Creo en una sola
comunidad y fraternidad cristiana, de encuentro espiritual de los creyentes,
sin templos construidos por mano de hombre, sin jerarquías ni castas
sacerdotales, donde todos los creyentes son sacerdotes del Espíritu Universal.
(Credo de los Seguidores de la Luz)
IV
Un encuentro espiritual y sin templos construidos por mano de hombre.
En la antigüedad los pueblos con cierto
grado de civilización levantaban moradas a sus dioses, o templos (del latín templum voz derivada del griego τέμενος,
témenos, que significa “recinto
sagrado”) donde se creía que las divinidades, a las que se les dedicaban,
habitaban, moraban entre de sus paredes.
Los primeros templos construidos
surgieron en Egipto a partir del Imperio Antiguo (2700-2200 a. C) primero como simples
capillas de techo arqueado y paredes de adobe, hasta llegar alcanzar sus
monumentales características de edificaciones de piedra en épocas del Imperio
Nuevo (1550-1070 a. C.). Estos templos eran considerados por los egipcios como
“mansión de un dios” y su recinto más importante era el naos o per ur en lengua egipcia, el sancta sanctorum, donde se alojaba una imagen de culto o la
estatua del dios al cual se dedicaba el templo.
En la antigua Babilonia se levantaron
templos a los dioses, los zigurats, en forma de colosales escaleras erigidas
para alcanzar a los dioses, los que, según las creencias babilónicas, habitaban
en lo alto de las montañas y ofrecerles un nuevo aposento.
Los hebreos, menos pretensiosos que los
egipcios y los babilónicos, se conformaron, en los primeros tiempos, con la
elaboración de un modesto tabernáculo y un cajón hecho con madera de acacia en
cuyo interior colocaron los rollos de la ley o las tablas de la ley, que
denominaron Arca de la Alianza y consideraron como habitáculo de su dios. El
Arca de la Alianza recibió por muchos años especial adoración presidiendo todos
sus actos, hasta en los combates y asedios a ciudades.
Yahvahé había advertido que no hicieran
representación alguna de figura de animal o de persona o de cosa alguna de los
mares, los cielos o la tierra pues eso sería idolatría. El Arca de la Alianza,
considerada como presencia de Yahvahé en su interior era, de hecho, un ídolo
ante el cual los israelitas se inclinaban. Luego, en tiempos de Shalomom
(alrededor del 960 a.C) se erigió el primer templo tomando como modelo para su
erección la arquitectura de los templos egipcios, incluido el aposento sagrado,
el Kodesh Ha-Kodashím o Santo de los Santos. Tal como el naos egipcio, en el
interior de ese recinto se guardó tanto el tabernáculo como el Arca de la
Alianza, situando esta sobre un asiento, una roca llamada “Piedra de
Fundación”.
Los primeros templos cristianos
aparecieron en Roma luego del Edicto de Milán de 313, por iniciativa de
Constantino. El primer templo cristiano de Roma (alrededor del 319) fue la
basílica de San Juan de Letrán en lo que había sido palacio de los Laterani,
familia patricia caída en desgracia en épocas de Nerón, el Domus Faustae que
era propiedad del imperio y cedido por Constantino al obispo de Roma, Silvestre
I. Este palacio sería entonces no solo la residencia del Obispo de Roma, sino
también “casa del Señor, Casa de Dios”.
Luego se elevaron nuevos templos como la
Basilica Sancti Petri, cuya
construcción se inició en la Colina Vaticano entre el 319 y 324 (según la
Enciclopedia Católica en el 323), y quedar concluida en el 329, aunque en la
Enciclopedia Católica se dice que su conclusión ocurrió poco después de la
muerte de Constantino (337). La Basilica
Sanctae Crucis in Hierusalem construida sobre los terrenos que ocupara el
palacio de la madre de Constantino. En el 350 una de las salas del palacio se
remodeló para funcionar como templo.
El cristianismo se institucionalizaba y
dejaba atrás la humildad de los primeros tiempos, orando en espacios abiertos o
en casas particulares donde se reunían los seguidores del Camino para, además
de la oración, practicar la predicación e incluso la eucaristía. Ahora se
conformaba un clero y se iniciaban los ritos, muchos copiados de las prácticas
paganas, dentro de fastuosos templos a los que se llevaban reliquias de dudosa
legitimidad como la Vera Cruz,
supuestamente encontrada por la madre de Constantino, Elena de Constantinopla,
en unas excavaciones que ella ordenara hacer en la cantera del Gólgota en el
326.
Para el teólogo protestante Heinrich
Julius Holtzmann (7 mayo de 1832 – 4 agosto de 1910), (citado en la
Enciclopedia Católica) la organización primitiva de las iglesias era la de la
sinagoga judía. Judith Lieu, profesora de Nuevo Testamento en el King’s
College, sigue esa misma línea cuando dice: “…la Sinagoga fue considerada como el contexto primario para el
surgimiento del cristianismo, o para la separación de los cristianos”; y
esto es así porque “los cristianos
visitan a veces la sinagoga, aprenden allí el lenguaje de la oración y el
estudio, consultan las Escrituras, tal vez las copian o las piden prestadas,
reconocen las bases que tienen en común, especialmente en el contexto de un
modelo cultural y social muy diferente”.
En una sinopsis de la Editorial Trotta,
sobre el libro La sinagoga cristiana
del catedrático emérito de Filosofía en la Universidad Autónoma de Barcelona, José
Montserrat Torrents, queda planteada la misma idea afirmando que los primeros
cristianos “pertenecían plenamente a la
religión judía”; el cristianismo entonces era una secta del judaísmo que a
finales del siglo I y principios del II, “se
separó de la sinagoga y se constituyó en iglesia, conservando, sin embargo, el
libro sagrado de Israel”.
Tanto en su etimología latina, como
griega, y tal como se llama en hebreo, sinagoga (latín, sinagōga; griego, sÿnagōgē; hebreo, Bet haKenéset) significa “lugar
de reunión”; no precisamente “lugar de adoración” como son los templos. Los
primeros cristianos no adoraban a Dios en un lugar considerado sagrado; primero
formaban parte de una congregación.
Yehshua nunca fue a adorar en el Templo;
oraba en el desierto, oraba en un monte pero asistía al Templo solo para
predicar y enseñar. Así fue dicho por boca de Ieshaiá hablando la Suprema
Inteligencia: “Así habla el Padre del
Universo: El Universo es mi asiento y la
tierra, el estrado de mis pies. ¿Qué casa podrán edificarme ustedes y dónde
estará el lugar de mi reposo?” Y Estéfano (Esteban) en su discurso ante el
sanedrín dijo:
“…nuestros
padres levantaron el Templo como morada del Dios del Universo, si bien es
cierto que el Altísimo no habita en casas hechas por la mano del hombre (…) Han hecho de las piedras del Templo algo
más sagrado que las palabras de Dios. ¿No conocen ustedes que el Templo Sagrado
de Dios está en los montes, en los valles, en medio del desierto, sobre los
mares, dentro de nosotros mismos, en fin sobre toda la tierra y en la expansión
del Universo?”
Yehshua, hablando con la mujer
samaritana le dice: “Mujer, créeme, que
la hora viene cuando ni en este monte (Gerezim) ni en Jerusalén adoraréis al Padre (…) Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores
adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales
adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en
espíritu y en verdad es necesario que adoren”. (Yojanán. 4: 21, 23 y 24).
A sus discípulos, Yehshua la reitera lo
dicho a la samaritana. Así se puede leer: “Como
algunos de sus discípulos hablaban de la magnificencia del Templo y de sus
adornos con hermosas piedras labradas y ofrendas votivas, Yehshua les dijo: “El
Padre de la Vida no necesita edificios majestuosos para ser adorado. ¿Ven este
gran Templo?; les aseguro que será echado sobre el suelo y solo de él quedará
un montón de piedras esparcidas. Todo será destruido como será destruida la
vanidad de los poderosos”. (Libro del Bendecido Yehshua. 23: 5-7)
La idea de que el Templo de Dios no se
encierra dentro de paredes de piedra o de madera se intuye en estas palabras de
Yehshua:
“No
es con apariencias externas como se adora al Padre, sino con lo interno del
alma. Yo les digo: Yo soy la Luz que
está sobre todos ellos. Yo soy el universo: el universo ha surgido de mí y ha
llegado hasta mí. Partan un leño por la mitad y allí estoy yo; levanten una
piedra y allí me encontrarán. Todo el espacio es el Templo del Padre”. (Libro del Bendecido Yehshua. 15: 9 y 10).
Este mismo concepto lo ve Néstor O.
Míguez en La sinagoga en el Nuevo
Testamento, aunque basándose en el Evangelio atribuido a Mateo, cuando
dice: “…un análisis cuidadoso del mensaje
de Jesús (Yehshua) mostrará que en su visión del Reino no tienen sentido ni
lugar la función del Templo o de la clase sacerdotal. El episodio de
confrontación que narra Mt 21,12-17, ciertamente más que una “purificación” del
Templo, como suelen llamarlos los editores, parece una declaración de su total
caducidad”.
El templo para adorar a Dios es todo lo
que encierra, eso que denominamos “reino de Dios” y como tal es tan grande que
abarca la extensión del universo y tan pequeño que cabe dentro de nuestros
corazones, de nuestras almas, de nuestra existencia.
El templo de Dios está en la intimidad
de nuestra alcoba; en el jardín de nuestra vivienda; en los campos donde crecen
los cultivos; en la ribera de los ríos; en las playas; en el inmenso mar, en
los bosques; en cualquier espacio abierto; dondequiera que todo creyente en
Dios ejerza su sacerdocio.
V
“Una sola comunidad y fraternidad
cristiana… “sin
jerarquías, ni castas sacerdotales, donde todos los creyentes son sacerdotes
del Espíritu Universal”.
Yehshua durante su periodo de
predicación y enseñanza no se consagró como sacerdote; incluso, como
descendiente de la línea de Isaí, padre de David, Yehshua pertenecía a la tribu
de Judá, no la de Leví, tribu dedicada al sacerdocio. Yehshua fue perseguido
por los Sumo Sacerdotes, procedentes de Sadoc, que fue Sumo Sacerdote en
tiempos de Shalomom, quienes y le
acusaron de blasfemo.
Yehshua no sacramentó a ninguno de sus
discípulos como sacerdotes, sino como apóstoles, palabra que proviene del
griego Απόστολος empleada en la redacción de los escritos del Nuevo Testamento
que quiere decir “enviados”; enviados para propagar sus enseñanzas. Tampoco
diferenció a sus discípulos por prominencias o categorías; todos eran iguales.
En el libro de Marcos (9:35) se dice al respecto: “Yehshua se sentó, llamó a los doce discípulos y les dijo: ‘Si alguien
desea ser el primero, será el último de todos y el servidor de todos’."
Por boca del profeta Hoshea, habló la
Suprema Inteligencia, diciendo: “¡No, que
nadie acuse ni haga reproches! ¡Mi pleito es contigo, sacerdote! Tú tropezarás
en pleno día; también el profeta tropezará en la noche junto contigo. Mi pueblo perece por falta de conocimiento.
Porque tú has rechazado el conocimiento, yo te rechazaré de mi sacerdocio;
porque has olvidado la instrucción de tu Dios. Todos, sin excepción, pecaron
contra mí, cambiaron su Gloria por la Ignominia. Se alimentan con el pecado de
mi pueblo y están ávidos de su iniquidad. Pero al sacerdote le sucederá lo
mismo que al pueblo: yo le pediré cuenta de su conducta y le retribuiré sus
malas acciones”.
Y dijo también Dios por medio del
profeta Yejezquel: “Aquí estoy yo contra
los pastores. Yo buscaré a mis ovejas para quitárselas de sus manos, y no les
dejaré apacentar mi rebaño. Así los pastores no se apacentarán más a sí mismos.
Arrancaré a las ovejas de su boca, y nunca más ellas serán su presa”.
Siguiendo la práctica habitual de las
sinagogas a las que se vinculaban, los primeros cristianos de Palestina
estructuraron sus comunidades bajo parecida organización. De este modo
nombraron presbytes (ancianos) y
sharets o diáconos (servidores) para realizar variadas tareas relacionadas con
la predicación, el estudio de las escrituras y la atención a necesidades
básicas de la comunidad cristiana.
El cristianismo de Paulo organizado
dentro del orbe goyim o gentil estableció marcadamente la separación de las
comunidades cristianas de las estructuras judías de las sinagogas, apareciendo
la figura del obispo, del griego ἐπίσκοπος “el que mira desde arriba” y se
sustituye a los diáconos en sus funciones para estructurarles como sacerdotes.
Luego del Cunctos Populos, del 380, el cristianismo institucionalizado va
organizando un clero estructurado piramidalmente con los obispos en lo alto y
el Pontífice en el ápice del poder. La interpretación de las enseñanzas de
Yehshua queda como monopolio de un colegio de obispos y se imponen dogmas de
acatamiento obligatorio so pena de sufrir severos castigos, torturas y hasta la
muerte de la mano del gobierno secular, y del sufrimiento eterno en las
calderas del infierno, para todo aquel que discrepara de los dogmas impuestos.
Bajo la bandera del cristianismo se
cometieron crímenes tremendos. El emperador Constancio II emprendió en el 341
una feroz persecución que incluía encarcelamiento y ejecuciones en contra de
los paganos. En el 353, dicta un edicto de pena de muerte para todo aquel que
practique el culto y sacrificio de animales a los ídolos.
Bajo las banderas del cristianismo se
organizaron las cruzadas, expediciones armadas de despojo contra los musulmanes
en “Tierra Santa”. Bajo el estandarte de la “Palabra de Kristo” se crearon los
tribunales de la Santa Inquisición para reprimir cualquier opinión diferente de
aquello considerado por el clero como “inspiración divina” y “palabra
revelada”.
El clero se corrompía asemejando más una
organización secular y aristocrática que una organización teológica y de
consagración a las enseñanzas de Yehshua hasta la protesta de Martin Lutero y
la aparición de Calvino, dando origen a nuevo cleros bajo un enfoque diferente;
y esos nuevos cleros establecieron su nuevos dogmas, su nueva interpretación y
la nueva persecución a los que discrepaban de sus enseñanzas ya fueran
católicos o miembros de otras sectas protestantes.
La palabra de Dios es clara y precisa y
si requiriera interpretación solo debe interpretarse bajo la luz del amor; del
amor a Dios; del amor a todos los seres humanos; del amor a la naturaleza; bajo
la iluminación de la justicia y del respeto al derecho de los demás y bajo un
principio elemental: no hacer acepción alguna de persona.
Todo creyente es un sacerdote de Dios y
su sacerdocio lo ejerce cumpliendo las enseñanzas, sin adiciones personales,
orando, meditando y venerando la obra de la Suprema Inteligencia. Su templo es
su hogar, su aposento, su familia.
Regresar al origen, reunidos para la
oración y la meditación y para transmitir la palabra del Camino que es Yehshua;
y que el más preparado en las enseñanzas sea el presbytes que conduzca las
oraciones y la adoración, y ejerza como instructor, sin dedicarse
profesionalmente al culto ni imponer sus conceptos, ni levantar cargas sobre
los seguidores del Camino. Predicar solo con el ejemplo. Una fraternidad
cristiana con una sencilla organización sin estructuras de gobierno ni
liderazgo, sin pastores ni obispos. Cristianos con la nueva inspiración que se
encuentran y se invitan a orar, estudiar la enseñanza y a meditar juntos.

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