El cristianismo tuvo su origen a partir
de las tradiciones judías y de la predicación de Yehshua, recogida, en parte,
dentro de los escritos evangélicos. Muchos de los hechos y de las enseñanzas de
Yehshua no quedaron registradas por sus seguidores. Yojanán en su libro de la
Buena Noticia lo dejó dicho: “Y hay
también otras muchas cosas que hizo Jesús, las cuales si se escribieran una por
una, pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de
escribir”. (Yoj. 21: 25)
Muchos
de estos hechos y prédica se encuentran dispersos y entremezclados con las
fantasías literarias de los autores de muchos documentos que, posteriormente,
fueron declarados por la iglesia paulina como libros apócrifos.
Las primeras comunidades cristianas se
organizaban dentro de las estructuras de las sinagogas judías como si fueran una
secta más del judaísmo, como los saduceos (sadoqueos), los esenios y los
fariseos.
Sin embargo la esencia del cristianismo
difería en mucho del judaísmo, como el nuevo vino que surgido de la misma vid, sin
embargo, posee color, aroma y sabor diferentes del vino viejo.
Las leyes de la Torá, el libro sagrado
de los judíos, no tienen vigencia dentro del canon de enseñanzas de Yehshua,
donde por encima de la exigencia estricta de cumplir los 613 mandamientos (mitzvot)
positivos ─ acciones a realizar ─ y negativos ─acciones prohibidas ─, de la
Torá o Ley de Moshé (Moisés) se coloca el mandamiento del amor.
Yehshua vino a establecer una nueva Ley
sin ritos, sin sacrificios (él sería el sacrificio), sin templos, sin
sacerdotes. Con su muerte gloriosa, Yehshua abolía la vieja ley; su
resurrección representaba el surgimiento de la nueva ley tras la muerte de la
ley vieja.
El vino nuevo en odres nuevos. No puede
echarse vino nuevo en odres viejos (Yojanán Marcos. 2: 22). Es decir, la nueva
doctrina, la nueva ley, no puede enmarcarse dentro de los marcos de la doctrina
vieja y de la antigua ley. El cristianismo es el odre nuevo para el vino nuevo
que son sus enseñanzas. Los judíos no aceptaron las enseñanzas de Yehshua,
consideradas como blasfemas y se aferraron a vivir dentro de las antiguas
tradiciones; para ellos, el vino añejo siempre es mejor. Así mismo lo dice
Yehshua en el Evangelio de Tau’ma (Tomás), considerado apócrifo por la iglesia
paulista: “Nadie bebe vino añejo e
inmediatamente quiere beber vino fresco”.
Mattai (Mateo), el evangelista, predicó
entre los judíos y su libro se dirigía a esos mismos judíos y, con el propósito
de no escandalizarlos, atribuyó a Yehshua un supuesto acatamiento suyo a la
vieja ley:
“No
penséis que he venido para abolir la ley o los profetas; no he venido para
abolir, sino para cumplir. Porque en verdad os digo que hasta que pasen el
cielo y la tierra, no se perderá ni la letra más pequeña ni una tilde de la ley
hasta que toda se cumpla. Cualquiera, pues, que anule uno solo de estos
mandamientos, aun de los más pequeños, y así lo enseñe a otros, será llamado
muy pequeño en el reino de los cielos; pero cualquiera que los guarde y los
enseñe, éste será llamado grande en el reino de los cielos.…” (Mat. 5:
17-19)
Mattai es el único de los evangelistas
que presentan a Yehshua como supuesto adherente de la Ley de Moshé. Sin
embargo, ese mismo Mattai pone en boca de Yehshua unas palabras que contradicen
el rigor de la ley de Moshé: “Venid a mí
todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi
yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y
hallaréis descanso para vuestras almas, porque mi yugo es fácil, y ligera mi
carga”. (Mat. 11: 28-30)
Yehshua es la negación personal de la vieja
ley. Se presenta ante las multitudes como un hombre común, semejante a aquellos
que escuchaban su prédica, como un sencillo provinciano, sin rangos, sin
estudios. No provenía del sacerdocio. Él era como Yojanán el bautista, tal vez
algunos le vieran como un hasidei, un esenio. Y, aunque sus seguidores le
llamaban Rabbi, Maestro, no era propiamente un rabbi, es decir, no era un
escribano maestro de la Ley.
¿Acaso Yehshua no escandalizaba a los
fariseos porque hacía obras en Shabbat, el día de descanso santificado en la
Ley de Moshé? Yojanán Marcos recoge la enseñanza de Yehshua con respecto al
Shabbat (Marcos. 2: 23-28)
“Caminando
Él a través de las mieses en día de sábado, sus discípulos, mientras iban,
comenzaron a arrancar espigas. Los fariseos le dijeron: Mira, ¿cómo hacen en sábado
lo que no está permitido? Y les dijo: ¿Nunca habéis leído lo que hizo David
cuando tuvo necesidad y sintió hambre él y los suyos? ¿Cómo entró en la casa de
Dios, bajo el pontificado de Abiatar, y comió de los panes de la proposición,
que no es lícito comer sino a los sacerdotes, y los dio asimismo y a los suyos?
Y añadió: El sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el
sábado. Y dueño del sábado es el Hijo del hombre”.
Yehshua no consideró como necesaria la
circuncisión, ni invitó a sus discípulos que impusieran a los nuevos conversos
esta práctica, sino que se bautizaran en agua y en espíritu.
En el Evangelio de Tau’ma (párrafo 53)
sus discípulos le preguntan a Yehshua si es de utilidad la circuncisión y él
les dice: “Si para algo valiera, ya les
engendraría su padre circuncisos en el seno de sus madres; sin embargo, la
verdadera circuncisión en espíritu ha sido de gran utilidad”.
El Tanaj judío, Antiguo Testamento en
las biblias cristianas, solo puede tener valor para los cristianos como
referencia primaria del cristianismo y muchos de sus libros pueden ser
suprimidos sin mayores consecuencias para la interpretación de las enseñanzas.
El libro “La Suprema Inteligencia”
excluye de su canon varios de los libros del Tanaj, otros son simplificados y
gran parte de ellos expresados bajo la inspiración de un Dios de piedad. El
paralelismo que posee con el Tanaj se encuentra solo en las secciones: “En el
Principio”, con ciertas semejanzas con Génesis; “Encuentro” que recoge parte
del Éxodo y Josué (Yehoshúa); “Los Libertadores Shophetim” en torno a los
Jueces de Yisraeil; “David” y “2 David”; “Eliyahu y Elisha” (Elías y Eliseo); “Hechos
de Tobyah” (Tobías); “Yoshiyah” (Josías); “Dany’el” (Daniel); los libros
sapienciales: “Sabiduría de Yehshua ben Sirac”, “Palabras del Predicador
(Kohelet)” y “Job”; “Alabanzas y Plegarias”, paralelo al libro de los Salmos;
para concluir con “Los Portadores de la Voz”, palabras de los profetas no
específicas para los judíos.
Las enseñanzas específicas para el
cristianismo recogida en “La Suprema
Inteligencia” se compilan en la segunda parte de este libro, denominada: “Libros
de la Nueva Inspiración”.

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