Entre los hombres hay quienes dicen: Creemos
en Allah y en el Último Día, pero en verdad no creen. Pretenden engañar a Allah
y también a los creyentes pero, sin advertirlo, sólo se engañan a sí mismos. Sus
corazones están enfermos [de duda e hipocresía] y Allah agravará aún más su
enfermedad. Sufrirán un castigo doloroso por haber mentido. (…) Estos son quienes trocaron el camino recto
por el desvío, porque no seguían la guía, y su negocio no les resultó
provechoso. Su situación se asemeja a la de quienes encienden fuego, y cuando
éste alumbra a su alrededor, Allah les quita su luz dejándoles en tinieblas sin
poder ver. Son sordos, mudos y ciegos, y no volverán al buen camino. (Ei Corán.
Sura 2: 8-10, 16-18)
¿Quién les torció la mente para hacer
aquella mañana del 11 de septiembre de 2001 lo que es abominable ante los
hombres y ante el Espíritu Universal del Dios de la Vida? ¿Quién les hizo trocar
“el camino recto por el desvío”? Ellos entregaron su vida ¿a cambio de qué?;
ellos inmolaron vidas inocentes ¿con qué justificación? Fueron musulmanes los
que derramaron la sangre, los que bestialmente acabaron con cientos de vidas.
Ponían por delante su fe en el Corán y en la gloria de Allah; porque creían que
había que darle muerte a todos los que no creen en el Islam.
Se inmolaron ellos e inmolaron vidas
honestas por su fe, una fe corrompida, deformada, contraria a toda razón,
convertida en fanatismo homicida. ¿Seguían ellos en su fanatismo tóxico,
diabólico, el mandato del Corán “Y
combatid por la causa de Allah a quienes os combatan”? Ciertamente, no;
porque el mandato del Corán concluye esa frase agregando “…”pero no seáis agresores; porque ciertamente
Allah no ama a los agresores” (Sura 2:190).
Hay frases en el Corán que resultan
crueles: “Y matadles dondequiera que los
encontréis, y expulsadles de donde os hubieran expulsado” (Sura 2:191),
como también hay frases crueles en la Biblia: “Y destruyeron a filo de espada todo lo que en la ciudad (Yériho) había;
hombres y mujeres, jóvenes y viejos, hasta los bueyes, las ovejas, y los asnos”
(Josué. 6:21). En ambas lecturas se atribuye a Dios el asesinato de los
infieles con el propósito de justificar el despojo a un supuesto enemigo. La
orden del Corán se enmarca dentro del tiempo cuando Mohammed luchaba contra tribus
árabes que se le oponían y no hay razón alguna para traspalarla a los tiempos
presentes como dogma vigente.
Pero, además de esa cruel frase, el
Corán matiza su fuerza agregando: “Mas si
cesan de combatiros, sabed que Allah es Absolvedor, Misericordioso (…) si
dejan de combatiros que no haya más enemistad, excepto con los agresores”
(Sura 2: 192 y 193).
Leer los libros sagrados sin la luz del
razonamiento conduce al fundamentalismo y el fundamentalismo conduce a la
intolerancia y la intolerancia conduce al fanatismo y el fanatismo conduce al
asesinato.
Ese fanatismo, presente en grandes
sectores islamitas, impulsó al crimen de las torres gemelas. Un crimen sin
justificación. Combatir al agresor, al que se nos viene encima con armas puede
ser justificado en razón de la conservación de la propia vida. Matar, para
imponer el temor sin hacer distinción entre quienes pueden ser las víctimas es
terrorismo.
El terrorismo no cabe en la bondad de
Dios, porque Dios ama la justicia y el derecho.
Al fanático hay que mirarle con recelo;
instrumento es de las fuerzas diabólicas de la Sombra. Al terrorista hay que
aplastarle sin consideración alguna, porque en la justicia de Dios no recibirá
consideración alguna. Con el fanático no hay razonamiento, dejémosle aparte.
Con el terrorista no hay razonamiento, hay que eliminarle. Como Dios no le
reclamó a Ehud la muerte de Eglón el tirano, Dios no nos reclamará tampoco la muerte
del terrorista.
La sangre de los inocentes asesinados el
11 de septiembre todavía clama ante Dios.
Las almas de los asesinos del 11 de septiembre
no conocerán ni el reposo, ni la paz.
Sirva este cruel, triste, horrible
ejemplo para no caer en errores de interpretación de los libros sagrados y
roguemos a la Suprema Inteligencia que ilumine nuestras mentes para librarnos del
error.

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