martes, 28 de octubre de 2014

Los Libertadores Shophetim 15


Palabras de Gavri’el

1 Gavri’el llegó y me dijo: “Escucha Hijo de la Tierra, cuando la justicia se convierte en venganza deja de ser justicia. Cuando la soberbia oscurece el juicio se pisotea la justicia. ¿Acaso un mal se cobra con un mal peor? 2 Hay cobardes que en su cobardía no saben guardar su honor y hacen de su honor pisoteado palabra de venganza y arrastran a otros a cobrar venganza por lo que él no tuvo el valor de defender.

3 Repugnancia es al Dios de la Vida, el desprecio a la mujer. Mira, Hijo de la tierra, cuando la Suprema Inteligencia tomó al humano de entre todas las especies, no hizo distinción alguna entre el hombre y la mujer, pues ambos eran complemento del otro. 4 La Luz del Universo concedió alma, entendimiento y razón por igual al hombre y a la mujer. 5 El hombre ha de respetar a su mujer como se respeta a sí mismo y como a igual debe considerarla. 6 Bendita es la mujer porque en ella se concibe el milagro de la vida.

7 Y los hombres cegados de orgullo ya no razonan y quieren reparación de las faltas, sin importar que le reclamen a su propia sangre la satisfacción de una culpa, con la sangre de su propia sangre. 8 Entonces se creen justicieros y hasta libertadores sin comprender que son ciegos y homicidas.

9 Habla, Hijo de la Tierra, de la guerra que Yisraeil, hijos de Shem, empeñó contra sus hermanos de Benjamin, como ellos, hijos del mismo padre.

10 El Viejo Libro recoge este relato de aquellos tiempos cuando en Yisraeil no había rey y no había aparecido un Shophetim que le juzgara y guiara. 

El levita de Efrayim y su concubina

11 Un levita que vivía como forastero en los confines de la montaña de Efrayim tenía como concubina a una mujer de Belén de Judá, a la que mucho amaba, pero ella se dejó seducir por uno de Efrayim con el que huyó y vivió hasta que su seductor le abandonara. Entonces la adúltera se refugió en la casa de su padre en Belén de Judá.

12 Cuatro meses pasaron, pero el levita no olvidaba a su concubina y la buscaba afanosamente acompañado de un servidor suyo, joven y de hermosa presencia, hasta que, finalmente, la encontró en Belén. 13 Cuando encontró a su concubina le imploró y le rogó que regresara con él porque mucho era el amor que por ella sentía. La joven lo hizo entrar en la casa de su padre, y este, al verlo, le salió al encuentro mostrándole alegría, porque el levita no se había presentado exigiendo que se cumpliera la ley contra el adulterio.

14 Siempre temeroso por la vida de su hija, el padre retuvo al levita en su casa y él se quedó en allí por tres días, comiendo y disfrutando en la cama el amor de su concubina. Al cuarto día, se levantaron de madrugada y el levita se dispuso a partir. 15 Pero el padre de la joven dijo a su yerno: “Repara tus fuerzas con un pedazo de pan, y luego partirán”.

16 Entonces se sentaron a comer y beber los dos juntos. El padre de la joven le dijo: “Te invito a quedarte esta noche, para pasar un momento agradable”. 17 El hombre se levantó para ponerse en camino, pero su suegro le insistió tanto, que él cambió de parecer y pasó la noche allí.

18 Cuando en la madrugada del quinto día el levita se dispuso a partir, su suegro, enterado que ya se conocía por todo Belén el adulterio de su hija, quiso demorar la partida por temor de que la gente quisiera apedrear a su hija por cometer adulterio; 19 así que le pidió al levita: “Repara antes tus fuerzas”. Y se entretuvieron, comiendo los dos juntos hasta muy avanzado el día.

20 Cuando el levita se levantó para partir con su concubina y su servidor, el padre de la joven le dijo: “Ya se está haciendo tarde. Quédate aquí esta noche y pasarás un momento agradable. Mañana de madrugada se pondrán en camino y regresarás a tu casa”. 21 Pero el hombre no quiso quedarse, sino que se levantó y partió. Así llegó frente a Jebús, pueblo de los jebuseos  – o sea, Jerusalén – llevando consigo dos asnos cargados, además de su concubina y su joven y hermoso servidor.

La llegada del levita a Guibeá

22 Ya era muy tarde cuando se acercaron a Jebús, por lo que el servidor le propuso al levita: “Se acerca la noche, bueno sería apartarnos del camino para entrar en esta ciudad jebusea y allí pasar la noche”. 23 Pero el levita no consintió y le dijo a su joven servidor: “No pasaremos la noche en esa ciudad de goyim, que no pertenece a Yisraeil. Mejor es continuar nuestro camino hasta Guibeá; podremos entonces decidir si pasaremos allí la noche o en su vecina Ramá”.

24 Siguieron de largo, y a la puesta del sol estuvieron frente en Guibeá de Benjamín. 25 Entonces se apartaron del camino para ir a pasar la noche en Guibeá. Al llegar, el hombre se quedó en la plaza de la ciudad, pero nadie los invitó a su casa para pasar la noche, porque hasta ellos había llegado aviso del perdón que el levita había dado a la adúltera.

26 Un anciano que casualmente llegó a la plaza cuando regresaba de trabajar en el campo vio al levita con sus dos asnos y la mujer y al joven servidor. Era un hombre de la montaña de Efrayim y residía en Guibeá como forastero, porque la gente del lugar era benjaminita. 27 Fue donde el levita y le preguntó: “Dime, buen hombre, de dónde vienes y adónde vas, pues te veo como perdido en esta plaza”.

28 “Estamos de paso, le respondió el levita; venimos de Belén de Judá y vamos hasta los confines de la montaña de Efrayim, porque yo soy de allí. Fui a Belén de Judá, y ahora estoy de regreso. Pero no hay nadie que me reciba en su casa, 29 aunque tenemos paja y forraje para nuestros asnos, y también pan y vino para mí, para mi mujer y para el servidor que me acompaña. No nos falta nada. No sabemos por qué nadie nos recibe como huéspedes”.

30 El anciano le dijo: “La paz esté contigo. Yo proveeré a todas tus necesidades. No pases la noche en la plaza”. 31 Entonces lo llevó a su casa y dio de comer a los asnos. Y ellos se lavaron los pies, comieron y bebieron.

La violencia de los habitantes de Guibeá

32 Estaban pasando un momento agradable, cuando los hombres de la ciudad, gente muy furiosa, rodearon la casa y comenzaron a golpear la puerta, diciendo al anciano dueño de casa: “Trae afuera al hombre que entró en tu casa porque es una vergüenza para nosotros y queremos tratarle como a mujer, porque no ha sabido actuar como hombre”.

33 El anciano se presentó ante aquellos furiosos hombres y les imploró: “No, hermanos míos, no obren tan perversamente, porque ese hombre es mi huésped. ¡No cometan esa infamia!” 34 Pero los hombres continuaron gritando y dijeron: “Infamia sobre nosotros caerá si permitimos que un hombre que perdona el adulterio esté en nuestra ciudad. Tráelo y le daremos gusto”.

35 Entonces el anciano le dijo: “Si quieren ustedes saciar instintos indignos yo puedo ofrecerles a mi hija que es virgen; pero no cometan semejante infamia con mi huésped”. Ellos le gritaron: “Guarda a tu hija virgen, que ninguna culpa tiene; al que queremos es al hombre”.

36 Entonces el levita empujó a su sirviente afuera y dijo desde el interior de la casa: “Si desean disfrutar, tomen a este mi esclavo, que pueden ver es joven, hermoso y lampiño, hagan con é según sus instintos”. 37 Los hombres gritaron enfurecidos: “¡Aparta a este joven y no seas cobarde, porque él no carga con tu pecado!”

38 Entonces el levita tomó a su concubina y la llevó afuera y le dijo a los hombres: “¡Quizá ella cargue con mis pecados!” Los hombres dijeron: “¡Sea pues! Carga vergüenza sobre vergüenza, si ya la perdonaste ahora también podrás hacerlo”.

39 Los hombres se aprovecharon de ella y la maltrataron toda la noche hasta la madrugada, y al amanecer, la abandonaron. 40 La mujer llegó de madrugada y se cayó a la entrada de la casa del hombre donde estaba su marido. Allí quedó hasta que fue el día.


41 Por la mañana, su marido se levantó, abrió la puerta de la casa y salió para continuar su camino. Al ver a la mujer, su concubina, que estaba tendida a la puerta de la casa, con la mano sobre el umbral, 42 le dijo: “Levántate, vamos”. Pero no obtuvo respuesta. Entonces el hombre la cargó sobre su asno y emprendió el camino hacia su pueblo. 43 Cuando llegó a su casa, tomó el cuchillo y partió en cuatro pedazos el cuerpo de su concubina. Luego enterró los despojos en los cuatro puntos cardinales. Envió entonces emisarios a todo el territorio de Yisraeil.


44 El levita había dado esta orden a sus emisarios: “Digan esto a todos los hombres de Yisraeil: ‘¿Ha sucedido una cosa igual desde que los israelitas subieron del país de Egipto hasta el día de hoy? Reflexionen, deliberen y decidan’”. Y todos los que lo escuchaban, exclamaban: “¡Nunca ha sucedido ni se ha visto una cosa semejante, desde que los israelitas subieron de Egipto hasta el día de hoy!”

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