Palabras de Gavri’el
1 Gavri’el
llegó y me dijo: “Escucha Hijo de la Tierra, cuando la justicia se convierte en
venganza deja de ser justicia. Cuando la soberbia oscurece el juicio se pisotea
la justicia. ¿Acaso un mal se cobra con un mal peor? 2 Hay
cobardes que en su cobardía no saben guardar su honor y hacen de su honor
pisoteado palabra de venganza y arrastran a otros a cobrar venganza por lo que
él no tuvo el valor de defender.
3 Repugnancia
es al Dios de la Vida, el desprecio a la mujer. Mira, Hijo de la tierra, cuando
la Suprema Inteligencia tomó al humano de entre todas las especies, no hizo
distinción alguna entre el hombre y la mujer, pues ambos eran complemento del
otro. 4 La Luz del Universo concedió
alma, entendimiento y razón por igual al hombre y a la mujer. 5 El hombre
ha de respetar a su mujer como se respeta a sí mismo y como a igual debe considerarla.
6 Bendita es la mujer porque en
ella se concibe el milagro de la vida.
7 Y los
hombres cegados de orgullo ya no razonan y quieren reparación de las faltas,
sin importar que le reclamen a su propia sangre la satisfacción de una culpa,
con la sangre de su propia sangre. 8
Entonces se creen justicieros y hasta libertadores sin comprender que son
ciegos y homicidas.
9
Habla, Hijo de la Tierra, de la guerra que Yisraeil, hijos de Shem, empeñó
contra sus hermanos de Benjamin, como ellos, hijos del mismo padre.
10 El
Viejo Libro recoge este relato de aquellos tiempos cuando en Yisraeil no había
rey y no había aparecido un Shophetim que le juzgara y guiara.
El levita de Efrayim y su concubina
11 Un
levita que vivía como forastero en los confines de la montaña de Efrayim tenía
como concubina a una mujer de Belén de Judá, a la que mucho amaba, pero ella se
dejó seducir por uno de Efrayim con el que huyó y vivió hasta que su seductor
le abandonara. Entonces la adúltera se refugió en la casa de su padre en Belén
de Judá.
12
Cuatro meses pasaron, pero el levita no olvidaba a su concubina y la buscaba
afanosamente acompañado de un servidor suyo, joven y de hermosa presencia,
hasta que, finalmente, la encontró en Belén. 13
Cuando encontró a su concubina le imploró y le rogó que regresara con él porque
mucho era el amor que por ella sentía. La joven lo hizo entrar en la casa de su
padre, y este, al verlo, le salió al encuentro mostrándole alegría, porque el
levita no se había presentado exigiendo que se cumpliera la ley contra el
adulterio.
14
Siempre temeroso por la vida de su hija, el padre retuvo al levita en su casa y
él se quedó en allí por tres días, comiendo y disfrutando en la cama el amor de
su concubina. Al cuarto día, se levantaron de madrugada y el levita se dispuso
a partir. 15 Pero el padre de la
joven dijo a su yerno: “Repara tus fuerzas con un pedazo de pan, y luego
partirán”.
16 Entonces
se sentaron a comer y beber los dos juntos. El padre de la joven le dijo: “Te
invito a quedarte esta noche, para pasar un momento agradable”. 17 El
hombre se levantó para ponerse en camino, pero su suegro le insistió tanto, que
él cambió de parecer y pasó la noche allí.
18
Cuando en la madrugada del quinto día el levita se dispuso a partir, su suegro,
enterado que ya se conocía por todo Belén el adulterio de su hija, quiso
demorar la partida por temor de que la gente quisiera apedrear a su hija por
cometer adulterio; 19 así
que le pidió al levita: “Repara antes tus fuerzas”. Y se entretuvieron,
comiendo los dos juntos hasta muy avanzado el día.
20
Cuando el levita se levantó para partir con su concubina y su servidor, el
padre de la joven le dijo: “Ya se está haciendo tarde. Quédate aquí esta noche
y pasarás un momento agradable. Mañana de madrugada se pondrán en camino y
regresarás a tu casa”. 21 Pero
el hombre no quiso quedarse, sino que se levantó y partió. Así llegó frente a
Jebús, pueblo de los jebuseos – o sea,
Jerusalén – llevando consigo dos asnos cargados, además de su concubina y su
joven y hermoso servidor.
La llegada del levita a Guibeá
22 Ya
era muy tarde cuando se acercaron a Jebús, por lo que el servidor le propuso al
levita: “Se acerca la noche, bueno sería apartarnos del camino para entrar en
esta ciudad jebusea y allí pasar la noche”. 23 Pero
el levita no consintió y le dijo a su joven servidor: “No pasaremos la noche en
esa ciudad de goyim, que no pertenece a Yisraeil. Mejor es continuar nuestro
camino hasta Guibeá; podremos entonces decidir si pasaremos allí la noche o en
su vecina Ramá”.
24
Siguieron de largo, y a la puesta del sol estuvieron frente en Guibeá de Benjamín.
25 Entonces se apartaron del
camino para ir a pasar la noche en Guibeá. Al llegar, el hombre se quedó en la
plaza de la ciudad, pero nadie los invitó a su casa para pasar la noche, porque
hasta ellos había llegado aviso del perdón que el levita había dado a la
adúltera.
26 Un
anciano que casualmente llegó a la plaza cuando regresaba de trabajar en el
campo vio al levita con sus dos asnos y la mujer y al joven servidor. Era un
hombre de la montaña de Efrayim y residía en Guibeá como forastero, porque la
gente del lugar era benjaminita. 27 Fue
donde el levita y le preguntó: “Dime, buen hombre, de dónde vienes y adónde
vas, pues te veo como perdido en esta plaza”.
28 “Estamos
de paso, le respondió el levita; venimos de Belén de Judá y vamos hasta los
confines de la montaña de Efrayim, porque yo soy de allí. Fui a Belén de Judá,
y ahora estoy de regreso. Pero no hay nadie que me reciba en su casa, 29
aunque tenemos paja y forraje para nuestros asnos, y también pan y vino para
mí, para mi mujer y para el servidor que me acompaña. No nos falta nada. No
sabemos por qué nadie nos recibe como huéspedes”.
30 El
anciano le dijo: “La paz esté contigo. Yo proveeré a todas tus necesidades. No
pases la noche en la plaza”. 31
Entonces lo llevó a su casa y dio de comer a los asnos. Y ellos se lavaron los
pies, comieron y bebieron.
La violencia de los habitantes de Guibeá
32
Estaban pasando un momento agradable, cuando los hombres de la ciudad, gente
muy furiosa, rodearon la casa y comenzaron a golpear la puerta, diciendo al
anciano dueño de casa: “Trae afuera al hombre que entró en tu casa porque es
una vergüenza para nosotros y queremos tratarle como a mujer, porque no ha
sabido actuar como hombre”.
33 El
anciano se presentó ante aquellos furiosos hombres y les imploró: “No, hermanos
míos, no obren tan perversamente, porque ese hombre es mi huésped. ¡No cometan
esa infamia!” 34 Pero los hombres
continuaron gritando y dijeron: “Infamia sobre nosotros caerá si permitimos que
un hombre que perdona el adulterio esté en nuestra ciudad. Tráelo y le daremos
gusto”.
35
Entonces el anciano le dijo: “Si quieren ustedes saciar instintos indignos yo
puedo ofrecerles a mi hija que es virgen; pero no cometan semejante infamia con
mi huésped”. Ellos le gritaron: “Guarda a tu hija virgen, que ninguna culpa
tiene; al que queremos es al hombre”.
36
Entonces el levita empujó a su sirviente afuera y dijo desde el interior de la
casa: “Si desean disfrutar, tomen a este mi esclavo, que pueden ver es joven,
hermoso y lampiño, hagan con é según sus instintos”. 37 Los
hombres gritaron enfurecidos: “¡Aparta a este joven y no seas cobarde, porque
él no carga con tu pecado!”
38 Entonces
el levita tomó a su concubina y la llevó afuera y le dijo a los hombres:
“¡Quizá ella cargue con mis pecados!” Los hombres dijeron: “¡Sea pues! Carga
vergüenza sobre vergüenza, si ya la perdonaste ahora también podrás hacerlo”.
39 Los
hombres se aprovecharon de ella y la maltrataron toda la noche hasta la
madrugada, y al amanecer, la abandonaron. 40 La
mujer llegó de madrugada y se cayó a la entrada de la casa del hombre donde
estaba su marido. Allí quedó hasta que fue el día.
41 Por
la mañana, su marido se levantó, abrió la puerta de la casa y salió para
continuar su camino. Al ver a la mujer, su concubina, que estaba tendida a la
puerta de la casa, con la mano sobre el umbral, 42 le
dijo: “Levántate, vamos”. Pero no obtuvo respuesta. Entonces el hombre la cargó
sobre su asno y emprendió el camino hacia su pueblo. 43
Cuando llegó a su casa, tomó el cuchillo y partió en cuatro pedazos el cuerpo
de su concubina. Luego enterró los despojos en los cuatro puntos cardinales. Envió
entonces emisarios a todo el territorio de Yisraeil.
44 El
levita había dado esta orden a sus emisarios: “Digan esto a todos los hombres
de Yisraeil: ‘¿Ha sucedido una cosa igual desde que los israelitas subieron del
país de Egipto hasta el día de hoy? Reflexionen, deliberen y decidan’”. Y todos
los que lo escuchaban, exclamaban: “¡Nunca ha sucedido ni se ha visto una cosa
semejante, desde que los israelitas subieron de Egipto hasta el día de hoy!”


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