Creo en una sola
comunidad y fraternidad cristiana, de encuentro espiritual de los creyentes,
sin templos construidos por mano de hombre, sin jerarquías ni castas
sacerdotales, donde todos los creyentes son sacerdotes del Espíritu Universal.
(Credo de los Seguidores de la Luz)
I
En
los días actuales, el cristianismo está profundamente fraccionado; numerosos
son sus credos y demasiadas sus sectas. Cada iglesia cristiana asegura que
posee la verdad, y su credo, para cada una de ellas, es el único camino para
alcanzar la salvación. Católicos, ortodoxos y protestantes se disputan por el
tema de la iglesia verdadera. ¿Cuál es el credo verdadero, cual es la verdadera
iglesia de Kristo, si todos se basan en un mismo libro sagrado?
El
cristianismo en sus orígenes como religión, siempre estuvo fraccionado en
sectas. El cristianismo inicial no era monolítico. Hasta el siglo IV, circulaban
en Roma diferentes evangelios ─ se dice que su número llegaba hasta 270 ─, con
muy disímiles tesis teológicas.
Ya
en el siglo I, existen divergencias entre las prédicas de los apóstoles y la
del fariseo Paulo de Tarso. Divergencias profundas existían entre los
cristianos gnósticos, los judeo-cristianos y los cristianos paulistas que se
mantuvieron hasta avanzado el siglo II.
En
un principio, los apóstoles dirigieron su predicación preferentemente hacia las
comunidades judías. Proclamaban la palabra de Yehshua en el Templo de Jerusalén
y en las sinagogas, más tarde la prédica se dirigió hacia el mundo
greco-romano, hacia los goyim, siendo el principal representante de esta labor
Paulo de Tarso, un arribista que entró en confrontación con los apóstoles,
especialmente con Kefa. En su carta a los Gálatas dice de Kefa que en Antioquía
le hizo frente “porque su conducta era
reprensible”. El mismo explica la razón por la que enfrentó a Kefa, diciendo
que antes de que llegaran los enviados del apóstol Ya’acov (Santiago), Kefa
comía con los goyim; pero entonces se separó de ellos “por temor a los partidarios de la circuncisión”.
Sin
embargo, el también cedió ante los judeizantes con motivo de su discípulo
Timoteo. En Hechos de los apóstoles 16: 1 y 3 se dice: “Timoteo, hijo de una mujer judía creyente, pero de padre griego…Quiso
Pablo que éste fuese con él; y tomándole, le circuncidó por causa de los judíos
que había en aquellos lugares; porque todos sabían que su padre era griego”.
Refiriéndose
a los apóstoles, que conocieron a Yehshua y convivieron con él, dice: “no me interesa lo que hayan sido antes,
porque Dios no hace acepción de personas; no me impusieron nada más. Al contrario, aceptaron que me había sido
confiado el anuncio del Evangelio a los paganos, así como fue confiado a Pedro
el anuncio a los judíos” con su característica soberbia afirma en esa misma
carta, que comenzó su predicación sin consultar con nadie, es decir, sin
consultarle a los apóstoles, pues él estaba elegido por Dios: “… cuando Dios, que me eligió desde el seno de
mi madre y me llamó por medio de su gracia, se complació en revelarme a su
Hijo, para que yo lo anunciara entre los paganos, de inmediato, sin consultar a
ningún hombre” y sin ir a Jerusalén “para
ver a los que eran Apóstoles antes que yo” se fue a predicar a Arabia (Gal.
1: 15-17).
Paulo
no conoció a Yehshua; antes no había tenido contacto con ninguno de los
apóstoles que convivieron con él, pero salió a predicar la palabra que no había
escuchado y que antes había perseguido con fiereza. Ni siquiera sintió
compasión cuando apedrearon a Estéfano (Esteban) hasta la muerte. “…arrastrando (a Estéfano) fuera de
la ciudad, lo apedrearon. Los testigos se quitaron los mantos, confiándolos a
un joven llamado Saulo” (Hechos de los Apóstoles. 7: 58). En sus prédicas y
abundante epistolario, Paulo cita solo frases de la Tanaj (Antiguo Testamento)
sin citar nunca ni la frase más breve pronunciada por Yehshua.
Líneas
más arriba había escrito (Gal. 1: 11 y 12) que su predicación no era “cosa de los hombres, porque yo no la recibí
ni aprendí de ningún hombre, sino por revelación de Kristo”. Por supuesto
esa era su versión, lo que él aseguraba de sí mismo, como hacen ahora muchos
“inspirados” fundadores de nuevas sectas que dicen haber recibido sus enseñanzas
directamente de Kristo, como es el caso de Joseph Smith, Jr., fundador de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los
Últimos Días, a quien, según él, se le aparecieron Dios Padre y Kristo para
encomendarle restaurar la iglesia de Jesucristo en los últimos días. El que
quiera creerles es asunto suyo.
La
soberbia de Paulo queda expuesta en la Primera de Corintios. En el capítulo 15,
vers. 9, reconoce ser “el último de los
Apóstoles”; pero eso no es problema ninguno porque agrega: “yo he trabajado más que todos ellos”.
En
el siglo I, no resultaba posible que los discípulos escogidos en vida por
Yehshua, los apóstoles, pudieran, digámoslo de cierta forma, supervisar la
predicación de Paulo por lo difícil de movimiento en un territorio tan distante
de Jerusalén para los medios de transporte de entonces. Es probable que los
apóstoles aceptaran que predicara entre los paganos, los goyim, por su
condición de ciudadano romano, condición esta que le posibilitaba su libre
movimiento dentro del mundo greco-romano y la fluidez con que hablaba y
escribía en griego.
Ciertamente,
en los escritos, que se aceptan como de su autoría, se pueden encontrar pasajes
de indudable inspiración; pero también conceptos que chocan con la enseñanza de
tolerancia y de amor de Yehshua.
Ejemplo
de esto lo escrito en Gálatas 1: 7-9. Paulo afirma: “hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Kristo.
Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio
diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho,
también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que
habéis recibido, sea anatema”. Es decir, escrito en griego Ἀνάθεμα quiere
decir, maldito, apartado de la comunidad; la puesta en práctica de una de las
sentencias que aplicaban los judíos por decisión de los ancianos, el herem, o
exclusión perpetua de la comunidad, y, además, la perfecta justificación para
condenar la opinión disidente; el argumento que empleara la Santa Inquisición
para enviar a la hoguera a los que acusaba de “pervertir el evangelio”, a los
herejes.
En
la Primera Carta a los Corintios, 6: 9 y 10, dice: “¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No os
engañéis: que ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los
afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos,
ni los calumniadores, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios”.
Como
fariseo que era, en Paulo se manifiesta el misógino. Así señala en la primera
carta a los Corintios en 7: 1: “Es bueno
para el hombre abstenerse de la mujer”. (11: 8 y 9): “no es el hombre el que procede de la mujer, sino la mujer del hombre;
ni fue creado el hombre a causa de la mujer, sino la mujer a causa del hombre”;
y en los versículos 13 a 15, agrega: “¿Les
parece conveniente que la mujer ore con la cabeza descubierta? ¿Acaso la misma
naturaleza no nos enseña que es una vergüenza para el hombre dejarse el cabello
largo, mientras que para la mujer es una gloria llevarlo así?” En 14: 34 y
35 ordena “que las mujeres permanezcan
calladas durante las asambleas: a ellas no les está permitido hablar. Que se
sometan, como lo manda la Ley. Si necesitan alguna aclaración, que le pregunten
al marido en su casa, porque no está bien que la mujer hable en las asambleas”.
En
la Primera Carta a Timoteo, ratifica lo antes dicho; en 2: 11 - 14, dice: “La mujer aprenda en silencio, con toda
sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el
hombre, sino estar en silencio”. Para justificar esta declaración se
refiere al mito de la creación del ser humano: “Porque Adán fue formado primero, después Eva; y Adán no fue engañado,
sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión”.
II
El
cristianismo, a partir del siglo IV no es la elaboración teológica de Kefa, ni
tampoco de Yojanán Bar-Zebebdi, ni de ningún otro de los apóstoles de Yehshua,
sino el conjunto de instituciones y doctrinas formuladas por Paulo de Tarso,
confirmadas desde el establecimiento del canon del Nuevo Testamento y
reafirmadas por el Edicto de Tolerancia de Nicomedia del 30 de abril del año
303, dictado por el emperador Galerio, del Edicto de Milán del 313 de
Constantino y con la consolidación del cristianismo como religión oficial de
Roma por el Edicto de Tesalónica el 27 de febrero de 380, también conocido como
Cunctos Populus dictado por el
emperador Teodosio.
El
imperio romano necesitaba una religión universal, como universal era su poder,
una religión unificadora. El cristianismo que necesitaban políticamente
Constantino y Teodosio tenía que ser católico, una palabra proveniente del
griego Katholikos y latinizado como Catholicus
que significa “Universal”.
La
Iglesia buscando adecuar su doctrina a las tradiciones romanas, probablemente
introdujo cambios y adiciones dentro los textos del Nuevo Testamento. Eso
podría explicar por qué en la llamada Carta Universal de Kefa, un hombre
educado dentro de una cultura de benignidad hacia los esclavos y alimentado por
las enseñanzas de amor y de liberación de los oprimidos de Yehshua, aparece un
largo párrafo para alentar a los esclavos a soportar su condición.
Se
lee en 1 Pedro, 2: 18 – 20: “Vosotros
esclavos estad sumisos con todo temor y respeto a los amos, no tan solo a los
buenos y compasivos, sino también a los de recia condición. Porque es una
gracia soportar, con el pensamiento puesto en Dios, las penas que se sufren
injustamente. Porque ¿qué alabanzas merecéis, si por vuestras faltas sois
castigados de vuestros amos, y lo sufrís? Pero si obrando bien sufrís con
paciencia los malos tratamientos; en eso está el mérito para con Dios”.
Muy
parecidas en el mismo tono las palabras atribuidas a Paulo en la Carta a los
Colosenses y en su Carta a los Efesios. Aunque es de notar que muchos
estudiosos no consideran estas cartas redactadas por Paulo, sino por algunos de
sus discípulos.
En
Col. 3: 22- 25: “Esclavos, obedezcan en
todo a sus dueños temporales, pero no con una obediencia fingida, como quien
trata de agradar a los hombres, sino con sencillez de corazón, por
consideración al Señor. Cualquiera sea el trabajo de ustedes, háganlo de todo
corazón, teniendo en cuenta que es para el Señor y no para los hombres. Sepan que
el Señor los recompensará, haciéndolos sus herederos. Ustedes sirven a Cristo,
el Señor: el que obra injustamente recibirá el pago que corresponde, cualquiera
sea su condición”.
¿Qué
diferencia hay entre lo dicho anteriormente con lo que supuestamente dicta
Paulo en Ef: 6: 5 – 8: “Esclavos,
obedezcan a sus patrones con temor y respeto, sin ninguna clase de doblez, como
si sirvieran a Cristo; no con una obediencia fingida que trata de agradar a los
hombres, sino como servidores de Cristo, cumpliendo de todo corazón la voluntad
de Dios. Sirvan a sus dueños de buena gana, como si se tratara del Señor y no
de los hombres, teniendo en cuenta que el Señor retribuirá a cada uno el bien
que haya hecho, sea un esclavo o un hombre libre”.
La
Iglesia se sentía complacida con el Imperio. Ahora perseguía a los que antes les
perseguían. Destruían sus monumentos, derribaban sus templos y exigió el
acatamiento a los gobernantes como colocados en el poder por el mismo Dios;
¿acaso esta obediencia no fue exigida por los apóstoles más conocidos en Roma:
Kefa y Paulo?
Ciertamente,
en la Carta Universal de Kefa en 2: 13 y 14, se lee: “Por causa del Señor someteos a toda institución humana, ya sea al rey,
como a superior, ya a los gobernadores, como por él enviados para castigo de
los malhechores y alabanza de los que hacen bien”.
Y en
la Carta a los Romanos de Pablo se lee en 13: 1 – 7: “Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay
autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas.
De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y
los que resisten, acarrean condenación para sí mismos. Porque los magistrados
no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo. ¿Quieres, pues,
no temer la autoridad? Haz lo bueno, y tendrás alabanza de ella; porque es
servidor de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, teme; porque no en vano
lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace
lo malo. Por lo cual es necesario estarle sujetos, no solamente por razón del
castigo, sino también por causa de la conciencia. Pues por esto pagáis también
los tributos, porque son servidores de Dios que atienden continuamente a esto
mismo. Pagad a todos lo que debéis: al que tributo, tributo; al que impuesto,
impuesto; al que respeto, respeto; al que honra, honra”.
Tanto
Kefa como Paulo conocen la persecución por parte de los gobernantes de Roma.
Ambos han conocido lo hecho por Calígula y Nerón; ambos han sufrido prisiones
¿serían capaces de tenerles como enviados por Dios “para castigo de los malhechores y alabanza de los que hacen bien”?
¿Creerían sobre el fundamento de sus experiencias personales que “no hay autoridad sino de parte de Dios, y
las que hay, por Dios han sido establecidas”?; ¿”que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y
los que resisten, acarrean condenación para sí mismos”? ¡Evidentemente, no!
Hay
quien defiende la tesis de que los apóstoles actuaron “diplomáticamente”,
“políticamente correcto”, cuando aconsejaron a los esclavos el sometimiento a
sus esclavizadores, y a los ciudadanos, acatar el poder arbitrario de los
gobernantes, con el propósito de demostrar que los cristianos no constituían un
peligro para la estabilidad del imperio. Tesis que no tiene sentido. Kefa y
Paulo debían conocer, como líderes de las comunidades cristianas, que lo que
ellos recomendaran, de palabra o por escrito, sería considerado como sagrado,
como norma de fe, como colofón del Evangelio que ellos predicaban. Es evidente
que estas declaraciones apostólicas no fueron, ni redactadas, ni pronunciadas,
por Kefa y por Paulo, y posiblemente sean cuidadosas adiciones hechas en ambos
textos por parte de obedientes monjes copistas.
Según
Antonio Pérez Omister, “la refundación
del cristianismo como una religión de Estado adaptada a las necesidades del
Imperio, y bajo la apariencia de una nueva Iglesia institucionalizada, católica
y romana (determinó la historia de Occidente en los siglos venideros). Los cristianos, en adelante, no sólo
deberían obediencia a Dios, sino al emperador” (Constantino, el creador de la Iglesia católica fue un emperador pagano
que gobernó con mano de hierro. Diario Siglo XXI, 3 de
mayo de 2011).
El
cristianismo fundado sobre las predicaciones paulinas y sus posiciones
dogmáticas de apoyo al anatema de los que promovieran “un evangelio diferente”
mostró su rostro intolerante, dejando de lado la doctrina de amor, y piedad de
Yehshua, tan pronto sus líderes eclesiásticos contaron con el amparo de
Constantino. “En el año 314,
inmediatamente después de su legalización, la Iglesia atacó sin cuartel a los
paganos. Envalentonados por la actitud del emperador, muchos templos paganos
fueron destruidos por las turbas cristianas y sus sacerdotes brutalmente
asesinados. Entre los años 314 y 326 miles de paganos fueron asesinados y se
promulgaron una serie de disposiciones que favorecieron al cristianismo
católico-niceno (exclusivamente) frente a las demás confesiones cristianas”
(Antonio Pérez Omister. Op cit.)
III
Cuando
el cristianismo paulista se convirtió en el credo oficial, único y obligatorio
para el mundo romano se abrían las puertas para lo que sería conocido como la
Era del Oscurantismo y el inicio de la Edad Media. Teodosio, al promulgar su
Edicto de reconocimiento del cristianismo como la iglesia oficial, creaba la
figura jurídica del hereje. Efectivamente en el texto del Cunctos populos, se dice: “Ordenamos
que tengan el nombre de cristianos católicos quienes sigan esta norma (divinidad
única del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo), mientras que los demás los juzgamos dementes y locos sobre los que
pesará la infamia de la herejía. Sus lugares de reunión no recibirán el nombre
de iglesias (ecclesiarum nomen) y
serán objeto, primero de la venganza divina, y después serán castigados por
nuestra propia iniciativa que adoptaremos siguiendo la voluntad celestial”.
Aparece
la palabra “iglesia” (ecclesia)
referida a los lugares de reunión, quizá un edificio o un templo o tal vez a la
congregación que en esos lugares se reunía. Definitivamente, la palabra iglesia
proviene del griego ἐκκλησία, idioma
en el que se escribieron los escritos del Nuevo Testamento; no tenía el
significado que ahora se le da como organización con estructuras de gobierno y
estatutos para la conducción de un cuerpo de doctrinas. Por ἐκκλησία se
entendía congregación, asamblea o una reunión de ciudadanos atendiendo a una
convocatoria. En el Tanaj se empleó la palabra קהל, transliterada como kahal, significando congregación o
pueblo de Dios que al transcribirse a la Septuaginta, se tradujo en griego como
ἐκκλησία y en la Vulgata se utilizó el término ecclesia.
Si
analizamos los libros de la Buena Nueva o Evangelios y el contexto socio
cultural donde se desenvolvió la predicación de Yehshua, no podemos colegir que
utilizara la palabra “ἐκκλησία” o “ecclesia” o “iglesia” con el sentido de
organización o gremio, que luego se le adjudicara en los escritos paulinos y en
Hechos de los Apóstoles. Yehshua hablaba de su “congregación” de su “pueblo”.
Es por este concepto que en el Credo de los seguidores de la Luz solo se dice:
“Creo en una sola comunidad y fraternidad cristiana”, y no “en una iglesia
cristiana”. Se pone de lado una estructura organizativa, con dirigentes
espirituales dedicados profesionalmente al culto y se abraza el concepto de
“pueblo de Dios”.
Ese
pueblo de Dios son todos los cristianos, independiente de si pertenecen a una u
otra denominación eclesial. Se busca la fraternidad de todos los seguidores de
Yehshua por intermedio de un encuentro espiritual de los creyentes, tal como
quería Yehshua orando al Padre, “para que
todos sean uno; como tú, oh Padre, estás en mí, y yo en ti, que también ellos
sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste” (Yojanán.
17:21); sin distinción entre un credo y otro, fieles a la palabra de Dios: “¿Quién eres tú para juzgar a quién deseo Yo
recibir?, dice el Dios del Universo. Si me amas cumple mis mandatos, predica mi
palabra, mas no te impongas. No ataques ningún credo, solo Yo puedo juzgar el
credo que sea de mi agrado. Este es el misterio que nunca será revelado”.
(Enseñanzas del Maestro 7: 1y 2)
Pero,
por cristianos, los seguidores de la Luz, toman a todos aquellos que no niegan
la divinidad de Yehshua ni su fusión espiritual en una unidad constituida por
la misma esencia espiritual del Padre, del Hijo y del Paráclito Espíritu Santo,
es decir a la gran mayoría de fieles del mundo cristiano.
Un
encuentro para la meditación y la oración en común de católicos,
presbiterianos, metodistas, bautistas, pentecostales, adventistas, ortodoxos y
todas las demás denominaciones.
(Continúa)

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