1 Yehoshúa con toda la multitud se dirigió
hasta el Jordán. Acamparon allí por tres días; entonces los jefes de grupos le
comunicaron al pueblo que cuando vieran el Arca de la Alianza llevada por los
sacerdotes levitas sería la señal para emprender la marcha tras ella. 2 Y Yehoshúa dijo al pueblo: “Lávense y
purifíquense, porque Yahvahé hará mañana maravillas entre ustedes”.
Los
israelitas rodean a Yériho
3 Yériho estaba herméticamente cerrada
por temor a los israelitas: nadie salía ni entraba. 4 Al amanecer Yehoshúa ordenó a los
sacerdotes que tomaran el arca y junto con los guerreros, armados con todas sus
armas, rodearan toda la ciudad; y dijo: “Cuando hayan completado siete vueltas
alrededor de Yériho harán sonar con fuerza las trompetas que les he ordenado
deben llevar”.
5 Dirigiéndose a su ejército dijo:
“Cuando oigan sonar los cuernos, todo el pueblo prorrumpirá en fuertes gritos
de guerra. Entonces los muros de la ciudad caerán sobre sí mismos, y los
guerreros se lanzarán al asalto, cada uno hacia lo que tenga adelante”. 6 Esto dijo Yehoshúa para que el pueblo
creyera que Yahvahé miraba con agrado su jefatura. El conocía donde la muralla
era más débil y el modo de hacer que el muro, que era de ladrillos de adobe, se
desplomara y ya había enviado hombres a desgastar aquella parte.
7 Yehoshúa había instruido a sus guerreros
diciendo: “Ustedes consagrarán a Adonai la ciudad con todo lo que hay en ella,
exterminándola por completo. Quedarán con vida solamente Rahab, la prostituta,
y todos los que estén con ella en su casa, porque ella ocultó a los espías que
nosotros habíamos enviado. 8
No se queden para ustedes el
oro, la plata y los objetos de bronce y de hierro porque estos serán
consagrados a Yahvahé y pasarán a formar parte de su tesoro”.
9 Cuando se completó la séptima vuelta, y
luego de ver cómo se desplomaba el sector más débil de la muralla, ordenó que
sonaran los cuernos y gritó: “Lancen el grito de guerra, porque Adonai les
entrega la ciudad.
Ataque
y destrucción de Yériho
10 En seguida el ejército acometió contra
la ciudad, cada uno contra lo que tenía adelante, y la tomaron. 11 Luego condenaron al exterminio todo lo
que había en ella, pasando al filo de la espada a hombres y mujeres, niños y
ancianos, vacas, ovejas y asnos.
12 Los espías que antes habían entrado en
Yériho, corrieron donde se ocultaba Rahab y la hicieron salir junto a su padre,
a su madre, a sus hermanos y le permitieron que tomara todo lo que le
pertenecía. También hicieron salir a sus otros parientes, y los instalaron
fuera del campamento de Yisraeil.
13 Después incendiaron la ciudad y todo lo
que había en ella, salvando únicamente la plata, el oro y los objetos de bronce
y de hierro, que fueron depositados como tesoro de Yahvahé bajo el cuidado de
Yehoshúa quien desde ese momento sería su depositario.
14 Yehoshúa dejó con vida a Rahab, la prostituta,
a su familia y a todo lo que le pertenecía, y ella habitó en medio de Yisraeil
por haber ocultado a los emisarios que Yehoshúa había enviado para explorar Yériho.
Acán
viola el anatema
15 Sin embargo Acán, hijo de Carmí, de la
tribu de Judá, se había apoderado en secreto de algunos de los objetos valiosos
de Yériho.
16 Ambicionando conquistas por medio de la
espada y la lanza, Yehoshúa dirigió su mirada hacia la ciudad de Ai al Este de
Bethel. 17 Entonces envió hombres para que
sigilosamente exploraran la región y entraron en Ai, para estudiar sus
defensas.
18 Cuando estuvieron de regreso fueron a
comunicarle a Yehoshúa lo que habían comprobado en Ai, y le dijeron: “Escucha,
conductor de Yisraeil: No es necesario que se movilice toda la fuerza de tu
ejército. Dos o tres mil hombres bastan para derrotar a Ai. No fatigues a todos
haciéndolos ir hasta allá, porque ellos son muy pocos y no cuentan con poder
suficiente para enfrentar a dos mil de los nuestros”.
La
ciudad de Ai rechaza el ataque israelita
19 Eligió Yehoshúa a tres mil guerreros
que fueron contra Ai, confiados en su poder y en la creencia de que Yahvahé les
entregaría cualquier enemigo que enfrentaran. 20 Sin
embargo la ciudad de Ai se defendió fieramente y detuvo el ataque de los
hebreos, quienes sorprendidos huyeron hasta Sabarim, donde finalmente fueron
derrotados. 21 Todos los de Yisraeil se sintieron
decepcionados y angustiados.
22 Yehoshúa desgarró sus vestiduras y se
postró hasta la tarde delante del Arca sagrada, con el rostro en tierra. Los
ancianos de Yisraeil hicieron lo mismo, y todos esparcieron polvo sobre sus
cabezas.
23 Mientras tanto, Yehoshúa clamaba:
“Eli-Yah, ¿por qué permitiste que pueblo tan débil pudiera derrotarnos? ¿Acaso
hemos pecado contra ti que nos condenas a la humillación?”
Un
sacerdote delata a Acán
24 Uno de los sacerdotes se puso delante
de Yehoshúa y le dijo: “¡Levántate! ¿Por qué estás ahí postrado sobre tu
rostro? 25 Alguno de tus guerreros debe haber
desobedecido la orden de no tomar para sí el oro, la plata y los objetos de
bronce y de hierro. Yo vi a Acán de la tribu de Judá escondiendo en su tienda
algunos objetos de oro… 26 Quizá sean tomados de Yériho y, si esto
es así, habremos provocado la ira de Yahvahé”.
27 Levantándose dijo Yehoshúa: “El que sea
sorprendido en posesión de los objetos condenados al exterminio, será quemado
con todos sus bienes porque ha desobedecido la orden que di y ha cometido una
infamia en Yisraeil. 28 Convoquemos al pueblo y cuando estén
todos reunidos, tú lanzarás suertes de modo que caiga sobre la tribu de Judá”.
Yehoshúa
asesina al jefe de los exploradores a Ai
29 Después de esto Yehoshúa mandó a que le
llevaran hasta su carpa al hombre que estuvo al mando del grupo de exploradores
enviados a Ai y le había dado un informe equivocado sobre las defensas de
aquella ciudad. 30 Cuando le tuvo delante, Yehoshúa le
dijo: “Faltaste en lo que se te encomendó en Ai. Descuidaste la exploración y
luego viniste a asegurarme que los de Ai eran pocos y sin fuerzas. ¿Por qué lo
hiciste?”
31 El hombre echándose ante los pies de
Yehoshúa le imploró: “Reconozco mi error, he cometido grave falta, porque fui
descuidado y desde lejos observé las murallas de Ai y pequé de descuido… 32 Pero escúchame, ¿acaso Yahvahé no está
de nuestra parte y no hay enemigo que pueda derrotarnos?”
33 Lleno de ira contestó Yehoshúa:
“¡Necio! ¿No sabes que la ayuda de Yahvahé está en hacer bien los cálculos y en
aprovechar las debilidades de nuestros enemigos? 34 Puesto que confiaste en que Yahvahé y
no nuestra inteligencia nos daría la victoria; por el mismo Yahvahé yo te
condeno”. Entonces de modo súbito clavó su lanza en el pecho del hombre
traspasándole.
Yehoshúa
ordena echar suerte sobre los jefes de tribus
35 Luego Yehoshúa llamó a sus oficiales y
les ordenó: “Mañana por la mañana reúnan a todas las tribus de Yisraeil para de
entre ellas encontrar donde está la trasgresión del mandato que di. Se echará
suerte sobre cada una de ellas; la que Adonai señale por medio de la suerte recibirá
el debido escarmiento, si aquel que violó el anatema no se presenta”.
36 Al amanecer, bien temprano, Yehoshúa
hizo que Yisraeil se fuera acercando tribu por tribu, mientras el sacerdote
instruido por él echaba suertes sobre las cabezas de los jefes de tribus y la
suerte cayó sobre Judá.
37 Yehoshúa exclamó entonces: “¡Adonai ha
hablado y el pecado está en Judá! Uno de los hijos de Judá es culpable de la
ira de Yahvahé que nos entregó en manos de Ai. Si el culpable no confiesa su
pecado, diezmada será Judá hasta que Adonai aparte su ira de nosotros”. 38 Todos los de Judá estaban atemorizados
y unos a otros se miraban con recelo. Entonces una de las hijas de Judá se puso
delante de todos y le dijo al conductor de Yisraeil: “Conductor de nuestro
pueblo, no castigues a inocentes por culpables. Será mejor que interrogues a
Acán hijo de Carmí, porque yo le vi guardando un manto lujoso”.
Acán
confiesa su culpa
39 Trajeron pues a Acán frente a Yehoshúa
y este le exhortó a que confesara, diciendo: “¡Ay, Acán, hijo mío! Dale gloria a
Adonai, el Dios de Yisraeil, y tribútale homenaje. Dime si fuiste tú y nada me
ocultes”.
40 Acán respondió a Yehoshúa: “Es verdad
lo que ha dicho esta mujer, he pecado contra Eli-Yah, el Dios de Yisraeil. Esto
es lo que hice: 41
Yo vi entre el botín un
hermoso manto de Senaar, doscientos siclos de plata y un lingote de oro que
pesa cincuenta siclos; me gustaron y los guardé. Ahora están escondidos en la
tierra, en medio de mi carpa, y la plata está debajo”.
42 Yehoshúa envío a dos emisarios, que
fueron corriendo a la carpa, y encontraron el manto que estaba escondido en ella,
y la plata debajo de él. 43
En seguida retiraron las
cosas de la carpa, se las presentaron a Yehoshúa y a todos los israelitas, y
las extendieron delante del arca santa.
Acán
y toda su familia son apedreados
44 Entonces Yehoshúa tomó a Acán con la
plata, el manto y el lingote de oro, a sus hijos y sus hijas, sus vacas, sus
ovejas y sus asnos, su carpa y todo lo que poseía, y los condujo fuera del
campamento, acompañado de todo el pueblo.
45 Allí le dijo Yehoshúa: “Tú nos trajiste
la desgracia. Que Adonai te haga desgraciado en este día”. Y todo el pueblo lo
mató a pedradas; también apedrearon a los suyos y los quemaron.



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