1 Padre eterno, Dios mío, en ti me
refugio: sálvame de todos los que me persiguen; 2 líbrame,
para que nadie pueda atraparme como un
león, que destroza sin remedio.
3 Padre, Dios mío, si cometí alguna bajeza, o hay crímenes en mis manos; 4 si he pagado con traición a mi amigo o he despojado sin razón a mi adversario: 5 que el enemigo me persiga y me alcance, que aplaste mi vida contra el suelo y mis
entrañas queden tendidas sobre el polvo.
6 Levántate, Dios del Universo, lleno de
indignación; álzate contra el furor de
mis adversarios. Despierta para el
juicio que has convocado: 7
que una asamblea de pueblos
te rodee, y presídelos tú, desde lo
alto.
8 La Suprema Inteligencia es el Juez de
las naciones: júzgame, Dios Bendito, de acuerdo a mi justicia y de acuerdo con
mi integridad.
9 ¡Que se acabe la maldad de los impíos! Tú que sondeas las mentes y los
corazones, tú que eres un Dios justo,
apoya al inocente.
10 Mi escudo es el Dios Altísimo, que salva
a los rectos de corazón.
11 Dios es un Juez justo y puede irritarse
en cualquier momento.
12 Si no se convierten, su respuesta será
como la espada que hiere, como bala en
el viento; como fuego abrasador.
13 El malvado concibe la maldad, está grávido de malicia y da a luz la mentira.
14 Cavó una fosa y la ahondó, pero él mismo cayó en la fosa que hizo: 15 su maldad se vuelve sobre su cabeza, su
violencia recae sobre su cráneo.
16 Daré gracias al Padre de la Vida por su
justicia y cantaré al nombre del Señor
Altísimo, porque Él es nuestro refugio.

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