Somos cuerpo somático y cuerpo
espiritual. Lo somático es nuestro cuerpo mortal. Nuestro cuerpo espiritual
está formado por alma y espíritu. El espíritu es nuestra energía vital; la
energía vibrante, componente de los materiales del universo que insufló Dios
con su aliento para originar la vida.
El alma es una creación de Dios para la
eternidad, y esencia de Sí mismo; es inteligencia, sabiduría, comprensión, sentimientos
y eternidad, porque Dios hizo el alma humana a su imagen y semejanza cuando
apartó al hombre de la condición de bestia. Al hombre, dotado de alma, Dios le
concedió, además, sentidos, imaginación, voluntad, entendimiento, libertad y
razón, capacidades ejercidas por medio de su cerebro.
Al cesar la vida, el espíritu vuelve a
Dios, a su fuente primaria; el alma trasciende para comparecer ante el Juicio
Divino.
Dios es energía vibrante, fuerza
inefable, Suprema Inteligencia, Infinitud y Eternidad. Dios es espíritu y su
espíritu está presente en los astros, en la tierra, en la vida orgánica. Todo
no es Dios, pero Dios es Todo. En todo está Dios, pero Dios es solo Uno, en la
unidad de tres manifestaciones, la Inteligencia, la Palabra y la Sabiduría,
como el Padre, como el Hijo, como Espíritu Santo.
Nuestro yo, tiene tres componentes: Perecederos,
temporales y eternos.
Somos perecederos porque nuestro cuerpo
material está condenado a la muerte y a la descomposición; somos temporales,
porque nuestra fuerza vital se va disipando con el tiempo, transcurriendo por
la vejez y concluyendo en la muerte; somos eternos por cuanto nuestra alma es
siempre trascendental y está más allá de la vida y de la muerte.
El cordón que nos une a Dios es nuestro
espíritu, nuestra fuerza, nuestra energía vital y vibrante. A través de nuestro
espíritu, nuestra alma y nuestra mente pueden acceder a Dios, estableciendo con
El un poderoso vínculo espiritual. Dios en esencia es Espíritu y a El debemos
adorar en alma y espíritu.
Este contacto con Dios, en adoración, es
la espiritualidad y así, por su intermedio como acto noético, accedemos al
conocimiento de Dios. No por los sentidos ni tampoco por el ejercicio del
razonamiento podemos identificar a Dios. No por el ascetismo y el auto
aislamiento del mundo donde vivimos alcanzamos la realidad divina. A dios se
llega construyendo en nuestro yo la espiritualidad.
Como en cualquier otra especie viviente en
el ser humano existe el instinto de conservación de la vida; pero en él, a
diferencia de los animales, este instinto va más allá del límite biológico de
la existencia. En nosotros existe otro instinto, único de nuestra especie, el
instinto de trascendencia, el rechazo a la muerte, el intento de superar la
muerte. Es la subsistencia más allá de la vida presente. Instinto que está
inscripto en nuestra mente estelar, dentro del alma y del espíritu. Este
instinto de sobrevivir nos impulsa a buscar la razón del por qué existimos, del
por qué somos y presentir que lejos de la verdad parcial del mundo presente
existe una Verdad Absoluta. No por los sentidos, no por el discurso racional se
asciende hasta el plano, hasta la dimensión donde se aloja la Verdad Absoluta,
sino por el sendero de la espiritualidad.
Como dice Alejandro Rozitchner, aunque
desde una perspectiva agnóstica: “La
espiritualidad tiene que ver con el sentido pleno, con la visión elevada, pero
esa plenitud y esa elevación convocan a una perspectiva que, si bien tiene su
dificultad, no admite el cultivo del reparo, la objeción y el reproche que
suele caracterizar a muchos planteos que se afincan en el campo de la
espiritualidad buscando una pureza imposible”. (Alejandro Rozitchner. “¿Qué es la espiritualidad?” La Nación,
7 de septiembre de 2012)
Por la espiritualidad no alcanzamos la
perfección; porque aun nuestra alma, por muy elevada que sea, tiene máculas. La
espiritualidad es el lenguaje del alma y el espíritu para entablar un diálogo
con la Suprema Inteligencia; no obstante, por medio de ese diálogo
evolucionamos espiritualmente y podemos con la práctica entender lo que hay de
esotérico en las enseñanzas recogidas por los escritos.
Para acceder al estado de espiritualidad
se requiere cumplir previamente dos importantes pasos: En primer lugar,
integrar en un todo dentro de nuestra consciencia las enseñanzas que se guardan
en los escritos, no solo de aquellos recogidos en una colección particular;
sino en toda la producción de escrituras inspiradas y dispersas dentro de las
enseñanzas de sabios de todas las latitudes, que no estén en contradicción con
los principios fundamentales de las enseñanzas del Dios único y eterno, amor a
la Suprema Inteligencia, amor a todos nuestros hermanos, fieles o infieles, amor
a la naturaleza obra de Dios y acatamiento al derecho y a la justicia. En
segundo lugar, conocernos a nosotros mismos.
Toma un tiempo y dedícalo en la
tranquilidad para leer los escritos. Harás una lectura comprensiva, razonado
cada frase, interpretándola según tu propio juicio, sin intención de crear
doctrina, sino digiriéndola como pensamiento propio tuyo. Estudiar los escritos
no es recordar pasajes con capítulos y versículos para ligarlos con otros expresados
en otro contexto. Cada pasaje escrito tiene su propio sentido; cada uno tiene
su propia enseñanza.
¡Ah, lo más difícil es el conocimiento
propio, personal! Entreguémonos a una meditación activa que nos permita
realizar un introspectivo auto análisis. Despojémonos primero de las apariencias
que de nosotros mismos tenemos y que presentamos de nosotros a las demás
personas. Pongamos ante nuestra conciencia con sinceridad y balance cuáles son
nuestras plenitudes y cuáles nuestras deficiencias; como reaccionamos ante
determinadas acciones o estímulos; como nos desenvolvemos en nuestra vida y
como interactuamos con el medio social donde convivimos.
Desde el mismo instante en que nacemos
comienza nuestra educación conformada por patrones importados de otros, obtenida
de experiencias vividas, favorables o negativas, recibida del medio en que nos
desenvolvemos, de amigos, de maestros, de lo que hemos leído o escuchado.
Pensamos, pues, de la manera en que hemos sido educados, sentimos y actuamos
según esa educación.
Debemos analizarnos fríamente, con la
fría meticulosidad del entomólogo que estudia las características de un
insecto. Observación y atención. Observar con atención lo que hacemos, lo que
decimos, lo que hablamos. Observar con atención qué nos produce miedo; qué,
odio; qué nos inspira placer y amor. ¿Nos mueve en todo, la vanidad, la
presunción, el egoísmo y hasta la envidia?
Nuestro Yo es la conjunción de nuestro
Ego y de nuestra espiritualidad. Cuando nos analizamos interiormente estamos
descubriendo nuestro Ego para deslindarle de nuestra espiritualidad. Con la
espiritualidad no destruimos el Yo; pero por el conocimiento de una mismo podemos
trasformar nuestro Ego.
Alcanzamos la plena espiritualidad
cuando seamos capaces de poner un dique de separación entre el Ego y nuestra
estructura de alma-espíritu. Por la espiritualidad accedemos a la paz al dejar
a un lado nuestras características psicológicas de la personalidad, nuestros
miedos y nuestras ansiedades, nuestros rasgos negativos, como el odio, la
discriminación, el fanatismo, el egoísmo y la envidia, sin dejarnos afectar por
sensaciones o influencias externas.
Perfeccionamos nuestra espiritualidad
por medio de la meditación, de la oración y del ejercicio, transcurriendo por
diferentes etapas de desarrollo.
La oración ha de surgir de lo profundo
de nuestras almas. Orar no es decir palabras, pues las palabras solo son
sonidos, es sentir lo que está implícito e inserto en la palabra pronunciada de
viva voz o pronunciada mentalmente, porque para Dios no hay diferencia y él es
capaz de ver lo que hay dentro de nosotros y escudriñar lo íntimo del
pensamiento.
Con las enseñanzas de Dios insertadas
dentro de nuestras estructuras mentales y con nuestra capacidad para separar el
Ego de nuestros componentes espirituales, generamos nuestra capacidad de adorar
a Dios en espíritu.

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