lunes, 25 de agosto de 2014

ESPIRITUALIDAD


Somos cuerpo somático y cuerpo espiritual. Lo somático es nuestro cuerpo mortal. Nuestro cuerpo espiritual está formado por alma y espíritu. El espíritu es nuestra energía vital; la energía vibrante, componente de los materiales del universo que insufló Dios con su aliento para originar la vida.

El alma es una creación de Dios para la eternidad, y esencia de Sí mismo; es inteligencia, sabiduría, comprensión, sentimientos y eternidad, porque Dios hizo el alma humana a su imagen y semejanza cuando apartó al hombre de la condición de bestia. Al hombre, dotado de alma, Dios le concedió, además, sentidos, imaginación, voluntad, entendimiento, libertad y razón, capacidades ejercidas por medio de su cerebro.

Al cesar la vida, el espíritu vuelve a Dios, a su fuente primaria; el alma trasciende para comparecer ante el Juicio Divino.

Dios es energía vibrante, fuerza inefable, Suprema Inteligencia, Infinitud y Eternidad. Dios es espíritu y su espíritu está presente en los astros, en la tierra, en la vida orgánica. Todo no es Dios, pero Dios es Todo. En todo está Dios, pero Dios es solo Uno, en la unidad de tres manifestaciones, la Inteligencia, la Palabra y la Sabiduría, como el Padre, como el Hijo, como Espíritu Santo.

Nuestro yo, tiene tres componentes: Perecederos, temporales y eternos.

Somos perecederos porque nuestro cuerpo material está condenado a la muerte y a la descomposición; somos temporales, porque nuestra fuerza vital se va disipando con el tiempo, transcurriendo por la vejez y concluyendo en la muerte; somos eternos por cuanto nuestra alma es siempre trascendental y está más allá de la vida y de la muerte.

El cordón que nos une a Dios es nuestro espíritu, nuestra fuerza, nuestra energía vital y vibrante. A través de nuestro espíritu, nuestra alma y nuestra mente pueden acceder a Dios, estableciendo con El un poderoso vínculo espiritual. Dios en esencia es Espíritu y a El debemos adorar en alma y espíritu.

Este contacto con Dios, en adoración, es la espiritualidad y así, por su intermedio como acto noético, accedemos al conocimiento de Dios. No por los sentidos ni tampoco por el ejercicio del razonamiento podemos identificar a Dios. No por el ascetismo y el auto aislamiento del mundo donde vivimos alcanzamos la realidad divina. A dios se llega construyendo en nuestro yo la espiritualidad.

Como en cualquier otra especie viviente en el ser humano existe el instinto de conservación de la vida; pero en él, a diferencia de los animales, este instinto va más allá del límite biológico de la existencia. En nosotros existe otro instinto, único de nuestra especie, el instinto de trascendencia, el rechazo a la muerte, el intento de superar la muerte. Es la subsistencia más allá de la vida presente. Instinto que está inscripto en nuestra mente estelar, dentro del alma y del espíritu. Este instinto de sobrevivir nos impulsa a buscar la razón del por qué existimos, del por qué somos y presentir que lejos de la verdad parcial del mundo presente existe una Verdad Absoluta. No por los sentidos, no por el discurso racional se asciende hasta el plano, hasta la dimensión donde se aloja la Verdad Absoluta, sino por el sendero de la espiritualidad.

Como dice Alejandro Rozitchner, aunque desde una perspectiva agnóstica: “La espiritualidad tiene que ver con el sentido pleno, con la visión elevada, pero esa plenitud y esa elevación convocan a una perspectiva que, si bien tiene su dificultad, no admite el cultivo del reparo, la objeción y el reproche que suele caracterizar a muchos planteos que se afincan en el campo de la espiritualidad buscando una pureza imposible”. (Alejandro Rozitchner. “¿Qué es la espiritualidad?” La Nación, 7 de septiembre de 2012)

Por la espiritualidad no alcanzamos la perfección; porque aun nuestra alma, por muy elevada que sea, tiene máculas. La espiritualidad es el lenguaje del alma y el espíritu para entablar un diálogo con la Suprema Inteligencia; no obstante, por medio de ese diálogo evolucionamos espiritualmente y podemos con la práctica entender lo que hay de esotérico en las enseñanzas recogidas por los escritos.

Para acceder al estado de espiritualidad se requiere cumplir previamente dos importantes pasos: En primer lugar, integrar en un todo dentro de nuestra consciencia las enseñanzas que se guardan en los escritos, no solo de aquellos recogidos en una colección particular; sino en toda la producción de escrituras inspiradas y dispersas dentro de las enseñanzas de sabios de todas las latitudes, que no estén en contradicción con los principios fundamentales de las enseñanzas del Dios único y eterno, amor a la Suprema Inteligencia, amor a todos nuestros hermanos, fieles o infieles, amor a la naturaleza obra de Dios y acatamiento al derecho y a la justicia. En segundo lugar, conocernos a nosotros mismos.

Toma un tiempo y dedícalo en la tranquilidad para leer los escritos. Harás una lectura comprensiva, razonado cada frase, interpretándola según tu propio juicio, sin intención de crear doctrina, sino digiriéndola como pensamiento propio tuyo. Estudiar los escritos no es recordar pasajes con capítulos y versículos para ligarlos con otros expresados en otro contexto. Cada pasaje escrito tiene su propio sentido; cada uno tiene su propia enseñanza.

¡Ah, lo más difícil es el conocimiento propio, personal! Entreguémonos a una meditación activa que nos permita realizar un introspectivo auto análisis. Despojémonos primero de las apariencias que de nosotros mismos tenemos y que presentamos de nosotros a las demás personas. Pongamos ante nuestra conciencia con sinceridad y balance cuáles son nuestras plenitudes y cuáles nuestras deficiencias; como reaccionamos ante determinadas acciones o estímulos; como nos desenvolvemos en nuestra vida y como interactuamos con el medio social donde convivimos.

Desde el mismo instante en que nacemos comienza nuestra educación conformada por patrones importados de otros, obtenida de experiencias vividas, favorables o negativas, recibida del medio en que nos desenvolvemos, de amigos, de maestros, de lo que hemos leído o escuchado. Pensamos, pues, de la manera en que hemos sido educados, sentimos y actuamos según esa educación.

Debemos analizarnos fríamente, con la fría meticulosidad del entomólogo que estudia las características de un insecto. Observación y atención. Observar con atención lo que hacemos, lo que decimos, lo que hablamos. Observar con atención qué nos produce miedo; qué, odio; qué nos inspira placer y amor. ¿Nos mueve en todo, la vanidad, la presunción, el egoísmo y hasta la envidia?

Nuestro Yo es la conjunción de nuestro Ego y de nuestra espiritualidad. Cuando nos analizamos interiormente estamos descubriendo nuestro Ego para deslindarle de nuestra espiritualidad. Con la espiritualidad no destruimos el Yo; pero por el conocimiento de una mismo podemos trasformar nuestro Ego.

Alcanzamos la plena espiritualidad cuando seamos capaces de poner un dique de separación entre el Ego y nuestra estructura de alma-espíritu. Por la espiritualidad accedemos a la paz al dejar a un lado nuestras características psicológicas de la personalidad, nuestros miedos y nuestras ansiedades, nuestros rasgos negativos, como el odio, la discriminación, el fanatismo, el egoísmo y la envidia, sin dejarnos afectar por sensaciones o influencias externas.

Perfeccionamos nuestra espiritualidad por medio de la meditación, de la oración y del ejercicio, transcurriendo por diferentes etapas de desarrollo.

La oración ha de surgir de lo profundo de nuestras almas. Orar no es decir palabras, pues las palabras solo son sonidos, es sentir lo que está implícito e inserto en la palabra pronunciada de viva voz o pronunciada mentalmente, porque para Dios no hay diferencia y él es capaz de ver lo que hay dentro de nosotros y escudriñar lo íntimo del pensamiento.


Con las enseñanzas de Dios insertadas dentro de nuestras estructuras mentales y con nuestra capacidad para separar el Ego de nuestros componentes espirituales, generamos nuestra capacidad de adorar a Dios en espíritu.

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