1 A la entrada de la ciudad había cuatro
leprosos, que se decían el uno al otro: “¿Para qué nos quedamos aquí, esperando
la muerte?
3 Si intentáramos entrar en la
ciudad, moriríamos dentro de ella por el hambre que allí dentro hay; si nos
quedamos aquí, lo mismo moriremos. Mejor vayamos al campamento de los arameos;
si nos dejan con vida, viviremos; si nos matan, moriremos”.
4 A la hora del crepúsculo
partieron hacia el campamento de los arameos. Pero cuando llegaron a la entrada
del campamento, vieron que allí no había nadie. 5 Y fue que el ángel de Dios
había hecho que en el campamento de los arameos se escuchara un ruido de carros
de combate, un fragor de caballos y el estrépito de un gran ejército, de tal
modo que se dijeron unos a otros: "Miren, el rey de Yisraeil ha contratado
como mercenarios a los reyes de los hititas y a los reyes de los musritas, para
que vengan a atacarnos”. 6 Entonces se levantaron al anochecer y huyeron, y para
ponerse a salvo abandonaron sus tiendas, sus caballos y sus asnos, dejando el
campamento tal como estaba.
7 Cuando los leprosos llegaron a la entrada del
campamento, entraron en una carpa y se sentaron a comer y beber, y se llevaron
de allí plata y oro y vestidos, y todo eso lo escondieron; luego volvieron y
entraron en otra carpa, la cual también
saquearon, y fueron a esconder lo que de allí sacaron.
8 Entonces uno al otro se
dijeron: "No está bien lo que estamos haciendo. Este es un día de buenas
noticias. Si nos quedamos callados y aguardamos hasta el amanecer, no nos
libraremos de un castigo. Es mejor que vayamos al palacio ahora mismo y le
demos la noticia al rey”.
9 Entonces fueron a la entrada de la ciudad, y
con grandes gritos les dijeron a los guardias: “Fuimos al campamento de los arameos
y no vimos ni oímos allí a nadie. Sólo estaban los caballos y los asnos atados,
y el campamento intacto”.
10 A grandes gritos, los
porteros anunciaron esto en la ciudad y en el palacio del rey.
11 El rey se levantó de noche y
dijo a sus servidores: “Yo les voy a decir qué es lo que los arameos piensan
hacer con nosotros. Como saben que tenemos hambre, han salido de sus tiendas y
se han escondido en el campo, pues piensan: Cuando los israelitas salgan de la
ciudad, los tomaremos vivos y entraremos en la ciudad”.
12 En respuesta, uno de sus
oficiales dijo: "Tomemos cinco de los caballos que todavía quedan. A fin
de cuentas, si se los deja en la ciudad, les sucederá lo mismo que a toda la
multitud de Yisraeil que ya ha perecido. Los enviaremos y veremos qué pasa”.
13 Tomaron dos carros con sus
caballos, y el rey los envió a seguir los rastros del campamento arameo,
diciendo: “Vayan tras de ellos e infórmenme de lo que vean”.
14 Los enviados del rey
partieron y llegaron hasta el Jordán, y vieron que por todo el camino había
vestidos y objetos por el suelo, que en su premura los arameos habían ido
arrojando. Luego volvieron y le comunicaron esto al rey.
15 Entonces el pueblo salió y
saqueó el campamento de los arameos. Y conforme a lo dicho por Elisha, un balde
de flor de harina y dos baldes de cebada se vendieron por un ciclo.
16 El rey ordenó a su principal
ayudante mantenerse a la entrada de la ciudad, pero el pueblo lo atropelló, y
ahí mismo murió, tal y como lo había predicho el varón de Dios cuando el
emisario del rey fue a verlo.
17 Todo sucedió tal y como el
varón de Dios se lo había anticipado al rey cuando dijo: “Mañana a esta hora, a la entrada de Samaria, un balde de cebada, o dos
baldes de flor de harina, se venderán por un ciclo”.
18 Pero aquel ayudante principal le había
respondido al varón de Dios: “Si en este momento el Señor abriera las ventanas
del cielo, ¿sucedería lo que tú dices?” Y Elisha había dicho: “Verás esto con
tus propios ojos, pero no comerás nada de ello”.
19 Y así sucedió, porque el
pueblo lo atropelló a la entrada de la ciudad, y allí mismo murió.

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