Primera
Parte
Al
Capítulo 1:
El Tanaj o Antiguo Testamento se mueve
alrededor de hombres poderosos y ricos en caudales, de reyes y patriarcas, como
David, Shalomom, Abraham y Job, el pueblo humilde se presenta siempre como “pueblo”
o “hijos de Ya’acov” sin tener una participación significativa en los relatos bíblicos.
Yahvahé, en el Antiguo Testamento se dirige solo a los poderosos, bien para premiarles
o para castigarles. En ocasiones elije a alguien humilde para transmitir su
palabra, como es el caso de Eliyahu (Elías) o David, aunque David era pastor de
los rebaños de su padre.
Moshé fue educado lejos de las castas
humildes, dentro del palacio del nesu (faraón) y le convierte en líder del
pueblo. Luego Yehoshúa (Josué) es elevado al mando de toda la nación israelí.
Tanto Moshé como Yehoshúa tuvieron poder ilimitado, con las mismas atribuciones
de los que hoy llamamos caudillos.
El protagonismo de los humildes se inicia
con la predicación en el desierto de Yojanán el Bautista y con toda la misión
de amor conducida por Yehshua, quien elige como sus enviados, como sus
mensajeros a humildes pescadores y trabadores.
El Libro de Job, describe a un hombre
poderoso en riquezas que poseía “7.000
ovejas, 3.000 camellos, quinientas yuntas de bueyes, quinientas asnas y una
servidumbre muy numerosa”. Este hombre sería probado con sus riquezas.
El autor del relato, ficticio en los
hechos, pero inspirado como sapiencial, tiene presente los usos de su época y
presenta a Yahvahé, Suprema Inteligencia, como un rey presidiendo su corte; por
eso ante él se presentan los “hijos de Dios” para rendirle informes.
Ante Dios, se presenta también un
personaje, que para los cristianos puede ser perturbador, el Satán, y Dios le
pregunta: “¿De dónde vienes?” y el Satán le responde: “De recorrer la tierra y
pasearme por ella”. Luego Yahvahé
pregunta al Satán: “¿No te has fijado en
mi siervo Job? ¡No hay nadie como él en la tierra; es un hombre cabal, recto,
que teme a Dios y se aparta del mal!”
Los judíos consideraban a Dios, como un
Dios celoso que castigaba el pecado hasta la cuarta generación y que sus
castigos se sufrían en la vida del pecador, de aquí la expresión “temor a Dios”.
Por este motivo que Job, cuando terminaban los jolgorios de sus siete hijos y
tres hijas “les mandaba a llamar para purificarlos” y ofrendaba holocaustos a
favor de sus hijos, diciéndose: “Acaso
mis hijos hayan pecado y maldecido a Dios en su corazón”.
El Satán que se presente ante la corte
de Yahvahé no es precisamente el Ahriman, el Maligno, se le denomina en hebreo
Ha-Satan, el Satán, es decir, “el acusador”. El Satán, no es el nombre de un
personaje, sino el nombre de una distinción, de un cargo; en este caso, el
cargo de acusador.
Y el acusador le replica a Dios: “¿Es que Job teme a Dios de balde? ¿No has
levantado tú una valla en torno a él, a su casa y a todas sus posesiones? Has
bendecido la obra de sus manos y sus rebaños hormiguean por el país. Pero
extiende tu mano y toca todos sus bienes; ¡verás si no te maldice a la cara!”
Yahvahé recoge el reto y le dice al acusador, a Ha-Satán: “Ahí tienes todos sus bienes en tus manos. Cuida sólo de no poner tu
mano en él”.
Dios acepta que Job sea probado en su
fidelidad; pero no él, sino el acusador es el que somete a Job a duras pruebas.
Dios no prueba, no tienta a los seres humanos. Esta función está en manos del Ahriman;
prueba al género humano para apartarle del amor a Dios.
Y todas las desgracias caen con violencia
sobre Job, perdiendo en un mismo día. “Tus
bueyes estaban arando y las asnas pastando cerca de ellos; de pronto
irrumpieron los sabeos y se los llevaron, y a los criados los pasaron a
cuchillo (…) Cayó del cielo el fuego de Dios (rayos), que quemó las ovejas y
pastores hasta consumirlos (…) Los
caldeos, divididos en tres cuadrillas, se lanzaron sobre los camellos, se los
llevaron, y a los criados los pasaron a cuchillo (…) Tus hijos y tus hijas estaban comiendo y bebiendo en casa del hermano
mayor. De pronto sopló un fuerte viento
del lado del desierto y sacudió las cuatro esquinas de la casa; y ésta se
desplomó sobre los jóvenes, que perecieron”.
Sin embargo, a pesar de mostrar su dolor
y pesadumbre, Job no profiere palabra contra Dios y dice: “Desnudo salí del seno de mi madre, desnudo allá retornaré. Yahvahé dio,
Yahvahé quitó: ¡Sea bendito el nombre de Yahvahé!”
En ocasiones, cuando nos vienen
contingencias desagradables, normales en la vida, perdemos el empleo, sufrimos
nosotros o alguno de nuestros seres queridos de una terrible enfermedad y hasta
la pérdida definitiva de uno de ellos; e incluso frente a situaciones adversas
sin connotaciones de desgracia, nos desesperamos y renegamos de Dios; perdemos
las esperanzas y decimos: “¿Dónde está Dios que ha permitido que esto
ocurriera?”, en lugar de implorar su amparo. No oramos pidiendo la ayuda del
Padre de la Vida ante situaciones que pueden tener solución.
No nos resignamos para aceptar que somos
mortales y que la muerte no mira edad ni condición. Olvidamos que Dios nos da
rescate aún después de muertos; que nos ofrece la posibilidad de reiniciar
nuevos ciclos de vida. Pensemos como Job: “Dios
nos da, y si Dios nos quita: ¡Bendito sea por siempre Dios!”
Al Capítulo 2:
Ahora Yahvahé se siente satisfecho de
Job, porque no ha proferido palabra de blasfemia y se lo dice a Ha-Satan: “¡No hay nadie como Job en la tierra: es un
hombre cabal, recto, que teme a Dios y se aparta del mal! Aún persevera en su
entereza, y bien sin razón me has incitado contra él para perderle”. Pero
el acusador le replica: “¡Piel por piel!
¡Todo lo que el hombre posee lo da por su vida! Pero extiende tu mano y toca
sus huesos y su carne; ¡verás si no te maldice a la cara!” Y Yahvahé
autoriza al Satán que aumente sus pruebas sobre Job.
El Satán hirió entonces a Job con “una llaga maligna desde la planta de los
pies hasta la coronilla de la cabeza”. Y Job, sin perder la resignación,
tomó un rascador y fue a sentarse sobre cenizas. La mujer de Job, afectada por
tantas pérdidas increpa a Job, diciéndole: “¿Todavía
perseveras en tu entereza? ¡Maldice a Dios y muérete!” Ella no soporta más;
su fe en Dios es débil y ante tanta desgracia solo atina a maldecir a Dios.
Job recrimina a su mujer, y le dice: “Hablas como una estúpida cualquiera. Si
aceptamos de Dios el bien, ¿no aceptaremos el mal?”
Cuando todo nos sonríe nos sentimos
felices y ante los otros alabamos a Dios; pero muchas veces sin darle gracias
por los bienes con que nos bendice.
Tres amigos de Job, Elifaz de Temán,
Bildad de Súaj y Sofar de Naamat, cuando se enteraron de las desgracias que
sufría Job salieron de donde vivían y fueron a acompañarle para condolerse de
él y consolarle.
Al
Capítulo 3:
Job es un ser humano, y aunque se resigna
ante Dios y no profiere palabras de reproches al Padre de la Vida, no por eso
deja de sentir todo el peso de su desgracia y prorrumpe en lamentos maldiciendo
a su propia vida. ¿Para qué nació?, esa es su interrogante. Y se lamenta de
haber nacido; que el día en que nació se haga tinieblas y “no lo requiera Dios desde lo alto, ni brille sobre él la luz (…) ¿Por qué
no morí cuando salí del seno, o no expiré al salir del vientre? ¿Por qué me
acogieron dos rodillas?, ¿por qué hubo dos pechos para que mamara? Pues ahora
descansaría tranquilo, dormiría ya en paz…” La tumba es para él, alivio a
sus tormentos: “Allí acaba la agitación de los malvados, allí descansan los
exhaustos (…) Chicos y grandes son allí
lo mismo, y el esclavo se ve libre de su dueño”.
Se siente como aquellos “que se alegran ante el túmulo y exultan
cuando alcanzan la tumba” El mismo se considera como “un hombre que ve cerrado su camino, y a quien Dios tiene cercado”.
Y lamenta: “No hay para mí tranquilidad
ni calma, no hay reposo: turbación es lo que llega”.
La prueba es terrible y solo hay
desesperación en el alma del hombre.
Al
Capítulo 4:
Elifaz de Temán, recrimina a Job
diciéndole al verle abatido: “tú dabas
lección a mucha gente, infundías vigor a las manos caídas; tus razones
sostenían al que vacilaba, robustecías las rodillas endebles. Y ahora que otro
tanto te toca, te deprimes, te alcanza el golpe a ti, y todo te turbas”.
¿Por qué te abates? “¿No es tu confianza la piedad, y tu
esperanza tu conducta intachable? ¡Recuerda! ¿Qué inocente jamás ha perecido?,
¿dónde han sido los justos extirpados? Así lo he visto: los que labran maldad y
siembran vejación, eso cosechan. Bajo el aliento de Dios perecen éstos,
desaparecen al soplo de su ira”.
Luego viendo en Job alguna culpa por la
que Dios le ha condenado, agrega: “¿Es
justo ante Dios algún mortal?, ¿ante su Hacedor es puro un hombre? Si no se fía
de sus mismos servidores, y aun a sus ángeles achaca desvarío, ¡cuánto más a
los que habitan estas casas de arcilla, ellas mismas hincadas en el polvo! Se
les aplasta como a una polilla; de la noche a la mañana quedan pulverizados.
Para siempre perecen sin advertirlo nadie; se les arranca la cuerda de su
tienda, y mueren privados de sabiduría”.
A
los Capítulos 5, 6 y 7:
Elifaz no puede aceptar que un hombre
justo sufra en vida tantas desgracias; solo los malvados, los pecadores padecen
en vida sus errores. El, como Job solo ven el descanso en el Seol, no tienen
conocimiento de que el alma es inmortal y trasciende al juicio de los ángeles y
de Dios, para recibir lo que en justicia les corresponde.
Entonces le reclama a Job: “¡Llama, pues! ¿Habrá quien te responda?; ¿a
cuál de los santos vas a dirigirte? En verdad el enojo mata al insensato, la
pasión hace morir al necio. Yo mismo he visto al insensato echar raíces, y sin
tardar he maldecido su morada: ¡Estén sus hijos lejos de toda salvación, sin
defensor hollados en la Puerta! Su
cosecha la devora un hambriento, pues Dios se la quita de los dientes, y los
sedientos absorben su fortuna. No,
no brota la iniquidad el polvo, ni germina del suelo la aflicción.
Es
el hombre quien la aflicción engendra, como levantan el vuelo los hijos del
relámpago”.
Ve a Job culpable de alguna falta por la
que Dios intenta corregirle y le reclama: “¡Oh
sí, feliz el hombre a quien corrige Dios! ¡No desprecies, pues, la lección de
Sadday! Pues él es el que hiere y el
que venda la herida, el que llaga y luego cura con su mano…”
Elifaz, no obstante, pretende darle
consuelo a Job y pensando que Dios está corrigiendo a Job por alguna falta le
invita a no despreciar la lección que está recibiendo. Y le recomienda: “A ti te toca escuchar y aprovecharte”.
Ciertamente, Dios es amor y siempre está dispuesto al perdón; pero no es padre
consentidor. Como padre nuestro, nos ama y nos educa por medio de su palabra y
ante nuestros errores, como cualquier padre humano con sus hijos, nos corrige. Él
nos coloca ante las consecuencias de nuestros errores o desobediencias, nos
hace dar tropiezos, nos priva de algún bien que anhelamos, para que meditemos y
comprendamos por qué algo no nos sale bien, por qué algo se nos dificulta.
Pero en Job no había pecado y sin
embargo está sometido a pruebas terribles que el amigo no acaba de comprender
sus causas.
Job se lamenta: “¡Ah, si pudiera pesarse mi aflicción, si mis males se pusieran en la
balanza juntos! Pesarían más que la arena de
los mares: por eso mis razones se desmandan”.
Aclara al amigo que no entiende por qué se siente tan desconsolado; su
aflicción es tan grande que no puede evitar caer en la depresión, que no pueda sentir deseos de morir: “¡Ojalá se realizara lo que pido, que Dios
cumpliera mi esperanza, que él consintiera en
aplastarme, que soltara su mano y me segara!” El no pretende escapar de lo que ve
como decisión divina en su caso, solo quiere que Dios le libre de sus sufrimientos
concediéndole la muerte, y dice:
“Tendría
siquiera este consuelo, exultaría de gozo en mis tormentos crueles, por no
haber eludido los decretos del Santo”.
Entonces Job reclama a sus amigos
diciéndoles que le ven algo horrible y por ello se amedrentan: “¿He dicho
acaso: Dadme algo, haced regalos por mí de vuestros bienes; arrancadme
de la mano de un rival, de la mano de tiranos rescatadme?” Les pide entonces
que le expliquen en qué se ha equivocado, cuando reconoce que se siente
desesperado: “Instruidme, que yo me
callaré; hacedme ver en qué me he equivocado.
¡Qué
dulces son las razones ecuánimes!, pero, ¿qué es lo que critican vuestras
críticas?”
Fácil es criticar cuando no se está verdaderamente en lugar del sufriente: “¿Intentáis criticar sólo palabras, dichos
desesperados que se lleva el viento?”
Al
Capítulo 8:
Ahora habla Bildad de Súaj y aunque
considera como Elifaz que Job está sufriendo un castigo proveniente de Yahvahé
por sus pecados, expresa verdades inspiradas: “¿Acaso Dios tuerce el derecho, Sadday pervierte la justicia?”,
dice. Dios es fiel al derecho y amparo a la justicia. Este es el fundamento de
sus enseñanzas. Para Dios los sacrificios, las peregrinaciones, las demostraciones
públicas de piedad nada significan frente al acatamiento al derecho y a la
justicia.
Bildad le aconseja a Job diciéndole: “Mas si tú a Dios recurres e
imploras a Sadday, si eres irreprochable y
recto, desde ahora él velará sobre ti y restaurará tu morada de justicia”. Dios ampara a los que tienen una
conducta irreprochable y siguen los caminos trazados por su divina
inteligencia, A los que recurren a su justicia y le imploran su protección, Dios
no los desampara; porque Él es fiel a su palabra.
Pone de ejemplo al junco que rápidamente
se marchita cuando carece de agua y lo compara con los que reniegan de Dios: “Tal es el fin de los que a Dios olvidan
(marchitarse), así fenece la esperanza
del impío. Su confianza es un hilo
solamente, su seguridad una tela de araña”.
Luego afirma: “No, Dios no rechaza al
íntegro, ni da la mano a los malvados”.
A los Capítulos 9 y 10:
La duda aparece en la conciencia de Job.
No duda de Dios, no le reclama, sino que se siente conturbado entre la pregunta
que así mismo se hace, ¿soy culpable o estoy libre de culpa?: “Dios no cede en su cólera: bajo él quedan
postrados los esbirros de Ráhab. ¡Cuánto menos podré yo defenderme y rebuscar
razones frente a él! Aunque tuviera razón, no
hallaría respuesta, ¡a mi juez tendría que suplicar!
Y
aunque le llame y me responda, aún no creo que escuchará mi voz (…) Si
me creo justo, su boca me condena, si intachable, me declara perverso.
¿Soy intachable? ¡Ni yo mismo me conozco, y
desprecio mi vida! Pero todo da igual, y por
eso digo: él extermina al intachable y al malvado”.

No hay comentarios:
Publicar un comentario