viernes, 3 de octubre de 2014

Libro del Bendecido Yehshua llamado el Mashíaj – Kristo 27

Suicidio de Yehudah

1 Entre la gente que en las calles contemplaban el paso de los condenados, se encontraba Yehudah, el que había entregado a Yehshua. 2  Entonces Yehudah sintió arrepentimiento al contemplar a Yehshua sangrando y cargando su pesada cruz y Yehshua le miró a los ojos y le sonrió al verle. 3 Sintió Yehudah el peso de su conciencia y se alejó a toda prisa, hacia los montes seguido de la sombra de Sama’el y en lo alto de un monte Yehudah se colgó por el cuello y murió renegando de sí mismo y Sama’el se apoderó de su espíritu.

4 Los discípulos de Yehshua se habían escondido por miedo a los fariseos y a los sadoqueos; solo Yojanán junto a Mariam, madre de Yehshua y de Mariam la de Magdala seguían detrás de Yehshua.

Yehshua carga con la cruz


5 Escoltado por los legionarios romanos avanzaba Yehshua cargando sobre sus hombros el madero de su ejecución y muchos desde balcones y calles le contemplaban. 6 Había aquellos que insultaban a los guardias, y mujeres que lloraban al ver a Yehshua sangrando por sus heridas y otros que le creían un malhechor y  escupían a su paso.

7 Debilitado por los azotes sufridos, cayó Yehshua sobre las piedras de la calle y un grupo de mujeres se acercó a él forcejeando con los legionarios y lloraban. 8 Al verlas Yehshua les dijo: “Hijas de Jerusalén, no lloren por mí, más bien lloren por ustedes mismas y por sus hijos, 9 porque van a llegar días sobre esta ciudad cuando angustiadas griten: dichosas las estériles y felices los vientres que no engendraron y los pechos que no amamantaron. 10 Desesperadas implorarán que los montes caigan sobre ustedes; y a los collados les pedirán que les sepulten; 11 porque si en el leño verde hacen esto, ¿qué no se hará con el seco?”

12 Volvió Yehshua a cargar el leño y delante de él iban los otros condenados. Tomando aire detuvo el paso, entonces se acercó a él Mariam, su madre que se abrazó a él llorando y esto lo permitió el centurión que presidía la marcha. 13 Y Recordó Mariam lo que le profetizaron cuando presentó a su hijo en el Templo para ser circuncidado: “Una espada atravesará tu corazón”. 14 Sonrió Yehshua a su madre y apartándola de sí continuó su penoso andar.

Verónica enjuga el rostro de Yehshua y nueva tentación de Sama’el


15 Volvió Yehshua a caer bajo el peso del madero y Verónica que desde la multitud le seguía corrió hacia él y con su manto le enjugó el rostro, y en su manto quedó grabado el rostro ensangrentado de Yehshua. Los guardias romanos ayudaron a Yehshua para que se levantara mientras le gritaban ofensas. 16 Cuando ya salían fuera de las murallas de la ciudad, cayó Yehshua por tercera vez ya sin fuerzas y Sama’el se aproximó a él para tentarle diciéndole que renunciara al sacrificio, pero Yehshua le rechazó con su mano.

Shimón de Cirene carga la cruz de Yehshua

17 Temiendo el centurión que Yehshua muriera antes de llegar al lugar del suplicio ordenó a los guardias que buscaran a alguien que cargara por él la cruz. 18 Vieron a un hombre que viniendo del campo pasaba por allí, llamado Shimón y era de la región de Cirene en África y le obligaron a que cargara la cruz y la llevara detrás de Yehshua; 19 y el cireneo sintió que la cruz era muy pesada pero Yehshua le animó sonriéndole, entonces cargó la cruz sin gran esfuerzo y la llevó hasta el lugar conocido como Gulgaltá en hebreo y en latín como Calvariae Locus, esto es el Lugar de la calavera.

“Este es el rey de los judíos”

20 Al llegar allí le despojaron de sus ropas y le colocaron sobre la cruz perforando sus muñecas y sus pies con clavos. A su derecha y a su izquierda crucificaron a Gestas y a Dimas. 21 Era la hora tercera cuando le crucificaron. 22 Sobre lo alto de la cruz un cartel escrito en hebreo, griego y latín expresaba su causa y decía: “Este es Yehshua de Natzeret, Rey de los Judíos”. Algunos de los sacerdotes fueron ante Pilato para pedirle que cambiara el título y que se pusiera “que dijo ser rey de los judíos”, pero Pilato se negó a cambiar la redacción y les echó diciendo: “Lo que está escrito, ya está escrito”.


23 Y los fariseos y los sacerdotes lanzaban ofensas contra Yehshua y hasta los soldados romanos se burlaban de él. Entonces alzando su mirada hacia lo alto exclamó Yehshua: “Padre, perdónales, porque ellos no saben lo que hacen”.

24 Los guardias se repartieron entre ellos las prendas de Yehshua, pero como su manto era de una sola pieza decidieron echar suertes sobre él para ver a quien le tocaría.

La petición de Dimas


25 Frente a la cruz estaban mofándose de Yehshua, algunos de los fariseos, de los principales sacerdotes y de los escribas y le decían: “A otros salvaste y a ti mismo no puedes salvarte. Tú, que eres el Mashíaj, el rey de Yisraeil, el hijo de Dios, baja de esa cruz y creeremos en ti”. 26 Y Gestas, uno de los que crucificaron junto a él le reclamaba diciendo: “¿No decías tú que eras el Hijo del Todopoderoso? Si es así, ¿por qué no te salvas a ti mismo y nos salvas también a nosotros?” El condenado que estaba a la izquierda de Yehshua, el llamado Dimas replicó a Gestas: “¿Cómo te atreves a provocar la ira del Padre estando en la misma condición que este hombre justo? 27  Nosotros pagamos nuestras culpas; pero este hombre no hizo mal alguno y a muchos sanó y curó”. 28 Y volviéndose hacia Yehshua, le imploró: “Señor, acuérdate de mí cuando vengas a tu reino”. 29 Y Yehshua le dijo: “Créeme lo que voy a decirte; hoy mismo entrarás conmigo en la gloria del Padre”.

Muerte de Yehshua

30 Sintió sed Yehshua y exclamó: “¡Tengo sed!” Uno de los guardias tomó una esponja y la empapó en vino y mirra y poniéndola en una caña se la presentó, pero él la rechazó.

31 Cerca estaban Yojanán, Mariam de Magdala, Mariam la madre de Yehshua y Verónica. Al ver Yehshua a su madre junto a Yojanán le dijo: “Mujer, ese es tu hijo”. Luego le dijo a Yojanán: “Esta es tu madre”. 32 Desde ese momento Yojanán se encargaría de cuidar de Mariam y la llevaría a habitar en su casa.

33 Era la hora sexta y el cielo comenzó a nublarse ocultando el sol hasta la hora novena. Cerca de la hora novena clamó Yehshua diciendo: “Elí, Elí, ¿lama sabactani?” Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? 34 Algunos de los que estaban presentes dijeron al escucharle: “¡Miren, éste llama a Eliyahu!” Otro contestó: “¡Déjenle, veremos si Eliyahu viene a rescatarle de la cruz!”

35 Ya en la hora novena Yehshua exclamó: “¡Todo está consumado!” y después dijo en un grito: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!”

36 Los sacerdotes y los fariseos habían ido ante Pilato rogándole que les quebraran las piernas a los condenados para adelantarles la muerte y que sus cuerpos no quedaran colgados en la cruz durante el Sabbath. 37 Fueron entonces los soldados a quebrarles las piernas a los crucificados para al ver que Yehshua ya había muerto, uno de los guardias le abrió el costado con una lanza.


38 Entonces se conmovió la tierra, las rocas se partieron, el sol se ocultó completamente y el velo del templo se rasgó por la mitad. Llenos de temor los que presenciaban la ejecución huyeron hacia la ciudad. 39 El centurión, y los que estaban con él guardando a Yehshua, visto el terremoto, y las cosas que habían sido hechas sintieron temor y exclamó el centurión: “Verdaderamente, este hombre, este Yehshua, era el hijo de un Dios”.

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