Yehshua
y el Centurión
1 Estando en Kapurneum
llegó un centurión romano a donde estaba Yehshua. Era este un hombre justo y
los vecinos le respetaban.
2 El centurión,
inclinándose, le dijo a Yehshua: “Señor, he escuchado tu fama de que sanas a
los enfermos por virtud de Dios, mi esclavo está en cama, no se puede mover y
tiene un dolor terrible”.
3 Yehshua le dijo
entonces: “Iré a sanar a tu esclavo”, mas el centurión lo detuvo diciéndole:
“Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero tan solo da una orden y mi
esclavo sanará. 4 Yo mismo cumplo las
órdenes que me dan mis superiores y tengo soldados a mis órdenes y si a uno de
ellos le ordeno que vaya, él va; si a otro le ordeno que venga, viene. Cuando
le ordeno a mi esclavo que haga algo, él lo hace”.
5 Al escuchar lo que
decía el centurión, Yehshua se sintió admirado y volviéndose hacia los que le
acompañaban, dijo: “Verdaderamente no he visto en Yisraeil a nadie con tanta fe
como este extranjero. Les digo además que vendrán muchos del oriente y del
occidente que serán huéspedes en la casa del Padre para compartir el banquete
con Abraham, Ishma’el, Yitzchak y Ya’acov 6 y verán como aquellos que debían heredar el reino
serán expulsados del banquete y estarán en medio de la oscuridad, donde gemirán
y llorarán pidiendo rescate”.
7 Entonces le dijo al
centurión: “Vuelve a tu casa, y tal como has creído tu esclavo estará sano
cuando llegues”. Y en ese mismo instante el siervo fue sanado.
La
pluma mentirosa de los sofer escribanos
8 Un sofer, escriba maestro de la Ley, se acercó a
Yehshua diciéndole: “Rabbi, te seguiré a donde quiera que vayas”; 9 mas Yehshua le
replicó: “Duro será para ti seguirme; mira que las zorras tienen sus
madrigueras y las aves tienen sus nidos, pero el Hijo de la Luz no tiene un
lugar donde descansar la cabeza”
10 Volviéndose hacia sus
discípulos dijo: “¡Ay de los sofer hipócritas que cargan a las gentes con leyes
pesadas y se enriquecen con la ignorancia de los humildes! ¿Cómo pueden
llamarse sabios de la Ley, cuando la pluma mentirosa de los escribanos ha
convertido la Ley en mentira?”
Yehshua,
Señor de los elementos
11 Pidió Yehshua pasar al
otro lado del lago y subió a una de las barcas que conducían Shimón, Andras,
Yojanán y Ya’akov. Cuando estaban en medio del lago se desató una gran tormenta
y enormes olas cubrían a la barca mientras Yehshua dormitaba. 12 Entonces sus
discípulos aterrados le despertaron diciéndole: “Señor, naufragamos y moriremos
ahogados”.
13 Con rostro severo
Yehshua les contempló y les dijo: “¿Por qué son tan cobardes, hombres de poca
fe?” Se irguió entonces y extendió sus manos hacia la tormenta diciendo: “¡Cesa
viento, aquiétense las aguas en nombre del Padre de la Vida!” Entonces se hizo
la calma y cesó el viento. 14 Sus discípulos no
podían creer lo que sus ojos veían y se decían: “¿Quién es este hombre que
hasta el viento y el furor de las olas le obedecen?”
15 Yehshua les dice
entonces: “¿De qué se maravillan? ¿No saben que con solo una pizca de fe en el
Padre del Universo no solo pueden calmar los elementos sino también hacer mover
a los montes?”
Los
endemoniados de Gadara
16 Arribaron entonces a
tierra de Gadara en la región de la Decápolis cuando se presentaron ante ellos
dos hombres en facha horrible que vivían entre las tumbas del lugar. Uno de
ellos, el más furioso se puso delante de él, echando espuma por la boca y completamente desnudo. 17 Había en el lugar un
grupo de pastores que guardaban varias piaras de cerdos que advirtieron a
Yehshua diciendo: “Tenga cuidado con ese hombre; está poseído por espíritu
maligno. Ni siquiera con cadenas se le puede sujetar, siempre logra romper las
cadenas. Nadie puede controlarlo”.
18 Yehshua le miró de
frente y ordenó: “Espíritu de la Sombra, grigori inmundo sal de estos dos
hombres”. Entonces el hombre se postró delante de Yehshua y le rogó: “¿Qué
quieres de mí hijo del Dios del Universo? Te imploro que no me atormentes”
19 Yehshua le exigió:
“Dime tu nombre”. Contestó él: “Mi nombre es Legión porque somos muchos”. 20 Los dos posesos le
imploraban que no los expulsara de la región y pidieron: “Envíanos a esos
cerdos y déjanos entrar en ellos, porque ellos son inmundos para los judíos”.
21 Yehshua les permitió
hacerlo y los espíritus de la Sombra salieron de los dos hombres y entraron en
las piaras de cerdos. Los cerdos rugían y saltaban enloquecidos y corrieron
hasta el barranco despeñándose para caer al lago y se ahogaron.
22 Los que pastoreaban a
los cerdos muy asustados corrieron a contar en el pueblo lo que había ocurrido.
Vino una multitud de Gadara para ver lo ocurrido y vieron a los dos hombres que
habían estado bajo el poder de los grigoris en sus cabales y serenos. 23 Y los porquerizos que habían visto lo
ocurrido les contaban con detalles lo que sucedió con los cerdos. 24 Asustados ante lo que
no podían comprender la gente de Gadara le exigieron a Yehshua que se marchara
de la región.
25 Cuando Yehshua subía a
la embarcación se le acercó el hombre que antes era el más violento rogándole
que le permitiera acompañarle. Pero Yehshua no se lo permitió y le dijo: “Ve a
tu casa y cuéntale a tu gente lo que la Gracia ha hecho por ti y cómo por ti
tuvo compasión”.
26 Y el hombre se fue a
la región de la Decápolis para contarles a todos lo que Yehshua había hecho por
él diciendo: “Un varón judío que debe ser un gran profeta me libró de los
demonios y salvó mi vida”, y todos los que le escuchaban quedaban maravillados.
Jairo
ruega por la salud de su hija. Yehshua sana a Verónica
27 Volvió Yehshua a la
otra orilla del lago y una gran multitud de personas le aguardaban y uno de los
principales de la sinagoga llamado Jairo vino ante él y se postró a sus pies 28 y le imploraba: “¡Oh,
Señor, ten misericordia de mí! Mi hija pequeña está muy enferma y a punto de
morir. Por favor, pon tu mano sobre ella para que sane y siga con vida”.
29 Yehshua se conmovió
con el dolor de aquel hombre y se fue con él abriéndose paso entre la multitud
que le apretujaba por todos lados.
30 En aquel tumulto había
una mujer llamada Verónica que por doce años padecía de flujo de sangre por un
desarreglo de su ciclo menstrual. Mucho dinero había gastado en médicos y
pócimas curativas pero todo había sido inútil y hasta su dolencia se había
agravado. 31 Allí en la Decápolis
Verónica había escuchado de Yehshua y pensó que él podría sanarla; pero sentía
temor de llegar hasta él porque para los judíos ella estaba impura y podía
contaminarle su impureza.
32 Temblorosa llegó hasta
Yehshua y tocó su manto pensando que tal vez así podría ser sanada. Al instante
cesó su sangramiento. 33 Entonces Yehshua dijo:
“Alguien me ha tocado, ¿quién ha sido?” Pero los que estaban a su lado negaron
y Kefa le recriminó diciéndole: “Toda la gente se aprieta contra ti ¿cómo
preguntas quién te ha tocado?”
34 Sin embargo Yehshua
insistió: “Alguien me tocó como pidiéndome algo pues sentí que de mí se
escapaba una fuerte energía”. Entonces vio a la mujer que estaba asustada y
maravillada al mismo tiempo.
35 Verónica entonces se
puso de rodillas ante él y llorando le explicó por qué le había tocado y como
de inmediato había sanado. Yehshua le sonrió y le dijo: “No temas mujer y vete
en paz, por tu fe has sido sanada”, 36 pero la mujer no se marchó sino que siguió tras de
Yehshua y nunca más se apartó de él.
37 En ese mismo momento
llegó alguien de la casa de Jairo diciéndole: “Tu hija acaba de morir. No
molestes más al rabbi”. 38 Pero Yehshua le dijo a
Jairo: “No temas, solo cree con firmeza y tu hija será sanada”.
39 Llegaron a la casa
donde todos lloraban y se lamentaban por la niña. Entonces Yehshua les dijo:
“¿Por qué lloran? La niña no está muerta solo duerme en el círculo de luz”. 40 Sin embargo todos se
burlaban de él porque sabían que la niña había muerto.
41 Yehshua fue a la
habitación donde yacía la pequeña y no permitió que nadie le acompañara salvo
los padres y Kefa, Yojanán y Ya’akov. 42 Yehshua tomó la mano de la niña y dijo:
“¡Levántate, pequeña!”. De inmediato la niña recobró la respiración y se
incorporó en el lecho.
42 “Denle de comer”
ordenó Yehshua a los maravillados padres y les pidió que no le contaran a nadie
lo que había sucedido.





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