Como toda
especie viviente, el ser humano está condenado a morir físicamente; pero la
Suprema Inteligencia cuando escogió a la especie humana sobre todas las
especies le concedió, además del espíritu de vida, un alma inmortal y
trascendente, y abrió el camino para que alcanzara la vida eterna, viviendo en
cuerpo astral, tras el paso definitivo de su muerte material.
Pero la
muerte siempre sobrecoge el ánimo de los vivientes. La muerte física genera
tristeza para los dolientes del difunto y continúa siendo la gran incógnita que
el humano no ha sido capaz de despejar. Se conoce cuando nace el hombre; nadie
sabe cuándo morirá. Nadie puede predecir cuántos años ha de vivir una persona.
La muerte
no es el final de la existencia. Físicamente partes nuestras, por medio de
nuestros genes sobreviven en nuestra descendencia. Espiritualmente, es solo un lapso
de tiempo astral del paso de la vida física a la vida eterna de espíritu.
Desde muy
antiguo, para dar consuelo a los familiares del difunto y honrar a este se
establecieron las exequias o rituales fúnebres muy vinculados estos a las
creencias religiosas. Por lo general, los familiares directos y los amigos del
difunto guardan y rinden una etapa de adaptación a la pérdida sufrida, el duelo
ante la muerte.
Según la
Biblia, Abraham lloró e hizo duelo ante la muerte de Sara (Gen. 23: 2-4). A su
muerte los israelitas le lloraron y guardaron luto por treinta días (Deut. 34:7
y 8). El duelo es una respuesta emocional
de sufrimiento y aflicción provocada por la ruptura del vínculo
sentimental y se expresa externamente por el luto.
Durante
el periodo de duelo (levaiot) entre
los judíos, los dolientes hacían ayunos, iban con la cabeza descubierta y
acostumbraban a dormir sobre ceniza vistiendo cilicios. Luego de ser lavado el
cadáver como purificación, las mujeres le perfumaban. Luego de esta práctica se
colocaba ante la cabecera del difunto una luz o vela en recuerdo de que “la luz
de Adonai es el alma” (“Para apartar su alma del sepulcro, y para iluminarlo
con la luz de los vivientes”. Job 33:30). Se cubrían los espejos y adornos para
que nada de la vanidad humana estuviera presente. Como las flores eran
consideradas como símbolos de vida, no las ponían en el lugar del funeral. Según Yehuda Ribco en su página de internet
“Ser Judío”, para explicar el por qué el rechazo judío a las flores en las
exequias es porque “las flores son símbolos de sexualidad, o de órganos
genitales.
Agrega
Yehuda Ribco: “Es ley judía que la
persona muerta sea sepultada lo más rápidamente posible, permitiéndose las
demoras sólo en contados casos, con fundamentos suficientes para ser
consideradas excepciones. Esta premura se basa en el grandísimo respeto que se
tiene por el honor del fallecido, pues su cuerpo no es expuesto como objeto, ni
su deterioro es exhibido a ojos vistas. Pero también por el respeto y
sensibilidad que merecen los deudos, quienes al permanecer con su ser querido
fallecido presente en cuerpo (y no alma), aumentan de manera exagerada su dolor
y congoja”.
Sin
embargo, los judíos cumplen además con ciertos rituales como la de colocar
pequeñas piedras ante el sepulcro pues como asegura Ribco, “sirven como testimonio duradero de la visita de los familiares y
allegados, pues no se deterioran, ni son fácilmente movibles del lugar. De esta
manera, se simbolizan los lazos de unión sentimentales entre las personas
sobrevivientes y el fallecido, y sirven para consolidarlos (…) Las piedras, en parámetros humanos, son
"eternas" tal como la vida en el Mundo Venidero lo es. Al colocar
piedras, aceptamos la eternidad del alma, la adhesión al Eterno”.
Los
seguidores de la Luz son respetuosos de los rituales funerarios practicados por
todas las verdaderas congregaciones cristianas que aceptan a Yehshua como Dios
Verdadero y creen en la eternidad de las almas, pues consideran firmemente que
la verdad de Kristo y de la Suprema Inteligencia está presente parcialmente en
cada comunidad dedicada a la gloria de Yehshua el Mashíaj-Kristo.
Los
seguidores de la Luz no consideran inapropiado el empleo de las flores
expuestas como honra del difunto y condolencia de sus dolientes; porque las
flores, por lo mismo que expresara Ribco, “son símbolos de sexualidad, o de
órganos genitales” representan también el renacer. Morimos para nacer a una
nueva vida.
Oración de los Seguidores de la Luz
por un difunto
¡Oh Padre del Universo, confórtanos! Bienaventurado es
aquel que tiene al Eterno por su guía y ama sus preceptos. Preferible es un
buen nombre a los ungüentos perfumados, y el día de la muerte al nacimiento.
Tú conduces, según tu justicia, el alma de aquel que ha
abandonado la carne. Hónrale por el bien que haya hecho en esta vida y se
piadoso por el mal que haya obrado, otorgándole la oportunidad del perdón por
un nuevo ciclo de vida.
¡Oh Dios, danos fuerza en el dolor y sostén nuestra fe en
Ti! Que el cuerpo de este/a hermano/a repose en el descanso y su alma se eleve
hasta tu gloria, en la habitación del reposo verdadero y supremo, bajo la
protección de tu Divina Presencia, en las alturas santas y puras en que resplandeces
como Luz inagotable; donde no existe el pecado y el mal es desconocido, donde
las almas gozan de las piedades y la gracia del Eterno morador de las alturas y
de una beatitud perfecta y eterna; que éste sea el destino reservado al buen
nombre del alma de (nombre del fallecido). Que el Eterno le dé descanso en la
bienaventuranza de la esfera divina y que sea incluido/a en la misericordia y
perdón del Padre de la Vida.
Reanima, Dios, Suprema Inteligencia, nuestros corazones
afligidos ante la despedida del/la querido/a hermano/a. Ayúdanos a elevarnos
sobre nuestro dolor. Ayúdanos a sobrellevar nuestra pena con fe en tu eterna
sabiduría. Enséñanos a aceptar el juicio de Tu voluntad inescrutable y haznos
encontrar consuelo en Ti.
Afirmamos a pesar de nuestra aflicción y a pesar de
nuestra angustia que la vida es buena y que su labor ha de ser realizada. Que
tu eterna sabiduría obre en nosotros para bien de todos.
Así sea la voluntad de Dios. Amén

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