huesos se me pegan a la piel y se me
desprenden los dientes de las encías.
21 ¡Apiádense, apiádense de mí, amigos míos,
porque me ha herido la mano de Dios! 22 ¿Por
qué ustedes me persiguen como Dios y no terminan de saciarse con mi carne?
23 ¡Ah, si se escribieran mis palabras y se
las grabara en el bronce; 24 si con un punzón de hierro y plomo fueran
esculpidas en la roca para siempre!
25 Porque yo sé que mi Redentor vive y que
él, el último, se alzará sobre el polvo.
26 Y después que me arranquen esta piel, yo,
con mi propia carne, veré a Dios. 27 Sí,
yo mismo lo veré, lo contemplarán mis ojos, no los de un extraño. ¡Mi corazón
se deshace en mi pecho!
28 Si ustedes dicen: ‘¿Cómo lo perseguiremos
y qué pretexto encontraremos para procesarlo?’, 29 teman
que la espada los hiera a ustedes mismos, porque esas son culpas dignas de la
espada: y entonces sabrán que hay un juez”.
Capítulo 20
Segundo
discurso de Sofar: la justa retribución de la maldad
1 Sofar de Naamán respondió, diciendo: 2 “Mis pensamientos me obligan a replicar,
porque no puedo dominar mi excitación. 3 Tengo
que oír reproches injuriosos, pero mi inteligencia me inspira una respuesta.
4 ¿No sabes acaso que desde siempre, desde
que el hombre fue puesto sobre la tierra, 5 el
júbilo de los malvados acaba pronto y la alegría del impío dura sólo un instante?
6 Aunque su altura se eleve hasta el cielo
y llegue a tocar las nubes con la cabeza, 7 él
perece para siempre, como sus excrementos, y sus conocidos preguntan: ‘¿Dónde
está?’ 8 Huye como un sueño, y nadie lo encuentra,
desechado como una visión nocturna. 9 El
ojo que lo miraba no lo ve más, el lugar que ocupaba lo pierde de vista.
10 Sus hijos indemnizan a los que él
empobreció y sus propias manos restituyen las riquezas. 11 El vigor juvenil que llenaba sus huesos
yace con él en el polvo.
12 El mal era dulce a su boca y él lo
disimulaba bajo su lengua; 13 lo saboreaba y no lo soltaba, lo retenía
en medio de su paladar; 14 pero su comida se corrompe en las
entrañas, es un veneno de víboras dentro de él. 15 Tiene
que vomitar las riquezas que tragó, Dios se las arranca de su vientre.
16 ¡Él mamaba veneno de serpientes y lo mata
la lengua de la víbora!
17 Ya no ve más los arroyos de aceite ni los
torrentes de miel y leche cuajada.
18 Devuelve las ganancias sin tragarlas, y
no disfruta de lo que lucró con sus negocios, 19
porque oprimió y dejó sin amparo a los pobres, y usurpó casas que no había
edificado.
20 Su voracidad no conocía descanso y nada
escapaba a sus deseos; 21 nadie se libraba de su avidez, por eso no
dura su prosperidad.
22 En el colmo de la abundancia, lo asalta
la angustia, le sobrevienen toda clase de desgracias. 23 Mientras él llena su vientre, Dios
descarga el ardor de su ira y hace llover el fuego de su enojo sobre él.
24 Si escapa del arma de hierro, lo traspasa
el arco de bronce: 25 la flecha le sale por la espalda, y la
punta fulgurante por el hígado. Lo invaden los terrores, 26 todas las tinieblas están reservadas para
él, lo consume un fuego que nadie atiza y que devora lo que aún queda de su
carpa.
27 Los cielos revelan su iniquidad y la
tierra se levanta contra él. 28 Un diluvio se lleva su casa, una
correntada, en el día de la ira.
29 Esta es la porción que Dios asigna al
malvado, la herencia que le tiene destinada”.
Capítulo 21
Respuesta
de Job: ¿dónde está la justicia de Dios?
1 Job respondió, diciendo: 2 “¡Oigan, oigan bien mis palabras, concédanme
al menos este consuelo! 3 Tengan paciencia mientras hablo yo, y una
vez que haya hablado, se podrán burlar.
4 ¿Acaso yo me quejo de un hombre o no
tengo motivo para estar indignado? 5
Vuélvanse a mí, y quedarán consternados, se pondrán la mano sobre la boca. 6 Cuando me acuerdo, yo mismo me horrorizo
y todo mi cuerpo se estremece.
7 ¿Cómo es posible que vivan los malvados,
y que aun siendo viejos, se acreciente su fuerza? 8 Su descendencia se afianza ante ellos,
sus vástagos crecen delante de sus ojos. 9 Sus
casas están en paz, libres de temor, y no los alcanza la vara de Dios.
10 Su toro fecunda sin fallar nunca, su vaca
tiene cría sin abortar jamás. 11 Hacen correr a sus niños como ovejas, sus
hijos pequeños saltan de alegría.
12 Entonan canciones con el tambor y la
cítara y se divierten al son de la flauta. 13
Acaban felizmente sus días y descienden en paz al Abismo.
14 Y ellos decían a Dios: ‘¡Apártate de
nosotros, no nos importa conocer tus caminos! 15 ¿Qué
es el Todopoderoso para que lo sirvamos y qué ganamos con suplicarle?’ 16 ¿No tienen la felicidad en sus manos? ¿No
está lejos de Dios el designio de los malvados?
17 ¿Cuántas veces se extingue su lámpara y
la ruina se abate sobre ellos? ¿Cuántas veces en su ira él les da su merecido, 18 y ellos son como paja delante del viento,
como rastrojo que se lleva el huracán? 19
¿Reservará Dios el castigo para sus hijos? ¡Que lo castigue a él, y que él lo
sienta!
20 ¡Que sus propios ojos vean su fracaso,
que beba el furor del Todopoderoso! 21 ¿Qué
le importará de su casa después de él, cuando se haya cortado el número de sus
meses?
22 Pero ¿puede enseñarse la sabiduría a
Dios, a él, que juzga a los seres más elevados?
23 Uno muere en la plenitud de su vigor, enteramente
feliz y tranquilo, 24 con sus caderas repletas de grasa y la
médula de sus huesos bien jugosa. 25 Otro
muere con el alma amargada, sin haber gustado la felicidad.
26 Después, uno y otro yacen juntos en el
polvo y los recubren los gusanos.
27 ¡Sí, yo sé lo que ustedes piensan, los
razonamientos que alegan contra mí!
28 ‘¿Dónde está, dicen ustedes, la casa del
potentado y la carpa en que habitaban los malvados?’ 29 Pero ¿no han preguntado a los que pasan por
el camino? ¿No han advertido, por las señales que dan, 30 que el impío es preservado en el día de
la ruina y es puesto a salvo en el día del furor? 31 ¿Quién le echa en cara su conducta?
¿Quién le devuelve el mal que hizo?
32 Es llevado al cementerio, y una lápida
monta guardia sobre él. 33 Son dulces para él los terrones del
valle; todo el mundo desfila detrás de él, y ante él, una multitud innumerable.
34 ¡Que inútil es el consuelo que me
ofrecen! Sus respuestas son puras falacias”.

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