viernes, 8 de agosto de 2014

Una sola comunidad cristiana (continuación)

Creo en una sola comunidad y fraternidad cristiana, de encuentro espiritual de los creyentes, sin templos construidos por mano de hombre, sin jerarquías ni castas sacerdotales, donde todos los creyentes son sacerdotes del Espíritu Universal. (Credo de los Seguidores de la Luz)


IV

Un encuentro espiritual y sin templos construidos por mano de hombre.   
En la antigüedad los pueblos con cierto grado de civilización levantaban moradas a sus dioses, o templos (del latín templum voz derivada del griego τέμενος, témenos, que significa “recinto sagrado”) donde se creía que las divinidades, a las que se les dedicaban, habitaban, moraban entre de sus paredes.
Los primeros templos construidos surgieron en Egipto a partir del Imperio Antiguo (2700-2200 a. C) primero como simples capillas de techo arqueado y paredes de adobe, hasta llegar alcanzar sus monumentales características de edificaciones de piedra en épocas del Imperio Nuevo (1550-1070 a. C.). Estos templos eran considerados por los egipcios como “mansión de un dios” y su recinto más importante era el naos o per ur en lengua egipcia, el sancta sanctorum,  donde se alojaba una imagen de culto o la estatua del dios al cual se dedicaba el templo.
En la antigua Babilonia se levantaron templos a los dioses, los zigurats, en forma de colosales escaleras erigidas para alcanzar a los dioses, los que, según las creencias babilónicas, habitaban en lo alto de las montañas y ofrecerles un nuevo aposento.
Los hebreos, menos pretensiosos que los egipcios y los babilónicos, se conformaron, en los primeros tiempos, con la elaboración de un modesto tabernáculo y un cajón hecho con madera de acacia en cuyo interior colocaron los rollos de la ley o las tablas de la ley, que denominaron Arca de la Alianza y consideraron como habitáculo de su dios. El Arca de la Alianza recibió por muchos años especial adoración presidiendo todos sus actos, hasta en los combates y asedios a ciudades.
Yahvahé había advertido que no hicieran representación alguna de figura de animal o de persona o de cosa alguna de los mares, los cielos o la tierra pues eso sería idolatría. El Arca de la Alianza, considerada como presencia de Yahvahé en su interior era, de hecho, un ídolo ante el cual los israelitas se inclinaban. Luego, en tiempos de Shalomom (alrededor del 960 a.C) se erigió el primer templo tomando como modelo para su erección la arquitectura de los templos egipcios, incluido el aposento sagrado, el Kodesh Ha-Kodashím o Santo de los Santos. Tal como el naos egipcio, en el interior de ese recinto se guardó tanto el tabernáculo como el Arca de la Alianza, situando esta sobre un asiento, una roca llamada “Piedra de Fundación”.
Los primeros templos cristianos aparecieron en Roma luego del Edicto de Milán de 313, por iniciativa de Constantino. El primer templo cristiano de Roma (alrededor del 319) fue la basílica de San Juan de Letrán en lo que había sido palacio de los Laterani, familia patricia caída en desgracia en épocas de Nerón, el Domus Faustae que era propiedad del imperio y cedido por Constantino al obispo de Roma, Silvestre I. Este palacio sería entonces no solo la residencia del Obispo de Roma, sino también “casa del Señor, Casa de Dios”.
Luego se elevaron nuevos templos como la Basilica Sancti Petri, cuya construcción se inició en la Colina Vaticano entre el 319 y 324 (según la Enciclopedia Católica en el 323), y quedar concluida en el 329, aunque en la Enciclopedia Católica se dice que su conclusión ocurrió poco después de la muerte de Constantino (337). La Basilica Sanctae Crucis in Hierusalem construida sobre los terrenos que ocupara el palacio de la madre de Constantino. En el 350 una de las salas del palacio se remodeló para funcionar como templo.
El cristianismo se institucionalizaba y dejaba atrás la humildad de los primeros tiempos, orando en espacios abiertos o en casas particulares donde se reunían los seguidores del Camino para, además de la oración, practicar la predicación e incluso la eucaristía. Ahora se conformaba un clero y se iniciaban los ritos, muchos copiados de las prácticas paganas, dentro de fastuosos templos a los que se llevaban reliquias de dudosa legitimidad como la Vera Cruz, supuestamente encontrada por la madre de Constantino, Elena de Constantinopla, en unas excavaciones que ella ordenara hacer en la cantera del Gólgota en el 326.
Para el teólogo protestante Heinrich Julius Holtzmann (7 mayo de 1832 – 4 agosto de 1910), (citado en la Enciclopedia Católica) la organización primitiva de las iglesias era la de la sinagoga judía. Judith Lieu, profesora de Nuevo Testamento en el King’s College, sigue esa misma línea cuando dice: “…la Sinagoga fue considerada como el contexto primario para el surgimiento del cristianismo, o para la separación de los cristianos”; y esto es así porque “los cristianos visitan a veces la sinagoga, aprenden allí el lenguaje de la oración y el estudio, consultan las Escrituras, tal vez las copian o las piden prestadas, reconocen las bases que tienen en común, especialmente en el contexto de un modelo cultural y social muy diferente”.
En una sinopsis de la Editorial Trotta, sobre el libro La sinagoga cristiana del catedrático emérito de Filosofía en la Universidad Autónoma de Barcelona, José Montserrat Torrents, queda planteada la misma idea afirmando que los primeros cristianos “pertenecían plenamente a la religión judía”; el cristianismo entonces era una secta del judaísmo que a finales del siglo I y principios del II, “se separó de la sinagoga y se constituyó en iglesia, conservando, sin embargo, el libro sagrado de Israel”.
Tanto en su etimología latina, como griega, y tal como se llama en hebreo, sinagoga (latín, sinagōga; griego, sÿnagōgē; hebreo, Bet haKenéset) significa “lugar de reunión”; no precisamente “lugar de adoración” como son los templos. Los primeros cristianos no adoraban a Dios en un lugar considerado sagrado; primero formaban parte de una congregación.
Yehshua nunca fue a adorar en el Templo; oraba en el desierto, oraba en un monte pero asistía al Templo solo para predicar y enseñar. Así fue dicho por boca de Ieshaiá hablando la Suprema Inteligencia: “Así habla el Padre del Universo: El Universo es mi asiento  y la tierra, el estrado de mis pies. ¿Qué casa podrán edificarme ustedes y dónde estará el lugar de mi reposo?” Y Estéfano (Esteban) en su discurso ante el sanedrín dijo:
“…nuestros padres levantaron el Templo como morada del Dios del Universo, si bien es cierto que el Altísimo no habita en casas hechas por la mano del hombre (…) Han hecho de las piedras del Templo algo más sagrado que las palabras de Dios. ¿No conocen ustedes que el Templo Sagrado de Dios está en los montes, en los valles, en medio del desierto, sobre los mares, dentro de nosotros mismos, en fin sobre toda la tierra y en la expansión del Universo?
Yehshua, hablando con la mujer samaritana le dice: “Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte (Gerezim) ni en Jerusalén adoraréis al Padre (…) Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren”. (Yojanán. 4: 21, 23 y 24).
A sus discípulos, Yehshua la reitera lo dicho a la samaritana. Así se puede leer: “Como algunos de sus discípulos hablaban de la magnificencia del Templo y de sus adornos con hermosas piedras labradas y ofrendas votivas, Yehshua les dijo: “El Padre de la Vida no necesita edificios majestuosos para ser adorado. ¿Ven este gran Templo?; les aseguro que será echado sobre el suelo y solo de él quedará un montón de piedras esparcidas. Todo será destruido como será destruida la vanidad de los poderosos”. (Libro del Bendecido Yehshua. 23: 5-7)
La idea de que el Templo de Dios no se encierra dentro de paredes de piedra o de madera se intuye en estas palabras de Yehshua:
No es con apariencias externas como se adora al Padre, sino con lo interno del alma.  Yo les digo: Yo soy la Luz que está sobre todos ellos. Yo soy el universo: el universo ha surgido de mí y ha llegado hasta mí. Partan un leño por la mitad y allí estoy yo; levanten una piedra y allí me encontrarán. Todo el espacio es el Templo del Padre”.  (Libro del Bendecido Yehshua. 15: 9 y 10).
Este mismo concepto lo ve Néstor O. Míguez en La sinagoga en el Nuevo Testamento, aunque basándose en el Evangelio atribuido a Mateo, cuando dice: “…un análisis cuidadoso del mensaje de Jesús (Yehshua) mostrará que en su visión del Reino no tienen sentido ni lugar la función del Templo o de la clase sacerdotal. El episodio de confrontación que narra Mt 21,12-17, ciertamente más que una “purificación” del Templo, como suelen llamarlos los editores, parece una declaración de su total caducidad”.
El templo para adorar a Dios es todo lo que encierra, eso que denominamos “reino de Dios” y como tal es tan grande que abarca la extensión del universo y tan pequeño que cabe dentro de nuestros corazones, de nuestras almas, de nuestra existencia.
El templo de Dios está en la intimidad de nuestra alcoba; en el jardín de nuestra vivienda; en los campos donde crecen los cultivos; en la ribera de los ríos; en las playas; en el inmenso mar, en los bosques; en cualquier espacio abierto; dondequiera que todo creyente en Dios ejerza su sacerdocio.

V
“Una sola comunidad y fraternidad cristiana…sin jerarquías, ni castas sacerdotales, donde todos los creyentes son sacerdotes del Espíritu Universal”.
Yehshua durante su periodo de predicación y enseñanza no se consagró como sacerdote; incluso, como descendiente de la línea de Isaí, padre de David, Yehshua pertenecía a la tribu de Judá, no la de Leví, tribu dedicada al sacerdocio. Yehshua fue perseguido por los Sumo Sacerdotes, procedentes de Sadoc, que fue Sumo Sacerdote en tiempos de Shalomom, quienes y  le acusaron de blasfemo.
Yehshua no sacramentó a ninguno de sus discípulos como sacerdotes, sino como apóstoles, palabra que proviene del griego Απόστολος empleada en la redacción de los escritos del Nuevo Testamento que quiere decir “enviados”; enviados para propagar sus enseñanzas. Tampoco diferenció a sus discípulos por prominencias o categorías; todos eran iguales. En el libro de Marcos (9:35) se dice al respecto: “Yehshua se sentó, llamó a los doce discípulos y les dijo: ‘Si alguien desea ser el primero, será el último de todos y el servidor de todos’."
Por boca del profeta Hoshea, habló la Suprema Inteligencia, diciendo: “¡No, que nadie acuse ni haga reproches! ¡Mi pleito es contigo, sacerdote! Tú tropezarás en pleno día; también el profeta tropezará en la noche junto contigo.  Mi pueblo perece por falta de conocimiento. Porque tú has rechazado el conocimiento, yo te rechazaré de mi sacerdocio; porque has olvidado la instrucción de tu Dios. Todos, sin excepción, pecaron contra mí, cambiaron su Gloria por la Ignominia. Se alimentan con el pecado de mi pueblo y están ávidos de su iniquidad. Pero al sacerdote le sucederá lo mismo que al pueblo: yo le pediré cuenta de su conducta y le retribuiré sus malas acciones”.
Y dijo también Dios por medio del profeta Yejezquel: “Aquí estoy yo contra los pastores. Yo buscaré a mis ovejas para quitárselas de sus manos, y no les dejaré apacentar mi rebaño. Así los pastores no se apacentarán más a sí mismos. Arrancaré a las ovejas de su boca, y nunca más ellas serán su presa”.
Siguiendo la práctica habitual de las sinagogas a las que se vinculaban, los primeros cristianos de Palestina estructuraron sus comunidades bajo parecida organización. De este modo nombraron presbytes (ancianos) y sharets o diáconos (servidores) para realizar variadas tareas relacionadas con la predicación, el estudio de las escrituras y la atención a necesidades básicas de la comunidad cristiana.
El cristianismo de Paulo organizado dentro del orbe goyim o gentil estableció marcadamente la separación de las comunidades cristianas de las estructuras judías de las sinagogas, apareciendo la figura del obispo, del griego ἐπίσκοπος “el que mira desde arriba” y se sustituye a los diáconos en sus funciones para estructurarles como sacerdotes.
Luego del Cunctos Populos, del 380, el cristianismo institucionalizado va organizando un clero estructurado piramidalmente con los obispos en lo alto y el Pontífice en el ápice del poder. La interpretación de las enseñanzas de Yehshua queda como monopolio de un colegio de obispos y se imponen dogmas de acatamiento obligatorio so pena de sufrir severos castigos, torturas y hasta la muerte de la mano del gobierno secular, y del sufrimiento eterno en las calderas del infierno, para todo aquel que discrepara de los dogmas impuestos.
Bajo la bandera del cristianismo se cometieron crímenes tremendos. El emperador Constancio II emprendió en el 341 una feroz persecución que incluía encarcelamiento y ejecuciones en contra de los paganos. En el 353, dicta un edicto de pena de muerte para todo aquel que practique el culto y sacrificio de animales a los ídolos.
Bajo las banderas del cristianismo se organizaron las cruzadas, expediciones armadas de despojo contra los musulmanes en “Tierra Santa”. Bajo el estandarte de la “Palabra de Kristo” se crearon los tribunales de la Santa Inquisición para reprimir cualquier opinión diferente de aquello considerado por el clero como “inspiración divina” y “palabra revelada”.
El clero se corrompía asemejando más una organización secular y aristocrática que una organización teológica y de consagración a las enseñanzas de Yehshua hasta la protesta de Martin Lutero y la aparición de Calvino, dando origen a nuevo cleros bajo un enfoque diferente; y esos nuevos cleros establecieron su nuevos dogmas, su nueva interpretación y la nueva persecución a los que discrepaban de sus enseñanzas ya fueran católicos o miembros de otras sectas protestantes.
La palabra de Dios es clara y precisa y si requiriera interpretación solo debe interpretarse bajo la luz del amor; del amor a Dios; del amor a todos los seres humanos; del amor a la naturaleza; bajo la iluminación de la justicia y del respeto al derecho de los demás y bajo un principio elemental: no hacer acepción alguna de persona.
Todo creyente es un sacerdote de Dios y su sacerdocio lo ejerce cumpliendo las enseñanzas, sin adiciones personales, orando, meditando y venerando la obra de la Suprema Inteligencia. Su templo es su hogar, su aposento, su familia.

Regresar al origen, reunidos para la oración y la meditación y para transmitir la palabra del Camino que es Yehshua; y que el más preparado en las enseñanzas sea el presbytes que conduzca las oraciones y la adoración, y ejerza como instructor, sin dedicarse profesionalmente al culto ni imponer sus conceptos, ni levantar cargas sobre los seguidores del Camino. Predicar solo con el ejemplo. Una fraternidad cristiana con una sencilla organización sin estructuras de gobierno ni liderazgo, sin pastores ni obispos. Cristianos con la nueva inspiración que se encuentran y se invitan a orar, estudiar la enseñanza y a meditar juntos.

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