miércoles, 15 de octubre de 2014

El Camino de los Apóstoles 5


Elección de los siete auxiliares

1 Los apóstoles hacían muchos discípulos para la Palabra y hasta hubo sacerdotes y fariseos que se unían al camino de Yehshua.

2 En aquellos días, el número de los convertidos había crecido grandemente y existía la necesidad de ayudar a los hermanos en sus dificultades pero era mucho el trabajo que había que hacer para satisfacer aquellas necesidades; 3 así es que los apóstoles comprendieron que necesitaban de algunos para ocuparse de estos menesteres sin ellos descuidar la labor de la predicación.

4 Entonces los doce convocaron a la multitud de los discípulos, y dijeron: “No podemos abandonar la labor de transmitir la palabra del Señor; por tanto, busquen de entre ustedes a siete hermanos de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes encarguemos el trabajo de atender a los hermanos en dificultades”.

5 Agradó la propuesta a toda la multitud; y eligieron a Estéfano, joven de los judíos griegos y muy fiel a las enseñanzas de Yehshua, a Filíppos, a Prókoros, discípulo del Señor, a Nicandro, a Timáo, a Parmenas, y a Nicolás converso de Antioquía.

Estéfano

6 Estéfano se encomendó a la labor con gran diligencia y constancia y era de espíritu valeroso y no se ocultaba para criticar las tradiciones de los fariseos. Lleno de la Luz, su palabra era fuerte y se hacía notar del pueblo.

7 Algunos miembros de la sinagoga llamada "de los Libertos", como también otros, originarios de Cirene, de Alejandría, de Cilicia y de la provincia de Asia-Anatolia, se presentaron para discutir con él. 8 Entonces Estéfano les dijo: “Todos son hipócritas, cumplen con lo exterior y no se adentran en la espiritualidad. Adoran en el Templo desconociendo que el Padre de la Vida, nuestro Dios y padre del bienaventurado Yehshua no habita en casas de piedra o de madera. 9 Aprendan a amarle en espíritu y devoción en medio de la naturaleza. 10 Despreciaron al Justo venido de las alturas del universo porque le acusaron de no cumplir con la Ley de Moshé, cuando fueron ustedes, y solo ustedes los que adulteraron la Ley y llenaron la Torá con dogmas de hombres. 11 Sepan ustedes que si Moshé es grande en la gloria del Padre mucho mayor es la gloria de Yehshua por ser el Hijo de la Luz y Luz él mismo”.

12 Cuando terminó todos los doctores de la Ley de las sinagogas de Jerusalén quedaron impresionados con la sabiduría de Estéfano y la fluidez con la que hablaba el griego y el arameo; 13 y nada podían contra los argumentos de Estéfano porque por su boca se expresaba el Paráclito, Espíritu de Sabiduría. 14 Llenos de odio hacia el joven, sobornaron a unos hombres para que dijeran que le habían oído blasfemar contra Moshé y contra Yah.

15 Entonces presentaron falsos testigos, que declararon: “Este hombre no hace otra cosa que hablar contra el Lugar santo y contra la Ley. 16 Nosotros le hemos oído decir que Yehshua de Natzeret destruirá este Lugar y cambiará las costumbres que nos ha transmitido Moshé”.

17 El Sumo Sacerdote preguntó a Estéfano: “¿Es verdad lo que estos dicen?”

Discurso de Estéfano

18 Él respondió: "Hermanos y padres, escuchen: Cuando a Moshé se le apareció el Ángel de la Luz, este le dijo: El Padre de la Vida, Supremo Saber, tu Dios, te suscitará un profeta como tú; lo hará surgir de entre ustedes, de entre tus hermanos, y es a él a quien escucharán. 19 Luego nuestros padres levantaron el Templo como morada del Dios del Universo, si bien es cierto que el Altísimo no habita en casas hechas por la mano del hombre. 20 Así lo dice el Profeta: El cielo es mi trono,  y la tierra la tarima de mis pies.  ¿Qué casa me edificarán ustedes, dice Adonai, o dónde podrá estar mi lugar de reposo? 21 Han hecho de las piedras del Templo algo más sagrado que las palabras de Dios. 22 ¿No conocen ustedes que el Templo Sagrado de Dios está en los montes, en los valles, en medio del desierto, sobre los mares, dentro de nosotros mismos, en fin sobre toda la tierra y en la expansión del Universo? 23 ¡Hombres rebeldes, goyim de corazón y cerrados a la verdad! Ustedes siempre resisten al Espíritu Santo y son iguales a sus padres. 24 ¿Hubo algún profeta a quien ellos no persiguieran? Mataron a los que anunciaban la venida del Justo, el mismo que acaba de ser traicionado y asesinado por ustedes. 25 Ustedes que recibieron la Ley por intermedio de los ángeles y no la cumplen. Aquel profeta semejante a la Luz era Yehshua a quienes ustedes pusieron sobre una cruz y no quisieron escuchar”.

26 Al oír esto, se enfurecieron y rechinaban los dientes contra él. Dijeron entonces: “Blasfemo como todos los que enseñan en nombre del crucificado”. 27 Y dijo el sumo sacerdote: “¿Qué sentencia merece?” Y ellos dijeron: “¡Que sea apedreado hasta la muerte!” 28 Esto declararon porque en Jerusalén no había procurador romano y se había conocido que Tiberio, el emperador había muerto.

Asesinato de Estéfano

29 Estéfano, iluminado con la luz del Paráclito y vueltos sus ojos hacia lo alto, dijo: “En paz estoy y estoy viendo el círculo de la eternidad abierto donde brilla la gloria del Padre y veo al Hijo del Hombre, al Kristo Yehshua en medio de la Luz”.

30 Los sacerdotes, los levitas y los escribas comenzaron a vociferar y, tapándose los oídos, se precipitaron sobre él como un solo hombre; 31 y a empujones y golpes lo sacaron fuera de la ciudad, y lo apedrearon. Los testigos se quitaron los mantos, confiándolos a un joven fariseo de la provincia de Cilicia llamado Saulo.


32 Mientras lo apedreaban, Estéfano oraba, diciendo: “Señor Yehshua, tú que eres el Kristo bendecido, recibe mi espíritu”. 33 Después, poniéndose de rodillas, exclamó en alta voz: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado”. Y al decir esto, expiró.

34 Saulo aprobó la muerte de Estéfano. Ese mismo día, se desencadenó una violenta persecución contra la comunidad de fe de Jerusalén. Todos, excepto los Apóstoles, se dispersaron por las regiones de Judea y Samaría.

35 Unos hombres piadosos enterraron a Estéfano y lo lloraron con gran pesar.


36 Saulo, por su parte, perseguía a los que seguían el Camino de Yehshua; iba de casa en casa y arrastraba a hombres y mujeres, llevándolos a la cárcel.

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