1 Volvieron
los israelitas a sus costumbres, cada cual según los hábitos de su tribu porque
no se sentían como un solo pueblo. 2 Ya
no les unía el temor por un solo Dios, pues se inclinaban ante los dioses de
los pueblos vecinos, con los que comerciaban, 3 y
como vivían dispersos unos de otros, eran débiles y propensos al pillaje de
edomitas, amorreos, heteos, hurritas, madianitas y filisteos.
Jabín invade a Yisraeil
4 La
paz que gozaban las doce tribus quedó interrumpida por Jabín, el rey de Hazor
que ambicionó las tierras de Neftalí, de Zabulón, de Isacar, de Manasheh y de
Efrayim. 5 Y jabín colocó estos
territorios bajo el dominio de Siserá, jefe de su ejército, que vivía en
Jaróset Ha Goyim. 5 Y
ya habían transcurrido veinte años bajo su dominio, cuando los israelitas
decidieron librarse de su yugo.
La vidente Deborah
6 En
aquel tiempo, en la montaña de Efrayim había una mujer a la que todos tenían
por vidente de Dios y muchos acudían a ella para que mediara en sus litigios.
El nombre de aquella mujer era Deborah, y era mujer de fuego y de luz. En ella
ardía el amor por el Dios verdadero, la Suprema Inteligencia. 7 Ella
se sentaba debajo de la palmera de Deborah, entre Ramá y Betel y desde allí
arengaba a los hombres para volverse a la adoración de Yahvahé.
8 Y
les decía: “¿Dónde quedó el amor para Yahvahé dentro de ustedes? ¿Acaso solo
con ritos y sacrificios se puede bendecir al Dios de la Vida? 9
Ustedes han mezclado el temor a Dios con la veneración a otros dioses y ya no
se puede saber si cuando mencionan a Yah, están mencionando a Moloc”.
Deborah y Baruc
10
Mija’el, ángel de la Luz se presentó ante Deborah y le dijo: “Escucha Deborah,
el mensaje de la Suprema Inteligencia: Muchas mujeres hicieron el bien; pero tú
sobrepasas a todas. 11 Engañosa
es la gracia, y vana la hermosura; pero la confianza en el Dios del Universo es
tu grandeza. 12 Manda a llamar a Barac,
hijo de Abi-nóam que está en Quedesh de Neftalí, porque es hombre de fuerza y
poderoso en el combate. A él guiarás según te aconseje tu espíritu”.
13 Y
Deborah hizo como le indicara Mija’el y mandó a buscar a Barac y le dijo cuando
le tuvo delante: “¿Qué te detiene para lanzarte contra Siserá, oficial de
Jabín? Ya es hora de hacer lo debido. Ve a reunir en el monte Tabor a diez mil
hombres de la tribu de Neftalí y de la tribu de Zabulón. 14 No
temas, Yah atraerá hacia ti, al torrente Quisón, a Siserá, jefe del ejército de
Jabín, con sus carros y sus tropas, y los pondrá en tus manos”.
15
Barac le respondió: “Si vienes conmigo, iré a enfrentar a Siserá; pero si no
vienes, no iré”.
16
Deborah le dijo entonces: “Yo iré contigo; pero entonces la gloria de la
campaña que vas a emprender no será para ti, porque el Señor pondrá a Siserá en
manos de una mujer”. Débora fue a Quedesh junto con Barac, 17 y
él convocó en Quédesh a Zabulón y a Neftalí. Lo siguieron diez mil hombres,
hombres de Efrayim, de Zabulón, de Benjamín y de Manasheh, y también Débora
subió con él.
18 Cuando
informaron a Siserá que Barac, hijo de Abi-nóam, había subido al monte Tabor,
reunió todos sus carros de guerra –novecientos carros de hierro – y a toda la
gente de que disponía, y los condujo desde Jaróset Ha Goyim hasta el torrente
de Quisón.
Deborah alienta al combate
19 Deborah
llamó a Barac: “Levántate, Barac, jefe de tu pueblo, porque ha llegado el día
en que Adonai pondrá en tus manos a Siserá. No desfallezca porque los ángeles
de Yahvahé van delante de ti”. 20 Volviéndose
hacia los hombres que se preparaban para el combate, les alentó Deborah: “Hijos
de Yisra’el, que no se aflojen sus piernas ante Siserá. ¡Adelante, con el
triunfo que Yahvahé y el coraje de ustedes les concederá!” 21
Entonces Barac bajó del monte Tabor, al frente de los diez mil hombres, y
entablaron un poderoso encuentro; los cascos de los caballos martillaron el
suelo, al galope de sus corceles.
22
Siserá, todos sus carros y todo su ejército huyeran despavoridos delante de
Barac, dejando los cadáveres de sus hombres arrastrados por el torrente. Siserá
se bajó de su carro de guerra y huyó a pie. 23 Barac
persiguió a los carros y al ejército hasta Jaróset Ha Goyim, y todo el ejército
de Siserá cayó al filo de la espada. No quedó ni un solo sobreviviente.
Siserá
y Yael
24
Mientras tanto Siserá trataba de salvar su vida. Buscó la carpa de un queinita
llamado Jéber, cuyo clan era aliado de Jabín. Al llegar a la carpa encontró que
Jéber había salido y solo se encontraba su mujer, Yael. 25
Ella le salió al encuentro y le dijo: “Ven, señor mío, pasa por aquí. No temas”.
Él entró en su carpa, y ella lo tapó con una manta.
26 Le
rogó Siserá: “Por favor, dame un poco de agua, porque tengo sed”. Ella abrió un
recipiente donde había leche y le dio de beber. Luego lo volvió a cubrir. 27 Él
le siguió diciendo: “Quédate a la entrada de la carpa, y si viene alguien y te
pregunta si hay alguno aquí contigo, respóndele que no”.
28
Desde la entrada de su carpa Yael vio el ir y venir de hombres armados y
comprendió que ellos buscaban a Siserá para matarle. Sintió temor por su propia
vida. 29 Sacó entonces una estaca de
la carpa, tomó en su mano un martillo y se acercó sigilosamente a donde estaba
Siserá acostado; estaba profundamente dormido, agotado por el cansancio. No lo
pensó dos veces Yael y le clavó la estaca en la sien, hasta hundirla en la
tierra. Cuando ya estaba muerto, 30
llegó Barac, que venía persiguiendo a Siserá. Yael le salió al encuentro y le
dijo: “Ven y te mostraré al hombre que buscas”. Él entró junto con ella, y vio
a Siserá que yacía muerto, con la estaca clavada en la sien.
31 A
partir de entonces, el dominio de los israelitas sobre Jabín, rey de Canaán, se
fue haciendo cada vez más fuerte, hasta que lo exterminaron por completo.



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