miércoles, 6 de agosto de 2014

Una sola comunidad cristiana

Creo en una sola comunidad y fraternidad cristiana, de encuentro espiritual de los creyentes, sin templos construidos por mano de hombre, sin jerarquías ni castas sacerdotales, donde todos los creyentes son sacerdotes del Espíritu Universal. (Credo de los Seguidores de la Luz)



I
En los días actuales, el cristianismo está profundamente fraccionado; numerosos son sus credos y demasiadas sus sectas. Cada iglesia cristiana asegura que posee la verdad, y su credo, para cada una de ellas, es el único camino para alcanzar la salvación. Católicos, ortodoxos y protestantes se disputan por el tema de la iglesia verdadera. ¿Cuál es el credo verdadero, cual es la verdadera iglesia de Kristo, si todos se basan en un mismo libro sagrado?
El cristianismo en sus orígenes como religión, siempre estuvo fraccionado en sectas. El cristianismo inicial no era monolítico. Hasta el siglo IV, circulaban en Roma diferentes evangelios ─ se dice que su número llegaba hasta 270 ─, con muy disímiles tesis teológicas.
Ya en el siglo I, existen divergencias entre las prédicas de los apóstoles y la del fariseo Paulo de Tarso. Divergencias profundas existían entre los cristianos gnósticos, los judeo-cristianos y los cristianos paulistas que se mantuvieron hasta avanzado el siglo II.
En un principio, los apóstoles dirigieron su predicación preferentemente hacia las comunidades judías. Proclamaban la palabra de Yehshua en el Templo de Jerusalén y en las sinagogas, más tarde la prédica se dirigió hacia el mundo greco-romano, hacia los goyim, siendo el principal representante de esta labor Paulo de Tarso, un arribista que entró en confrontación con los apóstoles, especialmente con Kefa. En su carta a los Gálatas dice de Kefa que en Antioquía le hizo frente “porque su conducta era reprensible”. El mismo explica la razón por la que enfrentó a Kefa, diciendo que antes de que llegaran los enviados del apóstol Ya’acov (Santiago), Kefa comía con los goyim; pero entonces se separó de ellos “por temor a los partidarios de la circuncisión”.
Sin embargo, el también cedió ante los judeizantes con motivo de su discípulo Timoteo. En Hechos de los apóstoles 16: 1 y 3 se dice: “Timoteo, hijo de una mujer judía creyente, pero de padre griego…Quiso Pablo que éste fuese con él; y tomándole, le circuncidó por causa de los judíos que había en aquellos lugares; porque todos sabían que su padre era griego”.
Refiriéndose a los apóstoles, que conocieron a Yehshua y convivieron con él, dice: “no me interesa lo que hayan sido antes, porque Dios no hace acepción de personas; no me impusieron nada más.  Al contrario, aceptaron que me había sido confiado el anuncio del Evangelio a los paganos, así como fue confiado a Pedro el anuncio a los judíos” con su característica soberbia afirma en esa misma carta, que comenzó su predicación sin consultar con nadie, es decir, sin consultarle a los apóstoles, pues él estaba elegido por Dios: “… cuando Dios, que me eligió desde el seno de mi madre y me llamó por medio de su gracia, se complació en revelarme a su Hijo, para que yo lo anunciara entre los paganos, de inmediato, sin consultar a ningún hombre” y sin ir a Jerusalén “para ver a los que eran Apóstoles antes que yo” se fue a predicar a Arabia (Gal. 1: 15-17).
Paulo no conoció a Yehshua; antes no había tenido contacto con ninguno de los apóstoles que convivieron con él, pero salió a predicar la palabra que no había escuchado y que antes había perseguido con fiereza. Ni siquiera sintió compasión cuando apedrearon a Estéfano (Esteban) hasta la muerte. “…arrastrando (a Estéfano)  fuera de la ciudad, lo apedrearon. Los testigos se quitaron los mantos, confiándolos a un joven llamado Saulo” (Hechos de los Apóstoles. 7: 58). En sus prédicas y abundante epistolario, Paulo cita solo frases de la Tanaj (Antiguo Testamento) sin citar nunca ni la frase más breve pronunciada por Yehshua.
Líneas más arriba había escrito (Gal. 1: 11 y 12) que su predicación no era “cosa de los hombres, porque yo no la recibí ni aprendí de ningún hombre, sino por revelación de Kristo”. Por supuesto esa era su versión, lo que él aseguraba de sí mismo, como hacen ahora muchos “inspirados” fundadores de nuevas sectas que dicen haber recibido sus enseñanzas directamente de Kristo, como es el caso de Joseph Smith, Jr., fundador de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, a quien, según él, se le aparecieron Dios Padre y Kristo para encomendarle restaurar la iglesia de Jesucristo en los últimos días. El que quiera creerles es asunto suyo.
La soberbia de Paulo queda expuesta en la Primera de Corintios. En el capítulo 15, vers. 9, reconoce ser “el último de los Apóstoles”; pero eso no es problema ninguno porque agrega: “yo he trabajado más que todos ellos”.
En el siglo I, no resultaba posible que los discípulos escogidos en vida por Yehshua, los apóstoles, pudieran, digámoslo de cierta forma, supervisar la predicación de Paulo por lo difícil de movimiento en un territorio tan distante de Jerusalén para los medios de transporte de entonces. Es probable que los apóstoles aceptaran que predicara entre los paganos, los goyim, por su condición de ciudadano romano, condición esta que le posibilitaba su libre movimiento dentro del mundo greco-romano y la fluidez con que hablaba y escribía en griego.
Ciertamente, en los escritos, que se aceptan como de su autoría, se pueden encontrar pasajes de indudable inspiración; pero también conceptos que chocan con la enseñanza de tolerancia y de amor de Yehshua.
Ejemplo de esto lo escrito en Gálatas 1: 7-9. Paulo afirma: “hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Kristo. Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema”. Es decir, escrito en griego Ἀνάθεμα quiere decir, maldito, apartado de la comunidad; la puesta en práctica de una de las sentencias que aplicaban los judíos por decisión de los ancianos, el herem, o exclusión perpetua de la comunidad, y, además, la perfecta justificación para condenar la opinión disidente; el argumento que empleara la Santa Inquisición para enviar a la hoguera a los que acusaba de “pervertir el evangelio”, a los herejes.
En la Primera Carta a los Corintios, 6: 9 y 10, dice: “¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No os engañéis: que ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los calumniadores, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios”.
Como fariseo que era, en Paulo se manifiesta el misógino. Así señala en la primera carta a los Corintios en 7: 1: “Es bueno para el hombre abstenerse de la mujer”. (11: 8 y 9): “no es el hombre el que procede de la mujer, sino la mujer del hombre; ni fue creado el hombre a causa de la mujer, sino la mujer a causa del hombre”; y en los versículos 13 a 15, agrega: “¿Les parece conveniente que la mujer ore con la cabeza descubierta? ¿Acaso la misma naturaleza no nos enseña que es una vergüenza para el hombre dejarse el cabello largo, mientras que para la mujer es una gloria llevarlo así?” En 14: 34 y 35 ordena “que las mujeres permanezcan calladas durante las asambleas: a ellas no les está permitido hablar. Que se sometan, como lo manda la Ley. Si necesitan alguna aclaración, que le pregunten al marido en su casa, porque no está bien que la mujer hable en las asambleas”.
En la Primera Carta a Timoteo, ratifica lo antes dicho; en 2: 11 - 14, dice: “La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio”. Para justificar esta declaración se refiere al mito de la creación del ser humano: “Porque Adán fue formado primero, después Eva; y Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión”.

II
El cristianismo, a partir del siglo IV no es la elaboración teológica de Kefa, ni tampoco de Yojanán Bar-Zebebdi, ni de ningún otro de los apóstoles de Yehshua, sino el conjunto de instituciones y doctrinas formuladas por Paulo de Tarso, confirmadas desde el establecimiento del canon del Nuevo Testamento y reafirmadas por el Edicto de Tolerancia de Nicomedia del 30 de abril del año 303, dictado por el emperador Galerio, del Edicto de Milán del 313 de Constantino y con la consolidación del cristianismo como religión oficial de Roma por el Edicto de Tesalónica el 27 de febrero de 380, también conocido como Cunctos Populus dictado por el emperador Teodosio.
El imperio romano necesitaba una religión universal, como universal era su poder, una religión unificadora. El cristianismo que necesitaban políticamente Constantino y Teodosio tenía que ser católico, una palabra proveniente del griego  Katholikos y latinizado como Catholicus que significa “Universal”.
La Iglesia buscando adecuar su doctrina a las tradiciones romanas, probablemente introdujo cambios y adiciones dentro los textos del Nuevo Testamento. Eso podría explicar por qué en la llamada Carta Universal de Kefa, un hombre educado dentro de una cultura de benignidad hacia los esclavos y alimentado por las enseñanzas de amor y de liberación de los oprimidos de Yehshua, aparece un largo párrafo para alentar a los esclavos a soportar su condición.
Se lee en 1 Pedro, 2: 18 – 20: “Vosotros esclavos estad sumisos con todo temor y respeto a los amos, no tan solo a los buenos y compasivos, sino también a los de recia condición. Porque es una gracia soportar, con el pensamiento puesto en Dios, las penas que se sufren injustamente. Porque ¿qué alabanzas merecéis, si por vuestras faltas sois castigados de vuestros amos, y lo sufrís? Pero si obrando bien sufrís con paciencia los malos tratamientos; en eso está el mérito para con Dios”.  
Muy parecidas en el mismo tono las palabras atribuidas a Paulo en la Carta a los Colosenses y en su Carta a los Efesios. Aunque es de notar que muchos estudiosos no consideran estas cartas redactadas por Paulo, sino por algunos de sus discípulos.
En Col. 3: 22- 25: “Esclavos, obedezcan en todo a sus dueños temporales, pero no con una obediencia fingida, como quien trata de agradar a los hombres, sino con sencillez de corazón, por consideración al Señor. Cualquiera sea el trabajo de ustedes, háganlo de todo corazón, teniendo en cuenta que es para el Señor y no para los hombres. Sepan que el Señor los recompensará, haciéndolos sus herederos. Ustedes sirven a Cristo, el Señor: el que obra injustamente recibirá el pago que corresponde, cualquiera sea su condición”.    
¿Qué diferencia hay entre lo dicho anteriormente con lo que supuestamente dicta Paulo en Ef: 6: 5 – 8: “Esclavos, obedezcan a sus patrones con temor y respeto, sin ninguna clase de doblez, como si sirvieran a Cristo; no con una obediencia fingida que trata de agradar a los hombres, sino como servidores de Cristo, cumpliendo de todo corazón la voluntad de Dios. Sirvan a sus dueños de buena gana, como si se tratara del Señor y no de los hombres, teniendo en cuenta que el Señor retribuirá a cada uno el bien que haya hecho, sea un esclavo o un hombre libre”.
La Iglesia se sentía complacida con el Imperio. Ahora perseguía a los que antes les perseguían. Destruían sus monumentos, derribaban sus templos y exigió el acatamiento a los gobernantes como colocados en el poder por el mismo Dios; ¿acaso esta obediencia no fue exigida por los apóstoles más conocidos en Roma: Kefa y Paulo?
Ciertamente, en la Carta Universal de Kefa en 2: 13 y 14, se lee: “Por causa del Señor someteos a toda institución humana, ya sea al rey, como a superior, ya a los gobernadores, como por él enviados para castigo de los malhechores y alabanza de los que hacen bien”.
Y en la Carta a los Romanos de Pablo se lee en 13: 1 – 7: “Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas. De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos. Porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo. ¿Quieres, pues, no temer la autoridad? Haz lo bueno, y tendrás alabanza de ella; porque es servidor de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, teme; porque no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo. Por lo cual es necesario estarle sujetos, no solamente por razón del castigo, sino también por causa de la conciencia. Pues por esto pagáis también los tributos, porque son servidores de Dios que atienden continuamente a esto mismo. Pagad a todos lo que debéis: al que tributo, tributo; al que impuesto, impuesto; al que respeto, respeto; al que honra, honra”.
Tanto Kefa como Paulo conocen la persecución por parte de los gobernantes de Roma. Ambos han conocido lo hecho por Calígula y Nerón; ambos han sufrido prisiones ¿serían capaces de tenerles como enviados por Dios “para castigo de los malhechores y alabanza de los que hacen bien”? ¿Creerían sobre el fundamento de sus experiencias personales que “no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas”?; ¿”que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos”? ¡Evidentemente, no!
Hay quien defiende la tesis de que los apóstoles actuaron “diplomáticamente”, “políticamente correcto”, cuando aconsejaron a los esclavos el sometimiento a sus esclavizadores, y a los ciudadanos, acatar el poder arbitrario de los gobernantes, con el propósito de demostrar que los cristianos no constituían un peligro para la estabilidad del imperio. Tesis que no tiene sentido. Kefa y Paulo debían conocer, como líderes de las comunidades cristianas, que lo que ellos recomendaran, de palabra o por escrito, sería considerado como sagrado, como norma de fe, como colofón del Evangelio que ellos predicaban. Es evidente que estas declaraciones apostólicas no fueron, ni redactadas, ni pronunciadas, por Kefa y por Paulo, y posiblemente sean cuidadosas adiciones hechas en ambos textos por parte de obedientes monjes copistas.
Según Antonio Pérez Omister, “la refundación del cristianismo como una religión de Estado adaptada a las necesidades del Imperio, y bajo la apariencia de una nueva Iglesia institucionalizada, católica y romana (determinó la historia de Occidente en los siglos venideros). Los cristianos, en adelante, no sólo deberían obediencia a Dios, sino al emperador” (Constantino, el creador de la Iglesia católica fue un emperador pagano que gobernó con mano de hierro. Diario Siglo XXI, 3 de mayo de 2011).
El cristianismo fundado sobre las predicaciones paulinas y sus posiciones dogmáticas de apoyo al anatema de los que promovieran “un evangelio diferente” mostró su rostro intolerante, dejando de lado la doctrina de amor, y piedad de Yehshua, tan pronto sus líderes eclesiásticos contaron con el amparo de Constantino. “En el año 314, inmediatamente después de su legalización, la Iglesia atacó sin cuartel a los paganos. Envalentonados por la actitud del emperador, muchos templos paganos fueron destruidos por las turbas cristianas y sus sacerdotes brutalmente asesinados. Entre los años 314 y 326 miles de paganos fueron asesinados y se promulgaron una serie de disposiciones que favorecieron al cristianismo católico-niceno (exclusivamente) frente a las demás confesiones cristianas” (Antonio Pérez Omister. Op cit.)

III
Cuando el cristianismo paulista se convirtió en el credo oficial, único y obligatorio para el mundo romano se abrían las puertas para lo que sería conocido como la Era del Oscurantismo y el inicio de la Edad Media. Teodosio, al promulgar su Edicto de reconocimiento del cristianismo como la iglesia oficial, creaba la figura jurídica del hereje. Efectivamente en el texto del Cunctos populos, se dice: “Ordenamos que tengan el nombre de cristianos católicos quienes sigan esta norma (divinidad única del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo), mientras que los demás los juzgamos dementes y locos sobre los que pesará la infamia de la herejía. Sus lugares de reunión no recibirán el nombre de iglesias (ecclesiarum nomen) y serán objeto, primero de la venganza divina, y después serán castigados por nuestra propia iniciativa que adoptaremos siguiendo la voluntad celestial”.
Aparece la palabra “iglesia” (ecclesia) referida a los lugares de reunión, quizá un edificio o un templo o tal vez a la congregación que en esos lugares se reunía. Definitivamente, la palabra iglesia proviene del griego ἐκκλησία, idioma en el que se escribieron los escritos del Nuevo Testamento; no tenía el significado que ahora se le da como organización con estructuras de gobierno y estatutos para la conducción de un cuerpo de doctrinas. Por ἐκκλησία se entendía congregación, asamblea o una reunión de ciudadanos atendiendo a una convocatoria. En el Tanaj se empleó la palabra קהל, transliterada como kahal, significando congregación o pueblo de Dios que al transcribirse a la Septuaginta, se tradujo en griego como ἐκκλησία y en la Vulgata se utilizó el término ecclesia.
Si analizamos los libros de la Buena Nueva o Evangelios y el contexto socio cultural donde se desenvolvió la predicación de Yehshua, no podemos colegir que utilizara la palabra “ἐκκλησία” o “ecclesia” o “iglesia” con el sentido de organización o gremio, que luego se le adjudicara en los escritos paulinos y en Hechos de los Apóstoles. Yehshua hablaba de su “congregación” de su “pueblo”. Es por este concepto que en el Credo de los seguidores de la Luz solo se dice: “Creo en una sola comunidad y fraternidad cristiana”, y no “en una iglesia cristiana”. Se pone de lado una estructura organizativa, con dirigentes espirituales dedicados profesionalmente al culto y se abraza el concepto de “pueblo de Dios”.
Ese pueblo de Dios son todos los cristianos, independiente de si pertenecen a una u otra denominación eclesial. Se busca la fraternidad de todos los seguidores de Yehshua por intermedio de un encuentro espiritual de los creyentes, tal como quería Yehshua orando al Padre, “para que todos sean uno; como tú, oh Padre, estás en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste” (Yojanán. 17:21); sin distinción entre un credo y otro, fieles a la palabra de Dios: “¿Quién eres tú para juzgar a quién deseo Yo recibir?, dice el Dios del Universo. Si me amas cumple mis mandatos, predica mi palabra, mas no te impongas. No ataques ningún credo, solo Yo puedo juzgar el credo que sea de mi agrado. Este es el misterio que nunca será revelado”. (Enseñanzas del Maestro 7: 1y 2)
Pero, por cristianos, los seguidores de la Luz, toman a todos aquellos que no niegan la divinidad de Yehshua ni su fusión espiritual en una unidad constituida por la misma esencia espiritual del Padre, del Hijo y del Paráclito Espíritu Santo, es decir a la gran mayoría de fieles del mundo cristiano.
Un encuentro para la meditación y la oración en común de católicos, presbiterianos, metodistas, bautistas, pentecostales, adventistas, ortodoxos y todas las demás denominaciones.

(Continúa)

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